Comenzaré con una pregunta, alguna vez ¿has pensado realmente qué comes en él día?, tal vez muchos digan que no y simplemente disfrutan de los alimentos que les sirven en la mesa. En mi caso no es así, la verdad es que no sé cómo sucedió, solo sé que un día me dejo de gustar lo que vi en el espejo.
Creo que fue cuando estaba en 6° y tenía tan solo 12 años, un día fui a la casa de mi mejor amiga María José y cabe aclarar que ella era una niña de contextura muy delgada, hasta ese momento nunca me había comparado con ella, yo no era “gorda”, solo era un poco más acuerpada que María José; decidimos jugar con unos disfraces viejos que estaban en la casa y tuve que elegir entre dos opciones, uno era de mariposa, tenía tonalidades rosadas y lentejuelas, ese era el que yo quería, pero no me percaté de que era una talla más pequeña que la mía y a la hora de probármelo no me cerro, debo admitir que si me sentí muy mal, solo si tal vez hubiera sido una talla más grande me hubiera quedado perfecto y recordé que no era la primera vez que me sucedía eso; mis amigas, por otro lado, en ese momento y con todo el amor del mundo me ayudaron a que de una u otra forma yo pudiera ponerme ese vestido, solo que dentro de mi algo cambio por completo.
Yo no culpo a nadie por la forma en la que genere mi trastorno de la conducta alimenticia, pues soy consciente de que es un cumulo de muchas situaciones que te han pasado y que sin quererlo te llegan a afectar o a herir mucho.
Después de aquel incidente vergonzoso quise hacer un cambio en mí y decidí empezar a “comer más sano”, primero fueron las meriendas del colegio, solo comía cosas como galletas integrales o bajas en azúcar, no era tan grave, pues dentro de mi inmadurez ese era un cambio muy grande, aún me gustaba la forma en la que me quedaba la ropa y no me sentía avergonzada de mi cuerpo, solo quería ser un poco más delgada.
Los problemas reales con la comida empezaron cuando tenía 14 años y tuve que mudarme de ciudad, en ese momento deje atrás a mi familia, a mis amigas y a mis sueños. Cuando llegué a esta nueva ciudad me sentí perdida, todo era nuevo para mí, sobre todo el colegio, yo venía de estudiar solo con mujeres y el ingresar a un colegio mixto fue muy aterrador para mí, si soy sincera prefiero estudiar en el entorno femenino, los hombres a veces pueden llegar hacer un poco crueles y más a esta edad donde la inmadurez no juega un papel a favor de ellos; puntualmente a mí nunca me dijeron comentarios negativos sobre mi cuerpo, además no tenían motivos para hacerlo, yo siempre he sido “delgada” solo que no tanto como quisiera, pero recuerdo que si escuchaba sus conversaciones y comentarios sobre mis compañeras, cosas como: “¡Uy no que asco! Yo no me metería con Paula, ella es gorda”, me marcaron mucho porque me hacían pensar si realmente ellos opinaban lo mismo de mí; aquí es donde aparece en el espejo una imagen que no existía de mí, algo creado por mi cerebro a partir de mis inseguridades, es el Trastorno Dismórfico Corporal, un fantasma que me empezaría a atormentarme día tras día, cada vez que me viera a mí misma en el espejo, por ello me despedí de las meriendas del recreo y de las onces en la tarde, me adentre más y creía que lo estaba controlando, pero no era así.
Llegaron las vacaciones de mitad de año y con ello mi último estirón, aquí deje de ser una niña y me convertí en lo que la sociedad considera como una señorita, no lo note sino fue hasta que de nuevo ingrese al colegio y un compañero me hizo un cumplido mal intencionado, más allá de sentirme bonita en ese momento me sentí rara, y pensé que si tal vez hubiera estado más delgada simplemente mi compañero no hubiera notado mi cambio.
Aquí aparece mi amiga la Ortorexia, les explico, es ese trastorno que te genera una obsesión por llevar una vida “saludable”, y no fue hasta dos años después que esto empezaría a tener muchas más repercusiones en mí, pues cambie mis hábitos drásticamente, deje de beber gaseosas, deje de comer cualquier alimento que fuese procesado o que tuviera muchas calorías, deje de disfrutar lo que comía por sentirme todo el tiempo culpable pensando si realmente eso era sano o me estaba engañando a mí misma, entrenaba dos veces al día, 6 días a la semana y no está mal cuidarse, está mal hacerlo en exeso, el ejercicio y la alimentación balanceada deberían ser cosas que hagas por ti y por el bien de tu cuerpo, no por un castigo.
No es lindo tener hambre, pero es peor la culpa después de saber que comiste algo que no estaba en el “plan”; así seguí por mucho tiempo, fueron muchas las veces que llore de impotencia por no poder comer algo que me a mí me gustaba o rechazar salidas con amigos por miedo a comer un helado, días enteros pensando en comida, mareos involuntarios por la descompensación, insomnio, estresarme porque un día no podía salir a trotar, fueron las causas que me hicieron entender que no podía seguir viviendo así, pero realmente lo que me hizo cambiar, fue el día del cumpleaños número 19 de mi hermano, cuando sentí que había comido mucho y sin darme cuenta estaba yo ahí, enfrente de la taza del baño, con todas las intenciones de sacar todo aquello que me hacía sentir culpa, pero no fui capaz y fue la voz de mi madre al tocar la puerta preguntándome si estaba bien lo que me hizo tocar fondo; ella se enteró de lo que sucedía, me brindó su apoyo y nunca me juzgo, si tan solo le hubiera pedido ayuda desde un principio me hubiera podido haber evitado todos estos sufrimientos.
No fue fácil, y aun me estoy recuperando, es un proceso largo y es que es tan fácil entrar a ese infierno, pero es casi imposible poder salir de él; ahora estoy mejor, volvía disfrutar una hamburguesa y ese es un logro muy grande, soy consciente de que hay días buenos y días malos, pero es mi tarea aprender a afrontarlos y esto no me va a detener, yo sé que me voy a recuperar.
Los trastornos alimenticios no son un juego y se generan por una opinión odiosa hacia un cuerpo ajeno, yo quiero que sepas que si estas allí puedes salir, y aunque al principio en difícil aceptar los cambios, con el tiempo aprendes a aceptarte y a amarte tal y como eres.