AUN DESPUÉS DE TU PARTIDA
EN MEMORIA A MI DIFUNTA MADRE, ANA FLOREZ
Miedo y desesperación, es lo primero que se asoma cuando estamos perdiendo lo que más amamos y solo tendremos una vez en la vida. Dolor y llanto, cuando se ha ido. Oscuro y vacío, cuando hace falta. Tal vez debería aplicar la típica frase de estos tiempos: <<No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes>>… pues ya lo he perdido…
Ocurrió un día de mayo de 2021. Era una mañana fría en la ciudad de Cúcuta; gracias a las recientes lluvias, se podía percibir un ambiente húmedo; las calles eran solitarias como de costumbre, ya que, aunque estuviéramos en pandemia, el vecindario siempre había sido así. Estábamos en su cuarto -el cuarto matrimonial, aunque nunca lo vimos de esa manera-; ella solo se quejaba de dolor, ahí recostada en su cama, con su cónyuge al lado izquierdo, tomando su mano en un acto de “buen esposo”; y a su derecha, mi hermana -de todas, una de las pocas ofrecidas en ayudar a alguien de la familia en situaciones como estas-, quien se encontraba tratando de calmarle el dolor con masajes, y a su vez, llamando un taxi para llevar a mi madre al hospital; mientras tanto, nosotros, sus otros hijos, nos encontrábamos como espectadores, sin que hacer. Mis hermanos mayores hablaban del tema, pensando que la causa de tal dolor podría ser la matriz, afectada por traer tantas vidas a este mundo, por diez seres de carne y hueso con poco intelecto humano para comprender el dolor de su madre en esos momentos. Lo que recuerdo de ese día es algo borroso, porque no había prestado mucha atención a lo que sucedía; me parecía más atractivo mirar por la ventana como se danzaban las hojas de los árboles afuera, mostrando un semblante de ignorancia, como un ser que no sabe lo que tiene, por lo que no lo valora.
La llevaron al hospital para que la revisarán; entraron por urgencias. Después de dos largas horas de angustia para mi madre, la atendió un médico, que de por sí, no debería de tener ese título; con solo revisar por encima a mi madre, como para despacharla rápido, demostró que no lo merecía; lo único que pudo decir fue “es solo un problema del colon, debe comer menos harinas y tomar medicinas, con eso se le pasará”. Sacó esa conclusión sin un examen médico, sin nada, ¿Cómo puede la salud de Colombia ser tan mala?, en esos momentos me cuestione sobre por qué no éramos ricos, así nos atenderían rápido, ya que seríamos “gente importante”, y nos darían un mejor servicio, pues, lamentablemente, la salud de este país es buena cuando hay plata.
Preocupados por la salud de mi madre, mis hermanos mayores reunieron dinero entre ellos para poder llevarla a un médico privado, en donde la pudieran atender bien, y así, poder saber con certeza qué tenía. Fue llevada a un centro médico cerca de nuestro barrio, en donde la trataron; el doctor que la atendió, realizó una orden médica para que se le hiciera una radiografía urgente, pues decía que era algo grave. La llevaron al hospital Erasmo Meoz, y con la orden medica la recibieron.
El informe de la radiografía llego dos semanas luego de realizada la misma; mi hermana estaba ansiosa al igual que algunos de nosotros, por saber los resultados. Mi madre no se encontraba con nosotros, estaba en su habitación, descansando aún. Mi padre abrió el sobre en donde venia el documento que definiría el destino tanto de mi madre como de nosotros; acomodo sus gafas y entrecerró los ojos para leer mejor; luego, su rostro cambio, al igual que el de mi hermana, quien leía junto a él.
- “¿Qué pasa?”- pregunto una de mis hermanas algo preocupada. Nos pasaron la hoja para leerla; mi hermana fue al cuarto de mi madre para ver si había despertado. Empecé a leer, y me detuve en una frase que me revolvió el estómago: <<La paciente contiene dos masas en la parte baja de su abdomen, tiene un posible cáncer hereditario y ha hecho metástasis. La investigación aun continua>>. Tal vez fue miedo, no lo sé, pero un escalofrío recorrió mi columna; quede bloqueada, no sabía que hacer, no tenía expresión, ya que no encontraba con que emoción o reacción afrontar esto; todo paso muy rápido, ¿cómo se supone que debería de actuar?, mis problemas emocionales e inseguridades no me dejaban hacerlo, mi culpa, mi carga no me dejaba procesar lo sucedido; estaba muy metida en mi mundo tratando de escapar de esta realidad tan basta, que me choque con un gran muro, quedando paralizada, sin un punto de apoyo o una ruta de escape, simplemente la pura y seca realidad. Fui a la habitación de mi madre, mi hermana se encontraba hablando con ella sobre lo que pasaba, ella me miro con sus ojos cristalizados y sus mejillas húmedas; por primera vez en mi vida, me dolió verla a los ojos, tal vez desde ese momento fue que se me dificulto verla a la cara, o desde que sabía que tenía que hacer algo y no lo hice. Sali del cuarto en lágrimas, ¿que se supone que le diría si nunca antes me había interesado por su estado? Me encerré en mi habitación, apagué la luz, me puse mis audífonos, y me tire a la cama; trataba de encontrar la voluntad, el valor y la fuerza para llevar esta situación sin derrumbarme enfrente de todos, eso solo empeoraría las cosas.
Una mañana, mi madre fue llevada al hospital; había despertado para ir al baño, y al levantarse, sus piernas no respondían, estaban débiles, pues ella estaba delgada, y su estómago hinchado; cada cuanto le sacaban un líquido que botaba la enfermedad, y por más y más que hacían, le seguía botando. Mientras todo esto pasaba, yo me encontraba en casa, sumergida en mis cosas, como siempre lo hice, solo que esta vez tenía una sensación extraña, como un peso en mi pecho. Mi padre y mi hermano menor estaban en la cocina; los trastes estaban por lavar y tenía que hacer el desayuno, así que le dije a mi hermano que lavara los trastes, a lo que el respondió mal, y empezamos a discutir. Esa mañana estábamos muy delicados, muy estresados. Mi padre entro en la discusión, echándole leña al fuego, cuando de repente dijo una frase que nos hirió y llenó de ira a mi hermano y a mí:
- “¿Por qué no tienen voluntad de hacer las cosas ole?, ¿no ven que su mamá esta que se muere?”- nos quedamos en silencio por un segundo, luego reaccione: - “¡¿Cómo se le ocurre decir eso?! ¡mamá no se va a morir!” - las lágrimas no dudaron en salir de mis ojos; aunque no le prestara mucha atención al tema, eso no quería decir que no me asustara la idea de que mi madre falleciera; de hecho, me aterraba, simplemente no reaccionaba; sabia que estaba asustada de que llegase a quedarme sin ella, pero no hacia nada por estar a su lado; entonces reflexione, y empezaron a surgir culpas, acusaciones y dudas de mi para mí misma, que aun cargo conmigo, tales como: ¿Por qué no la ame lo suficiente?...¿porque, aun viéndola sufrir, no me mantuve a su lado, acompañándola, sino al contrario, le desobedecía?...y algo que odio aceptar pero es la verdad, ¿Por qué fui tan ignorante y estúpida como la persona a la que mas rencor le tengo en este mundo?...¿por que como mi padre?... Fui a mi habitación y cerré la puerta; no quería verlo ni oírlo, tal vez si tenía razón, pero yo no quería aceptarlo.
Durante meses y meses, mi madre fue de clínica en clínica y de hospital en hospital; debía recibir tratamientos y quimioterapias. Al cuarto mes se le había empezado a caer su cabello, el que tanto cuidaba, que peinaba con delicadeza cada mañana antes de ir al supermercado; y en un acto de valor y fortaleza, se lo corto por el cuello; “igual se caerá, y luego de todo esto, crecerá” decía, con un destello de luz en sus ojos, con una esperanza de vida en un mar de posibles derrotas. En ese momento, después de tanto tiempo, comprendí lo que debía hacer: mi madre estaba luchando sola, y yo quería ayudarla. Su fuerza fue mi fuente para ser su apoyo, al igual que le paso a algunos de mis hermanos, y con solo un instante a su lado, supe de lo que me perdí todos estos años: el amor y cariño mutuo, entre una madre y sus hijos.
Lamentablemente, no fue por mucho… ocurrió en diciembre del 2021. Ya meses antes nos habían dicho que mi madre no podía salvarse, pues como ya se sabía, el cáncer había hecho metástasis, dañando otros órganos, y no tenía cura, ya era tarde. Lo único que pudimos hacer fue confiar en Dios, que se hiciera su voluntad, y si ella fallecía, que la llevara a su lugar de reposo. Sus dos últimas semanas de vida, me le acerque mucho más; antes no estaba tanto con ella porque trabajaba en el negocio de mi hermana, iba en la mañana y salía a eso de las 7:00 p.m. por lo que llegaba cansada a casa y apenas alcanzaba a saludarla. Pero en esas dos últimas semanas, mi hermana decidió cerrar el negocio para que yo pudiera ayudarle con mi madre y pasar más tiempo junto a ella, y eso a mi hermana se lo agradezco mucho. Esas dos semanas son las que más recuerdo y las más felices de mi vida, nunca se borraran de mi memoria, como tampoco podre borrar el día de su muerte…10 de diciembre del mismo año. Eran alrededor de las 6:00 p.m. mi madre no respondía; en ese entonces no podía hablar, pero al menos asentía o movía la cabeza y las manos para hablarnos en señas; pero ese día no hacía nada, no abría bien los ojos, parecía dopada, tal vez estaba más allá que acá en la tierra. Mi corazón latía a mil. Una farmacéutica la reviso; la tensión la tenía alta y su pulso estaba muy bajo.
- “Reúnan a toda la familia, de esta noche no pasa”- dijo entre lágrimas, ya que, aunque no fuera familiar, era vecina de años, y distinguía a mi madre. Yo aun no me lo podía creer. Sali a la calle para llamar a mis hermanos que estaban atendiendo los negocios del hogar. Luego fui a donde mi madre y mi hermana, quien estaba en lágrimas, ambas teníamos miedo, y, aunque mi madre no reaccionara, también lo sentía.
- “¿en serio va a morir? - le pregunte. Sabia su respuesta, pero quería escuchar lo contrario. Ella asintió con la cabeza en referencia a un “si”; entonces empezaron a salir lágrimas sin parar de mis ojos, mi pecho dolía; lo único que pude hacer fue tapar mi boca y mirar a mi madre: estaba mal, se veía mal, ya su cabello se había caído por completo; recuerdo la promesa que le hice un mes antes: “mami, cuando le crezca el cabello le voy a hacer peinados superlindos”. Ya no podría cumplirla.
Eran eso de las 7:00 p.m. no todos estábamos en la sala, faltaba mi hermano menor y mi otro hermano, quienes estaban dando clases de música; también faltaban mis sobrinos con mi cuñado. Entonces, ocurrió; eran exactamente las 7:10 p.m. mis hermanos estaban en ronda junto con mi padre, tocando, así sea, una parte del cuerpo de mi madre; estaban orando por ella. Uno de mis cuñados empezó a leer la biblia, y también empezó a orar. Mi hermana hablo en lenguas. Pero yo, estaba en un rincón, sin poderme acercar, asustada, temblando y viendo lo que pasaba. Se me vinieron muchos recuerdos a la mente en ese momento, y comencé a llorar aun más fuerte, no quería que se fuera, no quería que muriera, no me sentía preparada. De pronto vi sus ojos, en los que se percibía un pequeño destello de vida, que poco a poco se fue desvaneciendo hasta volverse opaco. Sabía que ya había muerto; un grito entre llanto salió de mi boca mientras las lágrimas caían y comencé a dar brincos de lo duro que fue. Ya se había ido, ya la había perdido; su cuerpo estaba aquí, pero su alma no, ella ya no era mi madre, era su caparazón. Luego llegaron los que faltaban. Vi a mi hermano menor a los ojos, que, aunque peleábamos teníamos una conexión especial. Fui y lo abrace fuerte; el respondió al abrazo y entro en llanto. Trate de consolarlo, diciendo que ya estaba con Dios; pero ¿a quién engañaba?, yo también necesitaba consuelo, y no estaba segura de mis palabras, solo quería que todo fuera un sueño, que al día siguiente despertara, y viera a mi madre preparando el café de todas las mañanas, recibiéndome con una mirada, que aunque no me daba cuenta sino hasta luego, reflejaba amor y cariño, diciendo “buenos días” con ella.
Hoy, 10 de octubre de 2022, cumple 10 meses desde que falleció, y aun siento el mismo dolor, o tal vez más. La extraño, y quisiera que estuviera conmigo. En las noches ansío soñar con ella, con su sonrisa. De vez en cuando miro sus fotos y recuerdo todos los momentos que viví junto a ella, todo lo que nos dió. Y, ante su tumba, aun derramo una lagrima por ella. Estoy agradecida con ella y con toda mi familia por el consuelo y apoyo que me han dado; aunque eso no borra el dolor, sirve como anestesia por un momento…Fin.