Tenía 15 cuando comencé a entrenar voleibol. Mis padres me convencieron de practicar un deporte; toda mi vida se había basado solo en estudiar, hacer ejercicio o lo referente a ello estaba en segundo plano. Además, el hecho de conocer gente nueva, hacer amigos, socializar, no era lo mío; aun así, no podía escaparme de las quejas de mi madre, ni de la inscripción que ya había sido pagada.
Así que cuando llego el día y ya estaba rodeada de tanta gente, me sentí cohibida, ya que todos estaban hablando en grupitos mientras el entrenador daba las instrucciones del ejercicio a realizar; ni sabía como agarrar el balón, y para terminar de sentirme incomoda, el trabajo era en parejas. Solo miraba a mi alrededor con la esperanza de encontrar a alguien que estuviera en misma situación, y la encontré.
Ahí estaba en una esquina de la cancha, mirando al resto, exactamente como yo lo estaba haciendo. Trate de hacer contacto visual, sin parecer una acosadora, solo necesitaba realizar rápido el ejercicio, pero por más de que me le quede mirando él estaba concentrado en otra cosa totalmente diferente; seguí su mirada y encontré a una chica muy linda que hablaba animadamente con el entrenador, pensé, le gusta.
Me acerque a él, ya que, fue imposible hacerle señas de lejos para que comprendiera que necesitaba un compañero.
-Hola, ¿aún no tienes compañero? -El chico aparto la mirada de repente, y puso sus ojos miel sobre mí, de cerca se veía muy lindo, tenía los labios gruesos y de un color carmesí natural.
-no, aun no, podemos hacerlo juntos, si quieres…- su tono de voz fue demasiado baja y tímida, hice un esfuerzo por escucharlo.
Y desde ese día, cada vez que el trabajo era en grupo de alguna manera terminábamos haciéndolo juntos. Jafet, así se llamaba, casi no hablaba, apenas sabia pequeñas cosas sobre él, como en que colegio estudiaba, cuantos hermanos tenia, y cuál era su color favorito. Pero me sentía cómoda a su lado, y eso era lo único que necesitaba para soportar seguir yendo a entrenar. Todo a mi alrededor me hacía sentir incomoda, pero su brazo pegado al mío, y sus ojos miel tenían un efecto tranquilizador.
Al pasar de las semanas, si, el único motivo por el que el voleibol seguía siendo parte de mi vida diaria, era Jafet. Nuestras miradas se cruzaban más a menudo, mis ojos se quedaban más tiempo en su boca y sus pocas palabras eran más dulces. O tal vez era idea mía. Porque de alguna manera me negaba a pensar que me gustaba, o que su cabello que se movía al ritmo el viento me hacía suspirar, o que sus músculos tensados bajo su camiseta se notaban demasiado como para no llamar mi atención o… me negué, y apagué mis pensamientos.
Pero notaba algo, Jafet desviaba aun su mirada a aquella chica de pequeña cintura, pero luego la apartaba de repente como si estuviera haciendo algo malo. Y un día me lo dijo. Le gustaba. Y es cuando sentí un revuelco en mi corazón y unas ganas inmensas de vomitar, es como si todo lo que mis sentimientos y falsas ilusiones construyeron poco a poco, se derrumbara, de golpe, sin previo aviso.
Y empecé a faltar a los entrenos, iba una vez a la semana, pero ese día solo estar codo a codo con Jafet me revolvía las tripas y hacia cosquillear mis ojos; el me veía rara, lo sabía, porque cuando me perdía en el vaivén de los arboles sentía una mirada en mi nuca, pero no decía nada, nunca decía nada. Creía que, si pasaban más días sin verlo, mis sentimientos cesarían, o al menos comprenderían que no valía la pena sufrir por algo no correspondido, pero no fue así, porque por dentro quemaba verlo caminar, sonreír, o escuchar su voz bajita casi en susurro, contándome cualquier cosa que se le ocurriera.
Todo a su lado se sentía un poquito mejor, y a pesar de que sabía todas las consecuencias que traería a mi vida, decidí quedarme más tiempo a su lado, siendo feliz e infeliz, por tenerlo, pero no como yo quería. Y aunque mi corazón latía mil veces por segundo, y me presionaba a decirle todo lo que tenía guardado, mi mente me obligaba a mantenerme en silencio, porque no quería que todo terminara, incluso esa pequeña amistad.
Hasta que un mes después, mi madre entra a mi habitación y se sienta en mi cama, la mire, tenía una cierta mirada que no sabía cómo explicar, no era tristeza, pero tampoco una buena noticia; sus ojos paseaban alrededor de todo el cuarto, de aquí a allá, tratando de encontrar las palabras adecuadas, y yo no sabía cómo reaccionar, pero mis manos empezaron a temblar y sudar. Y sus palabras llegaron como una cachetada. Nos íbamos. Me iba. Me iba lejos de Jafet. Y lloré.
Me quedaban dos meses. Dos meses en los que no sabía qué hacer, que sentir o que pensar. Mis noches eran oscuras y pesadas, igual que las ojeras que crecían bajo mis ojos, no podía ocultar la tristeza y desesperación que recorría mi alma, ni olvidarme de los ojos color miel. Aun así, seguí asistiendo a los entrenos. Aunque existía una gran controversia dentro de mí, porque ya no tenía ninguna razón para ir, la única que tenía, se alejaba cada vez más, como si corriera a toda velocidad y yo tratara de alcanzarlo con mis débiles anhelos.
Dos semanas. Y mi cabeza era un nido de pájaros, volando por cada espacio, llevando pensamientos, felicidad, tristeza, miel, amor, decepción, todo era un revoltijo de ideas, me sentía mareada de tanto pensar, sin saber exactamente en qué, pero cada lagrima derramada llevaba consigo la respuesta. Porque no sabía porque estaba sintiendo tanto, si no había recibido absolutamente nada, por qué no entendía el hecho de querer darlo todo, entregarse sin esperar algo a cambio, porque solo era ella tratando de ser escuchada por esa persona, solo ella.
Últimos 3 días, ultimo día en esa cancha vieja, con una malla atravesándola por la mitad, sentí un vacío, un vacío que quería ser llenado por esa persona a mi lado, que hizo mis días más felices, aun cuando en mi casa solo pensara en él, porque era tan dulce, pero dejaba un sabor amargo al final. Pero ese día lo note diferente, se veía más alegre, más hablador, más completo. Me habló tanto, por fin escuche confianza en su voz, como si antes temiera de sí mismo. Y solo pensé. Como siempre lo hacía, porque no fui capaz de pronunciar la pregunta. Yo no lo hice, pero la respuesta llego sin ser pedida. La chica linda también gustaba de él. Y aunque quisiera mentirle, o mentirme, no pude felicitarlo, no pude hablar, no pude… decirle lo que sentía, porque no valía la pena.
Porque no debía sentirme insuficiente, y tenía que comprender que la vida es así, no todo saldría como yo quisiera, y no podía obligar a nadie a que sintiera lo mismo que yo. aun si doliera y quemara la llama dentro de mí, debía sufrir sola porque yo era la culpable de mis sentimientos, yo y nadie más. Y quería pensar que llegaría alguien, al que pudiera amar y ser amada. Que nuestras miradas se cruzaran y pueda sentir el amor mutuo, el cariño, recuerdos, y no nada más un color miel