Galileo Galilei/Siderius Nuncius Marzo 1610
La Luna, nuestro único satélite natural, a tan sólo 370.000 km, siempre resultó un astro especialmente diferente para los antiguos observadores. Para ellos estaba acompañada de misterio, inspiración y supersticiones. Realmente, desde el prisma de la mera observación, tiene unas características muy singulares. A diferencia de los otros astros cuya forma no cambia, la Luna, como escribía el prestigioso historiador Mircea Eliade, tiene devenir. Los ángulos cambiantes de su posición con respecto al Sol y la Tierra van definiendo fases que siempre han sido registradas en el imaginario de los hombres de las primeras civilizaciones asociadas a mensajes y símbolos específicos. A la luz del entendimiento de las culturas de la antigüedad la Luna nace, crece, muere y desaparece. Pero su desaparición nunca era definitiva. Después reaparecía o renacía y reproducía el ciclo anterior. Inexorablemente, con una cadencia conocida y previsible, definía una periodicidad concreta.
La Luna contiene tal cantidad de aspectos físicos, que su estudio geológico y composición, permite al astrónomo que se inicia, experimentarse en el dibujo planetario, observación de su morfología craterizada y medida de la extensión de sus accidentes. Contemplar su superficie es relajante, por el simple placer de mirar.
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