En 1764, el Parlamento aprobó una ley del timbre (stamp act), un impuesto directo que fue reclamado como una medida tributaria impuesta sin la debida representación de los colonos, lo que condujo a una convocatoria del Congreso, en Nueva York, para 1765. Dentro de sus resoluciones, los delegados de las colonias afirmaban su fidelidad a la corona y reclamaban los derechos y garantías de súbditos británicos, uno de los cuales era que ninguna contribución, impuesto o tributo podía imponérseles sin su consentimiento [no taxation without representation] pero, como la situación geográfica les impedía tener representación en la Cámara de los Comunes, sostuvieron que no podía establecerse ningún impuesto sobre las colonias sin la intervención de sus propias legislaturas.
Aunque la ley del timbre fue derogada, el Parlamento rechazó los argumentos de los colonos, afirmando su completa supremacía y su poder de obligar a las colonias en cualesquiera casos que fuese. Apoyado en esta idea, el gobierno inglés prosiguió a actuar consecuentemente y estableció impuestos sobre artículos de importación. En 1773, el impuesto sobre el té produjo violenta reacción (la célebre Boston Tea Party) a la que los ingleses respondieron con el bloqueo del puerto y otras medidas.
(Herman, 1995,p.1)
A los ojos de los colonos, por la ley de timbre, el Parlamento Inglés había usurpado el más precioso de sus derechos: el de voar sus propios impuestos, dado que de acuerdo a las instituciones inglesas, un impuesto no era más que un donativo en numerario que hacían a la Corona los representantes del pueblo reunidos en asamblea. Como las colonias no tenían representantes en el Parlamento Inglés, sus legislaturas locales eran las que desempeñaban la función de crear impuestos. A esto respondían los hombres de estado de la Metrópoli, que los colonos Estaban virtualmente representados en el Parlamento.
(Melo,1935,p.12)