La tristeza es una emoción primaria y universal que la mayoría de personas siente en algún momento de su vida. No obstante, desde muy pequeños evitamos a toda costa estar tristes. Esto se debe a que consideramos que es una emoción muy negativa, a pesar de esto, la tristeza es una parte importante del ser humano, ya que te hace sentir y validar nuestras propias experiencias vulnerables.
El diccionario de la American Psichologichal Association (APA), define la tristeza como un estado de Infelicidad cuya intensidad puede variar de un nivel leve a uno extremo, dependiendo la valoración de lo que perdiste o experimentaste.
Aunque es una emoción natural, puede convertirse en un problema si no se sabe manejar y puede llegar a interferir en la vida diaria, de hecho, cuando la tristeza se hace persistente, se convierte en uno de los mayores síntomas del trastorno depresivo Mayor.
Es una emoción que nos invita a la reflexión y nos obliga a detenernos y a prestar atención a algo que nos sucede. Cuando nos sentimos tristes nos replegamos sobre nosotros mismos, nos aislamos para iniciar el proceso de gestión de la emoción; generamos pensamientos alternativos sobre la situación traumática que nos ayudan a encajarla en nuestra vida e historia personal. Más adelante, se produce una reorganización de las conductas que emitimos para adaptarnos a la nueva realidad que nos toca vivir con nuestras pérdidas, desilusiones o fracasos. Por tanto, es una emoción útil, aunque dolorosa, puesto que es el punto de arranque del proceso de aceptación de una realidad que nos genera un daño. Asimismo, ayuda a aprender de los errores y a asimilar las pérdidas.
Puede darse en diferentes grados de intensidad. Desde un ligero malestar a un profundo dolor emocional. Su rango máximo iría desde la calma (donde no sentimos tristeza), hasta sintomatología depresiva.
A nivel cognitivo, se suele producir una falta de interés y de motivación por actividades que antes eran satisfactorias y se vislumbra la realidad desde un ángulo negativo; tiende a apreciarse sólo lo malo de las situaciones.
Cuando estamos tristes o lloramos, a nivel neuronal, se incrementa el consumo de glucosa y oxígeno en el cerebro, por ello cuando lloramos incrementamos la frecuencia respiratoria; es ésta la respuesta emocional que más rápido se autolimita (10 minutos de llanto cansan mucho al cerebro). Cuando nos tranquilizamos, surge un efecto secundario, suele darnos hambre. Al llorar, el giro del cíngulo, en la corteza cerebral, interpreta con mayor velocidad los estímulos agresivos; el hipocampo los registra con mayor velocidad, la corteza prefrontal les otorga un componente proyectivo y prosocial, disminuyendo el enojo y la furia de quienes son testigos del llanto. Llorar nos hace humanos: somos la única especie capaz de interpretar el llanto de manera proyectiva y lo hemos adaptado para un aprendizaje social y psicológico.
La tristeza se puede manifestar de diferentes formas, pero su signo más evidente son el llanto y las lágrimas. La expresión facial es de preocupación y seriedad: un rostro abatido. Otros signos a nivel físico son la falta de apetito y problemas de sueño. Sin embargo, podemos sentir decaimiento y apatía de forma interna sin mostrar estos rasgos físicos.