¿Misioneros laicos casados?
¿Puede una escuela técnica transformar una ciudad?
¿Los milagros siguen ocurriendo?
¿Cómo viven la Misión los hijos?
Con estas preguntas empezamos a dialogar con los misioneros.
Un testimonio de servicio auténtico que dará a los esposos misioneros, María Luisa Cortinovis y Sergio Beretta, junto a sus dos hijos, Diego y Anna María, la alegría de compartir sus sueños y sus historias.
«Una oportunidad para aprovechar», nos dijimos. En efecto, no es sencillo tener la posibilidad de hablar de misión y de vocación "vivida" desde hace cincuenta años por María Luisa Cortinovis y Sergio Beretta y, desde siempre, por sus dos hijos, Diego y Anna María: poder escuchar y compartir sus historias es verdaderamente interesante. Cuatro caminos diferentes, con proyectos comunes y los mismos deseos, que caminan al lado en la Comunidad Educativa San Gabriel y en el Centro de Especialidades Sin Fronteras, entre la vida cotidiana y el servicio que toma forma día a día.
María Luisa Cortinovis y Sergio Beretta partieron recién casados hacia Ecuador en 1967. Durante su formación habían encontrado tiempo y energía para prepararse con seriedad para la misión en la "Asociación Técnicos Voluntarios Cristianos" de Milán (Italia) y, posteriormente, como miembros de la Asociación ACCRI de Trieste. Desde entonces su elección tomó cuerpo entre estudio, servicio y presencia en el territorio, hasta arraigarse en la vida de la gente y en lugares como La Troncal, donde la misión se entrelaza con la historia concreta de las familias y de las comunidades.
La dura vida de la Misión de Esmeraldas, dirigida por los misioneros Combonianos y situada en la frontera con Colombia, los puso de inmediato ante una realidad exigente y a menudo áspera. Las distancias, la precariedad de los servicios y el aislamiento cotidiano requerían una presencia constante y paciente. Las dificultades materiales se entrelazaban con los fatigas de la gente y con situaciones de sufrimiento que no dejaban indiferente. Cada día traía consigo imprevistos, renuncias y elecciones que realizar con lucidez. Las pruebas, a veces silenciosas, enseñaron a no ceder al desaliento y a leer los signos de esperanza incluso en los momentos más duros. Las heridas sociales, la pobreza y las tensiones fronterizas ponían a prueba la fe y la firmeza de la vocación. Sin embargo, precisamente en ese contexto, maduró una mirada más profunda sobre la misión como servicio concreto. Los sufrimientos y las pruebas vividas los prepararon, paso a paso, para empresas aún más difíciles.
Tres años más tarde, tras una experiencia en Cerro de Pasco, en Perú, en lugar de regresar a casa y disfrutar de la “misión cumplida”, la joven pareja eligió volver a partir. No se trataba de cambiar de escenario, sino de responder a una llamada que continuaba pidiendo valentía y creatividad. Con el corazón ya proyectado hacia adelante, decidieron iniciar una nueva aventura misionera, siempre en Ecuador. El destino fue La Troncal, en la provincia de Cañar, un territorio marcado por necesidades educativas y sociales urgentes. Allí comprendieron que la formación técnica podía convertirse en un camino de rescate para muchos jóvenes. Así tomó forma la idea de fundar el Colegio Técnico San Gabriel, como respuesta concreta a los sueños y a las necesidades de la comunidad. No era un proyecto “adicional”, sino una nueva forma de encarnar la misión en la vida cotidiana. La elección de permanecer en el campo, en lugar de cerrar un capítulo, abrió un camino que marcaría a toda una ciudad.
Con auténtica visión misionera, identificaron un lugar clave en La Troncal, un pueblo casi desconocido entonces y hoy una gran ciudad con cerca de 50.000 habitantes. Intuyeron que precisamente allí, en esa encrucijada de personas y esperanzas, la educación podía cambiar los destinos. Nada estaba dado por sentado: faltaban recursos, estructuras e incluso certezas, pero la determinación no decayó. Poco a poco, con la ayuda de la Providencia, tomaron forma los primeros pasos del proyecto. Hubo trabajos arduos, sacrificios y una cotidianidad hecha de paciencia y concreción. La modestia los ayudó a mantenerse cerca de la gente, sin protagonismos, escuchando necesidades reales y buscando soluciones posibles. La decisión, en cambio, dio continuidad en los momentos de cansancio y en las inevitables dificultades burocráticas y organizativas. Fundamental fue también la colaboración de tantas personas solidarias: amigos, bienhechores, voluntarios y comunidades locales que creyeron en el sueño. Así, día tras día, lograron realizar el Colegio Técnico San Gabriel como una obra compartida y un signo de esperanza.
Hoy el Colegio Técnico San Gabriel es un colegio digno de todo respeto, moderno y eficiente, reconocido por la seriedad de su trayectoria formativa. No es solo un edificio o un conjunto de aulas: es un ambiente educativo que acompaña el crecimiento integral de las personas. La calidad de la organización y el cuidado de los espacios reflejan un compromiso constante hacia la excelencia y la acogida. Las propuestas educativas buscan unir competencia técnica y maduración humana, sin separar estudio y valores. Los 740 estudiantes actuales disponen de todos los medios para prepararse con responsabilidad y esperanza. En este camino, son apoyados para convertirse en buenos cristianos, ciudadanos conscientes y profesionales capaces. La atención a la disciplina, a la solidaridad y a la dignidad del trabajo construye una cultura del bien común. Así la misión se traduce, cada día, en oportunidades concretas para las nuevas generaciones. Y la obra educativa continúa hablando, con hechos, del valor de una vocación vivida hasta las últimas consecuencias.
"Los cuatro" hablan poco de su trabajo en el Colegio Técnico San Gabriel y en el Centro Médico Sin Fronteras. Hablan en cambio de un trabajo en conjunto que hace grandes las obras. Cada uno, de un modo u otro, contribuye a fortalecer las Instituciones, San Gabriel y Sin Fronteras, donde en la solidaridad se respetan las ideas y donde la corresponsabilidad se vive como estilo cotidiano. En estos espacios, niños, adolescentes y jóvenes crecen en un clima de confianza, mientras los profesores acompañan los caminos formativos con competencia y atención a la persona. También los médicos y el personal sanitario ponen a disposición tiempo y profesionalidad, con el mismo cuidado con el que el personal educativo y administrativo sostiene el buen desarrollo de las actividades. Lo que surge, en sus palabras, no es el "yo" sino el "nosotros": la conciencia de que la eficacia del servicio depende de una red de relaciones, elecciones y pequeños gestos coherentes. Es un trabajo a menudo discreto, hecho de presencia, organización, escucha y continuidad, que hace posible el funcionamiento cotidiano de las estructuras. Así las obras se vuelven verdaderamente "grandes" no por la fama, sino porque están habitadas por personas que colaboran y se apoyan, día tras día, por el bien común.
Uno de los lemas de San Gabriel es que, para formar nuevas generaciones, hay que compartir la vida, estar junto a quien nos necesita y dar ejemplo. Es una invitación a no limitarse a “enseñar” desde fuera, sino a caminar al lado de las personas, con una presencia que educa a través de la coherencia. Formadores, docentes y adultos de referencia están llamados a ser también personas capaces de amar y de entregar su propio tiempo: enseñando, aconsejando, sosteniendo y acompañando con paciencia. En esta perspectiva, el tiempo entregado no es un extra, sino una parte esencial de la misión educativa. Es así como el estudio, el trabajo y el servicio se convierten en escuela de humanidad y de bien, vividos por una causa que vale la vida.
Volvamos a recordar que cerca de Guayaquil, la ciudad y el puerto principal del Ecuador, a unos 70 km, se encuentra La Troncal. Es un centro que se distingue por una enorme aglomeración de casas, que ha crecido con el tiempo alrededor de vías de comunicación y actividades económicas que atraen a personas de los alrededores. La población es de unas 50.000 personas, con un tejido urbano vivo y en constante movimiento. Alrededor de la ciudad, además, se encuentran pueblos y localidades aledañas que cuentan con tres o cuatro mil habitantes cada una, creando una red de comunidades estrechamente conectadas. Esta posición la convierte en un punto de referencia para muchas familias: un lugar en el que se cruzan necesidades educativas, sanitarias y sociales. Precisamente aquí, entre la ciudad y los pequeños centros, las obras de San Gabriel y Sin Fronteras asumen un valor aún más concreto, porque llegan a personas diversas y responden a necesidades reales. En este territorio, la misión se mide con la cotidianidad y encuentra su fuerza en la cercanía y en la continuidad del servicio.
Hace unos cincuenta años, cuando el Ingenio comenzó a funcionar en La Troncal, en el pueblo vivían tal vez algunas miles de personas. Su puesta en marcha cambió el ritmo de la zona y atrajo rápidamente nuevas presencias, transformando un centro casi anónimo en un lugar de paso y de esperanza. Muchos ecuatorianos provenientes de regiones diversas buscaban trabajo en la franja costera de Cañar, impulsados por la necesidad y el deseo de un futuro más estable. Llegaban familias enteras, jóvenes en busca de un primer empleo y hombres dispuestos a comenzar de cero. Las calles se llenaron de rostros nuevos, de acentos diferentes y de historias marcadas por partidas y sacrificios. El crecimiento fue rápido y desordenado, con casas que surgían donde había espacio y servicios que luchaban por mantenerse al día. En ese fermento se mezclaban entusiasmo y precariedad, solidaridad y competencia cotidiana. La Troncal comenzaba a intuir una vocación más grande, pero necesitaba bases educativas y sociales para resistir el impacto del cambio. La demanda de futuro, ya en ese entonces, era más fuerte que las dificultades del presente.
El duro trabajo del cultivo de la caña de azúcar, del corte y de la cosecha, así como su procesamiento, representaba una posibilidad concreta de empleo y de esperanza. Para muchos era la vía para obtener una vida un poco mejor y para intentar realizar sueños de rescate, de superación, de “ilusiones” que daban fuerza en las jornadas más pesadas. Se trabajaba a menudo día y noche, con turnos largos y repetitivos que consumían el cuerpo y ponían a prueba la resistencia. El cansancio no era solo físico: era también la incertidumbre del salario, el miedo a enfermarse, la ausencia de protecciones y el peso de enormes responsabilidades familiares. En algunas situaciones las condiciones eran verdaderamente terribles, marcadas por el calor, por las herramientas duras de manejar y por ritmos impuestos por la producción. Sin embargo, en medio de todo esto, nacía una dignidad silenciosa hecha de perseverancia y de deseo de futuro. Muchos veían en ese trabajo la única puerta abierta, y la atravesaban con valentía. La comunidad aprendía a unirse, a compartir recursos y noticias, a apoyarse cuando las fuerzas decaían. La esperanza, a menudo, era simple: garantizar escuela a los hijos, una casa más segura, una vida menos frágil.
Un Colegio Técnico habría sido una respuesta inteligente a la evolución prevista de la localidad de La Troncal. Con la expansión económica y el aumento de la población, se volvía evidente que el territorio necesitaría personas formadas, capaces y listas para guiar el cambio. En los años setenta los dos jóvenes Luisa y Sergio se jugaron la vida, como misioneros, por la La Troncal del futuro. No se trataba solo de "hacer algo útil", sino de apostar por una comunidad grande, propositiva, pujante, bien dispuesta a un cambio social real. Vieron que la formación técnica podía abrir caminos donde antes solo había trabajos duros y pocas alternativas. Intuyeron que la educación podía convertirse en un puente entre la necesidad inmediata y las posibilidades de desarrollo, entre el esfuerzo cotidiano y el proyecto de vida. En ese contexto, pensar en un Colegio Técnico significaba creer en los jóvenes y en su potencial, incluso cuando todo parecía exigir solo sobrevivir. La visión era concreta: brindar competencias, construir responsabilidad, generar confianza. Y sobre todo, hacerlo permaneciendo al lado de la gente, sin atajos y sin distancias.
El proyecto comenzó en silencio, con pasión, trabajo, sueños, esperanzas y determinación, y hoy es una hermosa e importante realidad en la Provincia de Cañar. No nació como una empresa clamorosa, sino como una semilla plantada con cuidado, día tras día, dentro de una cotidianidad hecha de decisiones concretas. En una casa alquilada los dos vivieron y comenzaron el colegio: teoría y práctica para los jóvenes de La Troncal, con un trabajo tenaz, incansable y enérgico. Los recursos eran pocos, los espacios adaptados, los materiales buscados con creatividad, y las dificultades nunca faltaban. Pero la motivación era fuerte: ofrecer oportunidades reales a chicos y chicas que deseaban aprender y construirse un futuro diferente. Cada lección, cada actividad práctica, cada jornada de organización era un ladrillo que se añadía a un edificio más grande que el visible. Con el tiempo la confianza creció, las adhesiones aumentaron y alrededor del proyecto se consolidó una red de apoyo. La constancia de Luisa y Sergio hizo creíble lo que al principio podía parecer solo una idea. Así, desde ese inicio humilde, tomó forma una obra capaz de incidir en el territorio y de generar un cambio verdadero.