CELEBRACIÓN DE LOS DECHOS HUMANOS
CELEBRACIÓN DE LOS DECHOS HUMANOS
OBRA Y VIDA DE SAN PEDRO CLAVER
Nombre de nacimiento Pedro Claver Corberó
Nacimiento 26 de junio de 1580
Verdú, Corona de Aragón, Imperio español, España
Fallecimiento 8 de septiembre de 1654 (74 años)
Cartagena de Indias, Nuevo Reino de Granada, Imperio Español
Sepultura Iglesia de San Pedro Claver
Religión Catolicismo
Ocupación Misionero
Información religiosa
Canonización 15 de enero de 1888, en Roma, durante el pontificado de León XIII
Festividad 9 de septiembre
Venerado en Iglesia Católica , Iglesia Evangélica Luterana en América
Santuario Bandera de Colombia Iglesia de San Pedro Claver, Cartagena de Indias, Colombia
Orden religiosa Compañía de Jesús
San Pedro Claver S.J. (Verdú, España, 26 de junio de 1580-Cartagena de Indias, 9 de septiembre de 1654), cuyo nombre de nacimiento fue Pere Claver Corberó, fue un misionero y sacerdote jesuita español que pasó a la posteridad por su entrega a aliviar el sufrimiento de los esclavos del puerto negrero de Cartagena de Indias donde vivió la mayor parte de su vida. Se apodó a sí mismo el «esclavo de los negros».
Tímido y sencillo, español corto en palabras y largo en hechos, Pedro Claver Corberó, es una de las figuras del cristianismo del siglo XVII, cuya vida se desarrolló en el puerto negrero de Cartagena de Indias. Su entrega abnegada a los negros bozales, de los que los teólogos de esa época discutían incluso si poseían alma, es un modelo admirable de la praxis cristiana del amor y del ejercicio de los derechos humanos, de los que se lo declaró «defensor» en 1985. Sus restos se encuentran en el altar mayor de la Iglesia de San Pedro Claver en Cartagena de Indias. Se lo honra como patrono de los esclavos, y desde 1896 como patrono de las misiones entre los negros. Se lo considera un ejemplo heroico de lo que debe ser el amor por los más pobres y marginados.
Su llegada a América
Comenzaba su segundo año de estudios teológicos cuando el provincial, accediendo a su deseo, le destinó el 23 de enero de 1610 a las misiones transoceánicas del Nuevo Reino de Granada. Sin despedirse de su familia –el ambiente en casa había cambiado tras las segundas nupcias de su padre–, se fue a pie a Valencia y luego a Sevilla, de donde zarparía en la flota de galeones en compañía del padre Mejía y dos jóvenes sacerdotes.
Después de una primera toma de contacto con la plaza fuerte de Cartagena de Indias, hervidero de negreros, piratas e inquisidores, se trasladó, en un lento viaje en champán por el río Magdalena y luego a lomos de mula, hasta Santa Fe de Bogotá, donde no estaban aún organizados los estudios de teología, lo que Pedro aprovechó para servir como hermano coadjutor.
El clima de Bogotá no le sentaba bien, ya que el sol dañaba su salud. Una vez concluidos brillantemente sus estudios en el Colegio y Seminario de San Bartolomé, hoy Colegio Mayor de San Bartolomé y Pontificia Universidad Javeriana, fue destinado al noviciado de Tunja, en tierra adentro, para hacer su "tercera probación", el año que los jesuitas dedican a la espiritualidad tras su formación intelectual. Seguía dudando si hacerse sacerdote. Tanto, que le pidió al provincial que le permitiera seguir de hermano portero, oficio que ejercía en Tunja.
«Esclavo de los negros para siempre»
Pero los superiores le destinaron a Cartagena de Indias, donde fue ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1616, a la edad de 35 años, por el obispo dominico fray Pedro de la Vega. Ofició su primera misa en el altar de la Virgen del Milagro de la iglesia de la Compañía.
Navío negrero del siglo XIX. Los barcos negreros de los siglos XVI a XIX guardaron un denominador común: el hacinamiento y el estado calamitoso de las bodegas donde transportaban a los esclavos.
Allí conoció al sabio jesuita Alonso de Sandoval, investigador de la vida de los negros y autor del famoso libro De instauranda ethiopum salute, quien, en contra del dominante ambiente esclavista, recibía con afecto y bautizaba a los esclavos que llegaban al puerto en abundancia y en un estado calamitoso en las bodegas de los barcos negreros, procedentes de África. Inspirado por Sandoval y por la situación imperante, Claver se entregó en cuerpo y alma a los negros bozales.
Con su clima caluroso, Cartagena de Indias era, por su posición en el mar Caribe, el principal mercado de esclavos del Nuevo Mundo. Mil esclavos llegaban allí al mes, y los mosquitos y las enfermedades devoraban a los sanos. El precio de compra de un esclavo era dos escudos, y doscientos el de venta.1 Aunque muriera la mitad del «cargamento», el tráfico seguía siendo «rentable». Ni las repetidas censuras del Papa, ni las de los moralistas católicos podían prevalecer contra ese comercio movido por la avaricia. Los misioneros no podían suprimir la esclavitud, sólo mitigarla...
Pero Pedro Claver se enfrentó con hechos heroicos a esta ignominiosa trata. Pedro interpretó así el sentido de su sacerdocio, y el 3 de abril de 1622, al profesar sus votos perpetuos solemnes, estampó junto a su firma la que sería la gran consigna de su vida
Esta fórmula de entrega personal que implicaba trabajar únicamente por los «etíopes», nombre que los españoles de la época daban indistintamente a los esclavos negros,5 se mantendría como firma en las siguientes tres décadas.
El joven sacerdote siguió a la letra el método empleado por el padre Sandoval. Procuraba enterarse con antelación de la llegada de un barco negrero – hasta ofrecía una misa a quien se lo avisara– y se informaba de que nación venía para procurarse intérpretes, que buscaba por toda Cartagena. Los amos de éstos llevaban muy mal que se los pidieran y recibían a los jesuitas con insultos. Más tarde el propio colegio llegó a comprar los negros intérpretes, grandes colaboradores de Claver. Entre ellos estaban Domingo Folupo, Andrés Sacabuche, José Monzola o Ignacio Soso, que a veces eran empleados en el colegio para otros menesteres, lo que ocasionó dos cartas de protesta del padre general Vitelleschi, quien apreciaba sinceramente la labor de Pedro.
Acompañado de sus intérpretes acudía Claver al puerto llevando al brazo un canasto cargado de plátanos, naranjas, limones, pan, vino, tabaco, aguardiente y sahumerios. Luego, descendía heroicamente a la sentina del navío donde por más de cuarenta o cincuenta días habían permanecido «sepultados» entre trescientos y cuatrocientos esclavos negros. Ante los ojos desorbitados de terror de los pobres africanos, les decía que él quería ser su padre y pretendía tratarlos bien; que no iba con intención de comérselos, como ellos creían, o maltratarlos, sino para quererles y enseñarles el camino de Jesús. Si alguno llegaba en peligro de muerte, él mismo lo envolvía en su manto y lo llevaba a un hospital.
Del «confesonario para negros» al leprosario
Su afecto a los negros bozales se extendía a su defensa frente a sus amos, como atestigua la negra Isabel Folupo. Cuando sabía que alguno flagelaba a sus esclavos, se presentaba en la casa y con súplicas o con autoridad les pedía que no los azotaran. Su confesonario estaba reservado para los negros, mientras que grandes personajes de la ciudad tenían que hacer cola detrás de ellos si querían confesarse con el jesuita. Así lo comentó uno de sus testigos
De su predilección por los enfermos daba testimonio una persona negra, pobre y esclavizada que vivía en una choza junto a la muralla, o una ciega que lo visitó fielmente en su bohío durante diez años. Durante la peste de la viruela que se cebó en Cartagena en 1633 y 1634, Pedro Claver se multiplicó para atender a los damnificados hasta agotar a dos y tres de sus compañeros. Su manteo servía de vestido para los desnudos recién llegados, de almohada y de cama para los enfermos. Su intérprete Sacabuche contaba que hubo días en que tuvo que lavar el manteo del padre Claver hasta siete veces. En vísperas de Pascua reunía a todas las personas negras de la ciudad para que cumplieran el precepto, los confesaba, les daba la comunión y él mismo les servía un modesto desayuno. También alguna vez con la disciplina con la que se flagelaba irrumpió en alguna danza nocturna, cuando los africanos se emborrachaban o prostituían.
Además acudía regularmente a la leprosería, Hospital de San Lázaro, cuidada por los Hermanos de san Juan de Dios. Allí barría, arreglaba las camas, daba de comer a los enfermos y les llevaba pequeños frascos de licor. Conseguía mosquiteros, limosnas, medicinas y comida para aquel pobre hospital que era un conjunto de bohíos que llegó a albergar hasta setenta leprosos. Los días de fiesta les llevaba una comida más fina y una banda de música.
Defensor de los últimos
Darse, sin medir las consecuencias
Se ocupaba también de los presos comunes o de aquellos apresados por la Inquisición, y se pasaba largas horas en los calabozos escuchando sus cuitas. Por sus ruegos, dos abogados se encargaban de la defensa de los presos pobres. También consolaba a los condenados en el momento de la ejecución con vino, perfume y bizcochos. Y con los protestantes, alguno de ellos ejecutado en un Auto de Fe, se comportaba con igual cariño y misericordia, sin importarle las consecuencias. Llegó a convertir a varios, entre ellos un arcediano de Londres. Misionaba además pueblos de los alrededores, comiendo y durmiendo en chozas abandonadas, entre murciélagos y ratas. Le nombraron ministro (encargado de asuntos materiales) de la casa. Pero, como cogía siempre para él los oficios más duros, el superior lo hizo maestro de novicios coadjutores, a los que conducía a la leprosería escoba en mano.
Todo ello respondía a una profunda vida espiritual. Austero hasta el heroísmo –dormía poco y en el suelo, apenas comía y vestía cilicios, aun con el clima de Cartagena–, tenía dicho al hermano portero que no molestara en la noche a los demás padres cuando venían a pedir sacramentos, sino que acudiesen a él.
Para la oración le gustaba mirar un libro de imágenes de la vida de Nuestro Señor y se detenía sobre todo en pasajes de la Pasión que recordaba el resto del día. El negro Diego Folupo lo vio elevado del suelo como “caña y media” con los ojos fijos en un crucifijo que sostenían en las manos. Le atribuían numerosos milagros, como resurrección de muertos, clarividencia y profecía.
Oposición a su trabajo
Aunque su fama de santidad cundía por toda la ciudad, aunque su provincial llegó a decir que él solo trabajaba por seis sujetos, y aunque no le faltaron a Pedro Claver cartas laudatorias del padre General de la Compañía, muchos otros se opusieron a su trabajo y a su persona. Los informes que enviaban a Roma decían de él que era «mediocre de ingenio», «de prudencia exigua», «muy melancólico».7 También le llegaron avisos de la curia acusándolo de «abusar de sus intérpretes a expensas del Colegio», de «retener en su poder depósitos de dinero sin precisar si era con facultad de los superiores locales»,7 y tener en el aposento botijas de vino, que usaba para sus negros. Asimismo, le llamaron la atención por reprender a una dama española que se pavoneaba en la iglesia de su guardainfante. Otros jesuitas no veían con buenos ojos que Claver diera preferencia a los negros sobre los blancos, temas que incluían en sus cartas acusatorias a Roma.
Claver enfrentó una pertinaz oposición por parte de las autoridades civiles y comerciales, quienes sospechaban que el ministerio del sacerdote socavaba su lucrativo comercio.8 Pero los traficantes de esclavos no eran los únicos enemigos de Pedro Claver. El misionero fue acusado de exceso de celo y de haber profanado los sacramentos al darlos a «criaturas que apenas poseían alma».1 Importantes mujeres de Cartagena se negaron a entrar en la iglesia en la que el Padre Claver reunía a sus negros. Los superiores del santo eran a menudo influenciados por las muchas críticas que llegaban a ellos. Sin embargo, Claver continuó su trabajo, aceptando todas las humillaciones y añadiendo rigurosas penitencias a sus obras de caridad.
Un final aceptado
En 1650 y tras predicar la cuaresma por los alrededores de Cartagena, Pedro Claver pretendió entrar en Urabá, región de indios paganos, pero cayó enfermo. La víspera había confesado hasta las diez de la mañana y cuando pretendió celebrar la misa, se sintió tan mal que se vio obligado a regresar a Cartagena. La peste había diezmado el colegio de los jesuitas, donde habían fallecido ya nueve miembros de la comunidad. Una parálisis lo redujo a la impotencia y a un tremendo temblor de las manos que, según testimonio del médico, le desaparecía al decir misa.
Aún logró hacer algunas visitas, gracias a una mula que le dejaron, que estuvo a punto de matarle. Pudo ir también a despedirse de doña Isabel de Urbina, su gran bienhechora, a quien le pidió que en adelante se confesara con su sucesor, el padre Diego Ramírez Fariña. Por entonces, desde la sublevación de Portugal, era raro el arribo de barcos negreros. Pero en 1652 llegó uno lleno de negros araraes. Pedro visitó a los negros, les llevó regalos y los instruyó para el bautismo.
Así, físicamente impedido, permaneció los últimos cuatro años enfermo, en su celda, prácticamente solo y sin poder casi moverse, en un espantoso estado de abandono por parte de los demás que él, sin embargo, aceptaba.8 Falleció finalmente en la madrugada del 9 de septiembre de 1654.
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