¿Qué es ONUSEMS?
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El odio en redes sociales y cómo nos está afectando por dentro
Las redes sociales llegaron para cambiarlo todo. Ahora hablamos, opinamos, compartimos lo que sentimos o lo que pensamos con solo mover un dedo. Parece mágico: estar tan conectados, poder cruzar palabras con alguien del otro lado del mundo, encontrar apoyo, hacer comunidad. Pero no todo lo que pasa ahí dentro es tan brillante como parece. Hay un lado más oscuro que cada vez se hace más presente: el odio.
A veces llega de forma directa, como un comentario cruel, un insulto, una burla. Otras veces es más silencioso, más sutil, pero igual de dañino: una crítica disfrazada de "consejo", un chiste que apunta al dolor ajeno, una avalancha de juicios sin conocernos siquiera. Y lo más triste es que eso ya no sorprende. Nos estamos acostumbrando al ataque, a la agresión, como si fuera parte del paisaje digital.
Pero que sea común no lo hace menos grave. Porque del otro lado de cada pantalla hay una persona real. Alguien que siente. Que quizás ya tiene sus propias inseguridades, sus miedos, su tristeza. Y cuando esa persona recibe odio, aunque trate de hacerse fuerte, algo se rompe. La salud mental no es un concepto abstracto. Es algo que se vive en el cuerpo, en el ánimo, en cómo uno duerme, en cómo se mira al espejo o en si tiene ganas de salir a la calle o no.
Muchas personas, sobre todo jóvenes, empiezan a medir su valor por los likes que reciben o por lo que dicen de ellos en los comentarios. Y cuando eso se vuelve negativo, puede sentirse como si uno no valiera nada. Puede generar ansiedad, una tristeza que no se va, o la sensación de que no hay lugar seguro, ni siquiera en internet.
Y no hay que ser una figura pública para ser atacado. A cualquiera le puede pasar. A veces basta con decir lo que uno piensa o mostrar algo personal para que aparezca alguien dispuesto a herir. Desde el anonimato, desde el desprecio, desde un lugar donde no se siente empatía.
Pero también hay algo más: cuando el odio se hace costumbre, el ambiente entero cambia. Ya no da ganas de opinar, de compartir, de mostrarse tal como uno es. Y eso nos empobrece como sociedad. Perdemos voces, perdemos diversidad, perdemos la posibilidad de escucharnos con sinceridad.
Por eso es tan importante empezar a hablar de esto, con calma pero con seriedad. No se trata de no discutir o de evitar los temas difíciles. Se trata de cómo lo hacemos. Podemos tener diferencias y aún así tratarnos con respeto. Podemos no estar de acuerdo y no caer en la humillación. Podemos construir un espacio donde mostrar vulnerabilidad no sea una invitación al ataque, sino al cuidado.
Cada uno de nosotros tiene un pequeño poder: el de elegir cómo se comunica. Lo que compartimos, lo que comentamos, lo que decidimos ignorar o defender. No somos espectadores pasivos. Lo que hacemos o lo que dejamos pasar también cuenta.
Tal vez no podamos cambiar todo internet, pero sí podemos hacer que los espacios que habitamos sean un poco más humanos. Más empáticos. Más respetuosos. Porque al final del día, todos necesitamos lo mismo: ser vistos, ser escuchados, y sobre todo, ser tratados con dignidad.