Recuerdo enterrado.
Muchas veces las relaciones se deterioran. Esas amistades, relaciones que parecen eternas, pero que pueden acabar enterradas. Un día sois inseparables, y al siguiente el único reflejo de esa amistad es una foto perdida y pisoteada. No siempre hay un motivo, muchas veces es el paso del tiempo el culpable de este desgaste.
Evolución.
Crecer es ley de vida. Todos nacemos siendo unas pequeñas criaturas, pero con el paso del tiempo y distintas experiencias nos vamos formando como personas. Esta evolución suele traer consigo preocupaciones y responsabilidades. Sin embargo, la infancia es la única etapa de la vida en la que disfrutamos, sin darnos cuenta, de una verdadera felicidad e inocencia infinita.
Cartas a lo que fuimos.
A veces parece que lo tienes todo con personas cercanas a ti. Cada día supone algo nuevo: risas, anécdotas, momentos de relax, experiencias… Sin embargo, nada es para siempre. Tienes todo lo que necesitas a tu lado y de un momento a otro, esas conversaciones infinitas se convierten en cartas de despedida y esas risas incansables se convierten en fotografías que captan el instante pero no el recuerdo.
Para siempre.
“En lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida.” Eso se suele decir, pero no todos cumplen la promesa. Años de amor y complicidad acaban con dos personas tomando caminos diferentes. Lo que un día brillaba, se va apagando con el tiempo.
Inexistencia.
El paso del tiempo consigue muchas veces acabar con todo aquello que una vez existía. El sofá ya no es testigo de los interminables ratos de lectura o de las conversaciones entre familiares. Las flores dejaron de florecer hace mucho tiempo y ya no son más que un matojo de hojas secas. Y la vela, que aunque aún brilla, se va consumiendo poco a poco hasta que un día se apagará por completo, dejando tras de sí solo el recuerdo de su luz.
Efimeridad y cenizas.
¿Existe algo eterno? ¿O es todo efímero?
Si pensamos en el fuego como una metáfora de nuestra vida, hay momentos en los que la llama es más viva pero también es en esos cuando se consume más rápido. Es por eso que deberíamos aprovechar esos momentos de vivacidad antes de que se conviertan en cenizas.
Miradas que hablan.
Una mirada puede significar todo. No hacen falta palabras para expresar lo que se siente, porque una simple conexión visual puede contener años de historias compartidas. La mirada entre dos personas que han pasado por todas las etapas de la vida, que han reído hasta la saciedad y se han apoyado en los momentos difíciles, es un reflejo del vínculo inquebrantable que han construido. En ocasiones, el paso del tiempo es un recordatorio de que, más allá de los años transcurridos, lo verdaderamente valioso es todo lo vivido.
Instantes quietos, mente ocupada.
Una figura aislada que se pierde en sus pensamientos, envuelta en la quietud del instante. Los días se desvanecen, al igual que el libro se va terminando. La presencia se vuelve un simple recuerdo. Alguien que ha acumulado innumerables vivencias y experiencias a lo largo de los años, ahora las transforma en memorias que ocupan su mente.
Caminar eterno.
El tiempo deja su huella, pero algunas conexiones parecen inquebrantables. El ritmo pausado de una historia compartida, de días construidos con paciencia y afecto, de miles de historias vividas. La nostalgia no es ausencia, sino la certeza de todo lo recorrido juntos, de cada paso que aún queda por dar.
Tiempo vacío.
A veces parece que se detiene el tiempo. Momentos en los que prevalecen los propios pensamientos y, gracias a la compañía, una increíble sensación de tranquilidad. Parece que ese instante es eterno y si no lo es, da igual porque no estamos llenando el tiempo. Pero no es así, son esos plácidos momentos cotidianos los que hay que valorar y apreciar.
Tiempo enmarañado.
Un momento compartido que sigue presente, pero que se va convirtiendo en recuerdo. Se trata de un instante observado desde la distancia, que la naturaleza oculta, poco a poco, como si perteneciera a un pasado al que no se puede regresar por completo. Esa sensación de estar observando algo que quizá sólo exista ya en el recuerdo o parece escaparse en el tiempo.