Bien entrada la noche
de agosto y con calor aún, como llamado
por un presentimiento, alzo la vista:
y ahí, donde han estado siempre,
palpitan las estrellas.
Me fijo en lo profundo, donde solo
nos cabe aventurar las matemáticas,
y dejo que me bañe entero el espectáculo:
desde el chisporroteo del big bang
hasta esta hora secreta de un planeta
que gira ensimismado.
Me asombran esas ondas
que llegan hasta mí parpadeando
después de recorrer tanto silencio
y a tal velocidad
que no cabe pensar,
solo aceptarlas.
La rauda eternidad
se exhibe quieta
a este humilde mortal
que la contempla
sentado en una silla
de anea en la terraza.
A ti, maravillosa disciplina,
media, extrema razón de la hermosura
que claramente acata la clausura
viva en la malla de tu ley divina.
A ti, cárcel feliz de la retina,
áurea sección, celeste cuadratura,
misteriosa fontana de mesura
que el universo armónico origina.
A ti, mar de los sueños angulares,
flor de las cinco flores regulares,
dodecaedro azul, arco sonoro.
Luces por alas un compás ardiente.
Tu canto es una esfera transparente.
A ti, divina proporción de oro.
Cuéntame un cuento de números,
háblame del dos y el tres
-del ocho que es al revés
igual que yo del derecho-.
Cuéntame tú que te han hecho
el nueve, el cinco y el cuatro
para que los quieras tanto;
anda pronto, cuéntame.
Dime ese tres que parece
los senos de cualquIer foca;
dime, ¿de quién se enamora
ese tonto que es el tres?
Ese pato que es el dos,
está navegando siempre;
pero a mí me gusta el siete,
porque es un roto en la vida,
y como estoy descosida,
le digo a lo triste: Vete.
Cuéntame el cuento y muy lenta,
que aunque aborrezco el guarismo,
espero gozar lo mismo
si eres tú quien me lo cuenta.