Un poeta no es nada, pero vibra,
pero tiende la mano a lo que escapa.
Lengua de cielos y corales habla
en la criatura tensa que lo habita.
Mirta Aguirre
Un poeta no es nada, pero vibra,
pero tiende la mano a lo que escapa.
Lengua de cielos y corales habla
en la criatura tensa que lo habita.
Mirta Aguirre
No había cumplido diez años cuando escribí mi primer poema.
Un año atrás, el mundo había conocido la triste suerte de Allende y el fin de su proyecto social, y mi maestra de letras de quinto grado tuvo la idea de pedir una composición sobre ese drama terrible: yo escribí un poema.
Ha transcurrido medio siglo y sigo fiel a la poesía...
La sombra de mi alma
huye por un ocaso de alfabetos,
niebla de libros y palabras...
Soy un triste instrumento del camino,
soy una lengua dulcemente infame…
Quería yo devorarla
como se traga la rabia
al ordenar la impotencia,
quería yo condenarla…
Mas dibujaba su rostro
cuando la noche explotaba,
le entregaba mi deseo
cuando su voz suplicaba.
Quería yo devorarla,
su dolor entre mis dientes,
pero al sentirla desnuda,
yo moría por besarla.
Te tengo, corazón, como soflama,
músculo garboso, todo tenso,
te tengo por error como instrumento
que cincela la duda que me daña.
Te tengo, corazón, como consorte,
como garfio, una muesca de mi alma,
un resorte que no acepta ser vasallo,
que se nutre del silencio y de la llama.
Así, corazón, haces mi suerte,
un espacio de luz, una ventana,
una reliquia vetusta, un pasadizo,
un verbo feroz que se desata.
Te debo, corazón, mi testamento,
este oficio galano de poeta,
una lección de humildad, una disculpa,
un salto sobre el vicio, una proeza.
Te cedo, corazón, mis soledades,
este pozo ciego de ordenanzas,
reclamo para ti solo bondades,
un fuerte galopar, una esperanza.
¡Oh!, esos poemas que escribí cuando era joven,
que entre el polvo de los años se han perdido,
no los recuerdo,
no tienen sitio,
sobre papeles bastos,
sin importarles firmas,
esos poemas míos que han partido,
han olvidados surcos,
y la caricia urgente,
y mis amores primos,
y mis besos frugales.
¡Oh!, esos poemas míos que he perdido
en la vorágine de mi tiempo yacen,
y sin hacerse leer, siempre fugaces,
en vetustos rastros de mi edad se han convertido.
Hay en el aire hálito de fresas
en un alba serena que murmura,
las horas no resisten, son sumisas
víctimas de mi turbación, las quiebro.
Con el lado de tu cama despejado,
donde sin estar, respirabas, vivías,
así, con mis urgencias a flor de piel,
mi verso está a la espera de tu voz.
Va degustando el café de la mañana,
sorteando eufórico nuestras paredes,
permitiéndose, hoy, saber que existe.
Ha dejado atrás las cansinas horas
donde tu ausencia mordía la tarde.
Vivaz, disfruta saberte de regreso.
Ordéname amordazar los rumores
que cubren las calles que te conocen,
de alguna forma silenciaré tonos,
en el aire, apenas, el silbo del mundo.
Precísame lo que te haga sangrar,
árgoma de miedos que te penetren,
lo malsano que propicie tus llantos,
detalle de tus íntimos enemigos.
Menos que una orden, simple intención,
pesadillas, efímeras reservas,
recóndito estertor de tu impulso.
Yo, sin otra arma que el saberte presa,
sin garante alguno, suicida enamorado,
rendiré, a tus pies, todos tus fantasmas.
Dónde te ocultas, violeta viva,
por qué fracasa mi torpe enojo,
crece descalza sorteando piedras,
blanca violeta, cruz de mi arrojo.
Si fuera herida tejerte abrigo
para que el frío no muerda rudo,
sangrar sirviera para abrazarte,
blandir el tiempo como saludo.
Dónde te ocultas blanca violeta,
de soledades mi edad supura,
busco en sombras armas rendidas,
dócil coraza de plata pura.
He estado al final del camino
donde el silencio no es fuga de ruido,
no, es susurro del tiempo implacable
sobre la piedra, la tierra y la ola,
para colmar al ojo humano del infinito.
Sobre la bota del viandante al cielo,
el viento, sedicioso, le ciñe cáliz.
He estado al final del camino
donde nace un armonioso silencio
desde el perenne acebo y el brezo rojizo,
y se encumbra como rabo de nube,
y desciende como gélida llovizna.
Sobre la cruz, pétrea y solitaria,
mis años azorados, abrazan lo eterno.
Quién me acompañará cuando a la postre
deje caer mi cerebro y sus siluetas,
en ese regajal de espumas quietas
donde vegeta el alma sin arrostre.
¿Será la misma que hoy mi voz abraza
irguiéndose desnuda en mis praderas?
¿El vientre de oriflama y sementeras,
regalía de la suerte e íntima baza?
Tal vez. No me pertenece el destino;
alcanzo a entender escasamente el día.
Y mientras fluye este río bizantino
entregando mis noches en garantía…
¿Cuál mano logrará podar mi tino,
mi pañuelo, mi sudor y mi utopía?
Hoy escribo un poema
sin otra pretensión que defenderme
y cubra mi zozobra tu arrojo;
un poema para entregarte
ese olor inconfundible de mar en calma
y saberte tras mis huellas,
sin más armas que las uñas,
sin más lecho que la espalda,
sin más ropa que el aliento.
Un poema nacido del susto
de soñarte asombrosamente lejos
y perder, entre disparos, tu voz.
Un pie aquí sobre este pedazo de tierra,
látigo serpenteando en azules infinitos
con lluvia perpetúa besando sus costuras.
Un pie aquí sobre este trazo irregular y verde
donde la voz suena dulce como mujer triste
y el viento sirve de valladar al paso tímido.
Un pie aquí sobre un entresijo de calles y luces
donde deambula la edad con su pertinente saña
atravesando escudos de vidrieras y anhelos.
Un pie aquí dejando huella en un sinuoso muro,
freno majestuoso a la orilla caprichosa
donde la ola, vehemente, fecunda las piedras...