Lo que deseas, no siempre te conviene
¿Pero cómo iba a sentirme bien?
Hace tiempo pasé una mala racha. No dormía. Soñaba, sí, pero no descansaba: tenía grabada la imagen de mi jefe gritándome el día anterior.
Me levantaba y desayunaba cualquier porquería: magdalenas, cereales, cortadillos. Iba corriendo al trabajo para recibir las reprimendas del nuevo día.
Sin descanso y malcomiendo, no tenía fuerzas para batallar con mi superior. Acabé convirtiéndome en un fantasma que deambulaba por su casa sin saber qué hacer con su vida.
Pero no era el único problema.
El problema era creer que no había salida.
Además de atender a mi casa, familia y al Espíritu Santo, tuve que cambiar de hábitos para salir de ese agujero negro: entrené, comí, descansé; sosegué mi mente tras años de terapia.
Dejé de lado la pereza y el victimismo con tal de sentirme bien.
Un nuevo yo me esperaba más cerca de lo que creía.
¿Que cómo lo hice?
Descubriendo mi tipo de metabolismo: la mente no puede funcionar bien si el cuerpo está desajustado.
Además, me ahorré mucho dinero en fármacos y un montón de disgustos al atenderlo con criterio.
A día de hoy me siento bien, ¡para qué negarlo!
Aunque no me convence quedármelo para mí. Es un sinsentido no compartir lo que te hace sentir dichoso.
Cuando conozcas tu metabolismo y lo atiendas, no volverás a ser el mismo.
Tú lo notas y ellos lo saben.