Patrimonio histórico civil

Palacio de los marqueses de Villel

Casa noble típica de la zona del señorío de Molina que perteneció a los señores y marqueses de Villel. Presenta tres alturas: planta baja, primer piso y desván. Tiene una gran portada central con dos columnas con pedestales que sostienen el balcón sobre el arquitrabe. Coronando el balcón, en lo alto del palacio, está tallado en piedra el blasón familiar. Su aspecto exterior es muy sencillo, pero a la vez está dotado de aire señorial. El edificio está rodeado por varias huertas que al igual que el palacio son muy antiguas.

Fue construido, probablemente, durante el siglo XVI o bien en la primera mitad del siglo XVII. En 1658 ya aparece nombrado en las pruebas de caballeros para el ingreso de don Blas González de la Cámara y Andrade en la Orden de Alcántara. En dicho documento aparece textualmente como «a la casa que llaman palacio». Constaba de varios escudos de armas repartidos en las puertas de entrada, escalera y un corredor de sol [45].

Hay que pensar que el palacio tiene su origen en las edificaciones que se realizaron bajo el lado occidental del castillo, ya que al ser éste tan pequeño había necesidad de más espacio. Estas edificaciones se corresponderían con un edificio principal donde se alojarían los señores y otros auxiliares, caballerizas, etc…

A pesar de sus 400 años de antigüedad se mantiene en buen estado, gracias a una gran reconstrucción que tuvo que realizarse con posterioridad al ataque que sufrió a principios del siglo XVIII.

Como digo, en 1710, durante la Guerra de Sucesión, fue quemado por las tropas leales al archiduque Carlos. Acto de venganza ante los hechos protagonizados por don Alonso González de Andrade en la liberación de Molina y a favor de don Felipe V. Además del daño que sufrió el edificio, causado por el fuego, desgraciadamente se perdieron todos los documentos y mobiliario que en el interior había. Entre ellos, el diploma real del título de marqués de Villel adjudicado a don Blas González de la Cámara y Andrade.

Seguramente siguió arruinado hasta pasada la primera mitad del siglo XIX y se reconstruiría en la segunda mitad del siglo XIX. En 1753 y 1850 se describe arruinado según el Catastro de la Ensenada y Madoz respectivamente. Los documentos guardados en el Registro de la Propiedad a cerca de esta finca, cuentan como en 1881 estaba establecida en la planta baja del palacio la escuela de primera enseñanza.

Es curioso que en un par de libros se nombre el palacio como «de los duques de Villel» cuando ese título nobiliario ni existe, ni ha existido. Pero aunque es totalmente incorrecto, tiene cierto sentido, ya que la corona del blasón actual del palacio es una corona de duque y no de marqués; además el manto de armiño que sale de la corona y sobre los que se sitúan los tres escudos también es típico de los ducados. Sin duda resulta paradójico que el escudo de un marquesado tenga una corona y un manto ducales, pero tiene su explicación: era usual que los nobles, aun no siendo duques, pusieran la corona de duque en sus blasones si eran Grandes de España.

Teniendo esto en cuenta y que las armas más modernas presentes en el blasón son las correspondientes al apellido Fivaller, se puede decir que el escudo actual fue colocado por don Juan Antonio de Fivaller y Taberner: marqués de Villel y Grande de España.

Pero no sólo debió de colocar el blasón, sino que debió ser quien ordenó y/o culminó la reconstrucción del palacio, ya que cronológicamente coincide su existencia con la fecha de reconstrucción dada anteriormente: segunda mitad del siglo XIX.

Posteriormente ya se incorpora el linaje de los Martorell con el matrimonio entre María de las Mercedes Bernardina de Fivaller y Taberner y Gabino de Martorell y Martorell.

El padre de la mencionada María de las Mercedes Bernardina, Juan Antonio de Fivaller y Taberner, fue la última persona con el título del Marquesado que estuvo en posesión del palacio. Lo hereda la supradicha María de las Mercedes y posteriormente su hijo Ricardo de Martorell y Fivaller y su nieta Mercedes de Martorell y Téllez-Girón, quien lo vende a un particular llamado Benito Monje Maso.

Éste último lo vende a los actuales poseedores, la familia Medina Marota, quienes han llevado a cabo dos reformas: una a mediados del siglo XX, en la que añadió un edificio auxiliar y le dio cierto aire andalusí, y otra a finales de 2000. Gracias a las mencionadas reformas podemos verlo en muy buen estado.

Necrópolis visigoda

Se localiza en el suroeste del pueblo, en una ladera junto a la carretera que sale hacia Mochales; exactamente bajo el actual cementerio. Es decir, que a día de hoy no se aprecia nada de lo fue la necrópolis, a pesar de que ésta era más extensa que el cementerio. Hasta hace no mucho tiempo aún se podía ver un sarcófago de piedra aparcado en una esquina del cementerio.

Fueron unos pendientes los que provocaron el asombro de los que trabajaban en la obra de construcción del cementerio. Tras el hallazgo, el alcalde, que por aquel entonces era Manuel Colás, dio aviso a la Comisión de Arqueología. Desde Madrid se desplazó un equipo de arqueólogos para proceder al reconocimiento del terreno.

El yacimiento se excavó bajo la dirección del comisario y catedrático de la Universidad de Madrid, Julio Martínez Santa-Olalla, estando el trabajo de campo a cargo de Ana María Elorrieta Lacy y María Victoria Martín Rocha, aventajadas alumnas de Santa-Olalla. Además se buscó a gente del pueblo para participar y trabajar en la excavación. Hecho que quedó reflejado en más de una fotografía.

Durante las dos semanas que duró el trabajo, se excavaron hasta un total de 78 sepulturas, que consistían mayoritariamente en simples fosas hechas en la roca, en las que levemente se podían distinguir la cabecera y los pies de la tumba. En estas fosas se depositaban los ataúdes, que eran de madera, fabricados con tablas y herrajes, o bien troncos vaciados.

Pero algo no muy corriente en las necrópolis visigodas aparece en este yacimiento: sarcófagos de caliza labrada. El interior de los sarcófagos tenía la forma del cuerpo humano e incluso dicha forma se percibía en el exterior, y las tapas que cerraban los sarcófagos eran de dos vertientes.

Las sepulturas se encontraban enterradas a muy diferentes profundidades, desde los 30 cm a los 2 metros. Respecto al tamaño, se podían diferenciar entre las que pertenecían a individuos adultos y las que habían sido para niños.

Junto a las sepulturas, a veces, se encontraron ajuares y objetos de uso personal: hebillas, placas rectangulares de cinturón, fíbulas, brazaletes, collares, pulseras de cuentas de vidrio y ámbar, pendientes, anillos, alguna espada corta y también alguna figurilla. Todas las piezas fueron fabricadas en bronce.

Aparte de la necrópolis también se tiene noticia de la aparición de otras tumbas aislada muy cercanas a ésta.

Los restos fueron a la colección que Santa-Olalla tenía en el Instituto de Historia Primitiva, situado en el barrio madrileño de Fuente del Berro. A la muerte de éste, la colección fue adquirida por el Estado y alojada en el museo Arqueológico Nacional.

Las piezas que se extrajeron de la necrópolis de Villel han estado almacenadas, junto a las de otros yacimientos excavados por Santa-Olalla, en los depósitos del Museo durante mucho tiempo.

Es en el año 2001 cuando se trasladan las piezas al Instituto del Patrimonio Histórico para llevar a cabo en ellas una profunda restauración. Posteriormente, en septiembre de 2002 se intentan clasificar e identificar cuáles pertenecen al yacimiento de Villel, ya que no se ha encontrado documentación clara del propio Santa-Olalla acerca de éstas.