El siguiente relato inspirado en hechos reales de mi pre adolescencia fue la fuente de creación de nuestro Logo.
El Mirador Vistanave se alzaba imponente sobre el Cerro, ofreciendo una vista que quitaba el aliento de la bahía de Valparaíso. Era un lugar tranquilo, donde el bullicio de la ciudad parecía desvanecerse, dejando solo el murmullo del viento y el canto de las aves. Para Emilia y Tomás, este mirador no era solo un lugar con una buena vista; era su refugio secreto.
Tomás, de trece años, esperó pacientemente junto al portón de la escuela contigua al mirador. Su corazón latía con fuerza al ver a Emilia salir, sus trenzas oscilando al ritmo de su caminata apresurada. Tenía doce años y una sonrisa que a Tomás siempre le hacía sentir que el mundo era un lugar más amable.
—¡Hola, Tomás! ¿Llevas mucho esperando?— preguntó Emilia, mientras ajustaba la mochila sobre sus hombros.
—No tanto— respondió él, intentando sonar despreocupado aunque llevaba ahí casi quince minutos. —¿Vamos?
Caminaron juntos, como lo hacían siempre que podían. Eran vecinos, pero este ritual de encontrarse después del colegio para ir al mirador había comenzado apenas unas semanas atrás. Ninguno de los dos hablaba mucho durante el trayecto, pero no hacía falta. Había algo cómplice en el simple hecho de caminar juntos.
El Mirador Vistanave estaba, como de costumbre, desierto. La baranda de metal estaba fría al tacto, y el banco de madera que habían reclamado como suyo los esperaba en silencio. Emilia se sentó primero, dejando su mochila a un lado, y Tomás la siguió, con las manos en los bolsillos y un leve rubor en las mejillas.
—¿Qué tal estuvo el día en la escuela?— preguntó Emilia, rompiendo el silencio.
—Normal. Tuvimos una prueba de matemáticas. Creo que me fue bien.
Emilia sonrió. —Tú siempre eres bueno en matemáticas. Yo me quedé dormida estudiando anoche.
Tomás rió suavemente, sintiéndose un poco más relajado. —Tal vez pueda ayudarte la próxima vez.
Pasaron los minutos conversando de cosas triviales: las tareas, las travesuras de sus hermanos menores, y los planes para el fin de semana. Pero entonces, cuando un rayo de sol atravesó las nubes y se reflejó en el cabello de Emilia, Tomás sintió que el mundo se detenía por un instante. Se armó de valor y dijo:
—Me gusta venir aquí contigo.
Emilia lo miró con esos ojos llenos de curiosidad y dulzura que la caracterizaban. —A mí también. Es como si este lugar fuera solo nuestro.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de una conexión que ningún otro lugar podía ofrecerles. Desde su banco, miraron juntos cómo el sol comenzaba a teñir el horizonte con tonos anaranjados y rosados. Era un momento sencillo, pero cargado de la inocente ternura de dos corazones descubriendo el significado de compartir.
Antes de despedirse, Emilia sacó de su mochila una hoja de cuaderno doblada. Se la entregó a Tomás con una sonrisa traviesa.
—Para ti. No la abras hasta que llegues a tu casa.
Tomás asintió, guardándola en el bolsillo de su chaqueta. Esa noche, bajo la luz tenue de su lámpara, abrió la hoja. Era un dibujo del mirador, con dos figuras pequeñas sentadas en el banco. Abajo, con letra grande y algo torcida, había escrito: “Gracias por ser mi amigo especial”.
El Mirador Vistanave sería siempre su lugar secreto, pero lo que lo hacía realmente especial era la magia de esos momentos compartidos.