TANTAGORA # 13

Revista de

Narración Oral


Entrevista a RAFO DÍAZ

Rosa Maria Carbonell - Periodista

En 1971 nace en Iquitos, Perú, Rafo Díaz. Ya desde muy pequeño, transita de la mano de sus mayores por el mágico mundo de los sueños. La fina línea divisoria que separa el cuento del mundo real a menudo se difumina, y a veces la realidad supera a la ficción o convive con ella. Crece en un entorno donde las historias, los personajes curiosos y las criaturas irreales confluyen y pueden asomar en cualquier momento. No es de extrañar que Rafo, con la sobredosis de imaginación inoculada en las venas desde la infancia, no haya dejado de ampliar sus horizontes interiores, diversificando su creatividad y dirigiendo sus pasos hacia todo tipo de territorios. Lugares donde moran las historias y donde habitan sueños muy diversos. Actualmente reside en Mozambique, un país cuya cultura y cuya magia lo tienen fascinado.

Dices que de pequeño esperabas la noche para poder escuchar las historias que contaban tus mayores.

Yo crecí escuchando historias, sobre todo las que relataban mi padre y mi abuela. Eran ellos quienes por las noches, cuando se iba la electricidad en nuestra ciudad, nos invitaban a sentarnos en familia para dar inicio a los relatos. Mi padre siempre se centraba en la temática militar, con historias llenas de fantasmas y de aparecidos. Mi abuela, en cambio, contaba historias un poco más picaras y con personajes mágicos, como el Chulla Chaqui, la Runa Mula o la Yacumana. Muchos de estos cuentos los recogí en mi primer libro, Siete misterios amazónicos.


¿Cuántos años tenías entonces? ¿Recuerdas alguna historia que te impactara especialmente?

Era muy pequeño, calculo que esa etapa la viví entre los seis y los diez años; una época maravillosa, en la que todo era posible. De los relatos de mi abuela, me impactó mucho la historia de una vecina: decían que había sido maldecida y que se convertía en una mula que echaba fuego por la boca; debido a esto, le teníamos cierto temor y casi no nos acercábamos a su casa. En mi tierra a este personaje lo llamamos Runa Mula o Mula Demonio. También recuerdo otra historia. Nosotros vivíamos al lado de una casa que nos intrigaba a todos. La habitaba un viejo alemán con sus hijos. Uno de ellos había muerto mientras hacía magia negra, y desde su muerte sucedían hechos paranormales y extraños en su cuarto, ubicado en el segundo piso. Algunos vecinos decían que habían visto un caballo blanco alado entrando por la ventana, en la madrugada. Y mis primos y hermanos juraban que en el huerto de esa casa se veían panteras negras y serpientes boas que vigilaban el lugar. Yo mismo llegué a ver a un tipo de tamaño descomunal observándome por encima del muro del jardín. Mis padres no me creyeron, pero cuando mi abuela les dijo que había visto lo mismo que yo, dieron por cierta mi historia y entonces mandaron levantar aún más las paredes. Puedes encontrar anécdotas parecidas en cualquier lugar de Latinoamérica, y también en África, donde vivo ahora.

Cultivas muchos géneros artísticos: pintura, teatro, narrativa, poesía, cuentacuentos... ¿En cuál te sientes más cómodo?

Nunca me planteé diversificar mi arte, pero siento que tengo muchas cosas que decir y que pueden ser expresadas de formas diferentes. Me gusta pintar, escribir y actuar, pero me siento cómodo contando historias, sobre todo porque el resultado depende más de mi relación directa con el público.

Viajes, libros, exposiciones, festivales... ¿Te consideras una persona particularmente inquieta?

Pues sí. Me considero alguien muy inquieto; me veo a mí mismo como un tiburón que si se detiene se muere. Por esta razón me organizo durante el año para que una labor no interfiera en las otras, especialmente cuando voy a escribir o pintar. Lo de viajar es una suerte, sobre todo porque mi trabajo siempre ha sido bien recibido y porque los directores de festivales de narración y de teatro de diversos países me han dado la oportunidad de compartir con su público mis trabajos.

Actualmente resides en África. ¿Es por algún motivo en concreto?

Mi llegada a África fue circunstancial. Mi esposa Mónica recibió una oferta de trabajo para un proyecto en Camerún con Médicos Sin Fronteras-Bélgica. Me propuso que fuéramos y acepté. Necesitaba tiempo para terminar de escribir unos libros, que publiqué en el 2008. En Camerún, la conexión con el mundo mágico oral africano me conquistó, y no tardé en atreverme a participar en algunos eventos. Llevo en África desde 2007. Primero estuve en Camerún, y desde 2009 vivo en Mozambique.

Tu trayectoria vital ha sido bastante itinerante. ¿Podría suceder que acabaras fijando tu residencia en este país?

He vivido en varios lugares en épocas distintas. Primero viví en Brasil, Chile y Argentina; luego, ya casado y con hijos, entre Perú y Nicaragua, y más tarde en Camerún y Mozambique. Sin darme cuenta, ya han pasado cinco años. Y ahora estoy más que contento viviendo en Mozambique. De momento mi familia y yo tenemos intención de quedarnos unos años. Mientras no aparezca nada mejor en el horizonte, no hay demasiados motivos para querer marchar. Además, aún me queda mucho por descubrir y por hacer.

¿Qué es lo que te gusta de Mozambique?

Mozambique es un país fascinante, lleno de poesía y de música, aparte de que tiene una historia muy rica y cuenta con unas playas fabulosas.

Además, he tenido la suerte de hacerme amigo de muchos de sus artistas, entre ellos el pintor Malangatana, que lamentablemente nos dejó este año y que probablemente sea el artista más reconocido de este país. También hay que mencionar la música de José Mucavel, Hortensio Langa, Wazimbo, el grupo Gorwane y Chico Antonio, la poesía de José Craveirinha, y la narrativa de Paulina Chiziane, Ungulani Ba ka Khosa y Mia Couto, por nombrar sólo a algunos. Y tampoco hay que olvidar el tallado en madera de los artistas makondes, con obras de una gran imaginación.

¿Resides en Maputo, la capital?

Sí, vivo en Maputo, con mi familia. Mis hijos Camilo y Maya son la principal razón por la que hago todo; además, se han convertido en mis mejores amigos y en los más duros críticos de mi trabajo. Tienen diez y ocho años. Camilo, el mayor, es un lector de libros consumado y Maya adora los cómics y los libros con ilustraciones. Vivimos en un lugar situado frente a un gran pantano y a cinco minutos de la playa.

Eres narrador de cuentos desde hace muchos años. ¿Qué te ha aportado la cultura africana?

He contado cuentos toda mi vida, pero oficialmente inicio mi carrera de narrador en 1999. La cultura africana me ha dado, entre otras cosas, la oportunidad de explorar caminos distintos dentro de mi búsqueda artística. Su gran diversidad en el ámbito cultural es espectacular, aparte de la riqueza de las múltiples lenguas que se hablan en el país. Me he dejado influenciar también por sus tradiciones, por sus adornos, coloridos e iconografías, por su arte tallado en madera, por las posibilidades del batik, de las capulanas que usan para vestir, y cómo no, por sus tradiciones orales.

La narrativa oral tiene un gran peso en África. ¿Incorporas en tu trabajo como cuentacuentos historias de la tradición oral?

Claro que sí. Es difícil vivir en un país sin integrarte en su modo de vida y su cultura. Desde mi llegada he ido recopilando muchas historias, que voy adaptando a mi trabajo narrativo, y en algunos casos incluso las publico en libros. También me he dedicado a formar a nuevos narradores. Curiosamente la narración oral no es considerada como una posibilidad artística, a pesar de que es algo muy común y arraigado en la vida cotidiana de los africanos. En las aldeas se cuentan historias y en la mayoría de los casos las relatan las abuelas y las niñas. En muchas comunidades se citan cada fin de semana en la casa de una abuela diferente.

Mi objetivo personal es incorporar la narración oral a la agenda cultural de Maputo. Para ello vengo realizando talleres en escuelas y universidades. Al primer grupo de narradores que formé los invité a asociarse; así nació la asociación Karingana Wa Karingana, el primer colectivo de contadores de la historia de Mozambique.

¿En qué lengua te comunicas en Mozambique?

–En Mozambique se habla portugués, pero estás todo el tiempo interactuando entre el portugués, el inglés y los distintos idiomas locales. Conozco algunos, pero no los hablo; tienen acentos y posiciones de la lengua que son difíciles de automatizar.

Tu libro O mar de Maputo, versión libre de un cuento popular de Mozambique, se ha publicado en dos idiomas, el portugués y el changana. ¿Entiendes el changana?

No entiendo el changana. Para la publicación de los libros trabajo con el lingüista Bento Sitoe, de la Universidad Eduardo Moldlane, un gran maestro. En la mayoría de las provincias se hablan lenguas locales y no todo el mundo entiende el portugués.

Uno de tus espectáculos, “A la sombra del baobab”, lo has realizado en colaboración con el músico mozambiqueño Luka Mukavele. ¿En qué consiste vuestro trabajo?

Con Luka nos juntamos para explorar un poco la fusión de la música tradicional con los cuentos tradicionales. Trabajamos muchos meses. Durante ese tiempo me dejé inspirar por las canciones de Luka y me atreví a escribir algunos poemas y narraciones que, a mi parecer, completaban su propuesta musical. Fue una experiencia enriquecedora, en todo el sentido de la palabra. Me siento muy satisfecho de haber compartido esta aventura con Luka.

R.M.C.