El señor Jones, de la Granja Solariega, había echado llave a los gallineros antes de irse a dormir, pero estaba tan borracho que se había olvidado de cerrar las trampillas. Haciendo bailar de un lado a otro el anillo de luz del farol, se tambaleó por el patio, se quitó las botas junto a la puerta trasera, se sirvió un último vaso de cerveza del barril de la trascocina y subió a la cama, donde ya roncaba la señora Jones. En cuanto se apagó la luz del dormitorio se produjo un revuelo que recorrió todos los edificios de la granja. Durante el día había circulado la noticia de que el Viejo Comandante, el premiado verraco blanco mediano, había tenido un sueño extraño la noche anterior y deseaba comunicarlo a los demás animales. Habían acordado reunirse todos en el establo principal en cuanto tuvieran la certeza de que se había marchado el señor Jones.
El Viejo Comandante (así lo llamaban siempre, aunque para exponerlo habían usado el nombre el Encanto de Willingdon) era tan respetado en la granja que todo el mundo estaba dispuesto a perder una hora de sueño para oír sus palabras. El Comandante ya se había instalado en su lecho de paja, en un extremo del enorme establo, en una especie de plataforma elevada, bajo un farol que colgaba de una viga. Tenía doce años y últimamente había engordado bastante, pero seguía siendo un cerdo de aspecto majestuoso, con aire de sabiduría y benevolencia a pesar de que nunca le habían recortado los colmillos. Poco tiempo después los demás animales empezaron a llegar y a ponerse cómodos, cada uno a su manera. Primero aparecieron los tres perros, Campanilla, Jésica y Chispa, y después los cerdos, que se tendieron en la paja delante de la plataforma. Las gallinas se encaramaron en el alféizar de las ventanas, las palomas revolotearon hasta las vigas, las ovejas y las vacas se echaron detrás de los cerdos y se pusieron a rumiar. Los dos caballos de tiro, Boxeador y Trébol, entraron juntos, caminando muy despacio y apoyando con mucho cuidado los enormes cascos peludos por miedo a que hubiera algún pequeño animal oculto en la paja.
Trébol era una yegua robusta y maternal entrada en años, que después de tener el cuarto potrillo nunca había recuperado del todo la figura. Boxeador era un animal enorme, de casi dieciocho palmos de altura, y tan fuerte como dos caballos normales juntos. Una raya blanca que le bajaba por la nariz le daba un aspecto un tanto estúpido, y de hecho no tenía una inteligencia de primera, pero todos lo respetaban por su firmeza de carácter y su tremenda capacidad de trabajo. Después de los caballos llegaron Muriel, la cabra blanca, y Benjamín, el burro. Benjamín era el animal más viejo de la granja, y el de peor carácter. Rara vez hablaba, y cuando lo hacía era casi siempre para contribuir con algún comentario cínico: por ejemplo, decía que Dios le había dado rabo para espantar las moscas, pero que hubiera preferido no tenerlo y que no existieran las moscas.
De todos los animales era el único que nunca reía. Si se le preguntaba por qué, decía que no veía nada de qué reírse. Sin embargo, aunque no lo reconocía abiertamente, tenía devoción por Boxeador; solían pasar juntos los domingos en el pequeño prado detrás de la huerta, pastando uno al lado del otro sin intercambiar una palabra. Los dos caballos acababan de acostarse cuando una nidada de patos, que habían perdido a su madre, entraron en fila en el granero, piando débilmente y buscando un sitio donde ponerse a salvo de las pisadas. Trébol les hizo una especie de muro alrededor con la enorme pata delantera, y los patos se acurrucaron dentro y enseguida se quedaron dormidos.
En el último momento, Marieta, una yegua muy blanca, bonita y tonta que tiraba del carro del señor Jones, entró caminando delicada y afectadamente, mascando un terrón de azúcar. Se instaló casi en primera fila y empezó a coquetear con la melena blanca, esperando llamar la atención con las cintas rojas que llevaba trenzadas. Por último llegó la gata, que miró a su alrededor, como de costumbre, buscando el sitio más caliente, y terminó metiéndose entre Boxeador y Trébol; allí ronroneó, satisfecha, mientras duró el discurso del Comandante, sin escuchar una sola palabra de lo que decía. Ahora estaban presentes todos los animales, excepto Moisés, el cuervo amaestrado, que dormía en una percha detrás de la puerta trasera.
Cuando el Comandante vio que todos se habían puesto cómodos y esperaban con atención, carraspeó y empezó a hablar: —Camaradas, ya os habéis enterado del extraño sueño que tuve anoche. Pero de eso me ocuparé más tarde. Antes tengo que deciros otra cosa. No creo, camaradas, que vaya a estar con vosotros muchos meses más, y me parece que mi deber, antes de morir, es transmitiros la sabiduría que he adquirido. He disfrutado de una larga vida, he tenido mucho tiempo para pensar mientras estaba allí solo en el chiquero, y me creo con derecho a decir que entiendo la naturaleza de la vida en esta tierra tan bien como cualquier otro animal hoy vivo. Es de eso de lo que quiero hablar con vosotros. »Camaradas, ¿qué sentido tiene vivir como vivimos? Hay que reconocerlo: nuestra vida es desgraciada, laboriosa y corta.Nacemos, nos dan solo la comida necesaria para seguir respirando, y a los que estamos en condiciones de hacerlo nos obligan a trabajar hasta el último aliento, y en el instante en el que nuestra utilidad llega a su fin se nos sacrifica con una crueldad espantosa. Después de cumplir un año, ningún animal en Inglaterra conoce el significado de la felicidad o del placer. Ningún animal en Inglaterra es libre. En la vida de un animal no hay más que desgracia y esclavitud: esa es la pura verdad. »Pero ¿se trata acaso de una ley natural? ¿Acaso nuestra tierra es tan pobre que no puede garantizar vida digna a los que habitan en ella? No, camaradas, una y mil veces, ¡no! La tierra inglesa es fértil, su clima bueno, capaz de dar comida en abundancia a un número mucho mayor de animales que los que ahora habitan en ella. Esta granja nuestra podría mantener a una docena de caballos, veinte vacas, cientos de ovejas, y dar a todos una comodidad y una dignidad que ahora casi no podemos imaginar. Entonces ¿por qué seguimos en estas míseras condiciones? Porque los seres humanos nos roban casi todo el producto de nuestro trabajo. Ahí está, camaradas, la respuesta a todos nuestros problemas. Se resume en estas palabras: el hombre.
El hombre es el único enemigo real que tenemos. Quitemos al hombre de la escena y la causa fundamental del hambre y del exceso de trabajo desaparecerá para siempre. »El hombre es la única criatura que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado, no corre con rapidez suficiente para atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales. Los hace trabajar, les devuelve lo justo para que no se mueran de hambre y el resto se lo guarda para sí.
Nuestro trabajo labra la tierra, nuestro estiércol la fertiliza, pero ninguno de nosotros posee más que la piel que lleva encima. Vosotras, las vacas que veo ahí delante, ¿cuántos miles de litros de leche habéis dado durante este último año? ¿Y qué ha pasado con la leche que debería haber estado criando a robustos terneros? Se ha ido, hasta la última gota, por la garganta de nuestros enemigos. Y vosotras, las gallinas, ¿cuántos huevos habéis puesto este último año y de cuántos han salido polluelos? El resto ha ido al mercado a producir dinero para Jones y sus hombres. Y tú, Trébol, ¿dónde están los cuatro potros que pariste y que deberían darte apoyo y placer en la vejez? Todos fueron vendidos al cumplir un año, y no volverás a verlos nunca más. A cambio de tus cuatro partos y todo tu trabajo en los campos, ¿qué has recibido, fuera de unas escuetas raciones y un establo? »Y ni siquiera se permite que la vida miserable que llevamos cumpla su ciclo natural. Yo no me quejo, porque soy uno de los afortunados. Tengo doce años y he sido padre de más de cuatrocientas crías. Tal es la vida natural de un cerdo. Pero al final ningún animal se libra del cuchillo cruel. Todos vosotros, los puercos jóvenes ahí sentados, estaréis chillando dentro de un año, mientras os sacrifican.
A ese horror llegaremos todos: vacas, cerdos, gallinas, ovejas y demás. Ni siquiera los caballos y los perros tienen mejor suerte. A ti, Boxeador, el mismo día en que tus músculos pierdan su fuerza, Jones te venderá al desollador, que te degollará y te hervirá para los perros de caza. En cuanto a los perros, cuando envejecen y pierden los dientes, Jones les ata un ladrillo al cuello y los ahoga en la laguna más cercana. »¿No queda claro entonces, camaradas, que todos los males de esta vida nacen de la tiranía de los seres humanos? Con solo deshacernos del hombre, el fruto de nuestro trabajo sería nuestro.
Casi de la noche a la mañana podríamos ser ricos y libres. ¿Qué debemos hacer entonces? ¡Trabajar día y noche, en cuerpo y alma, por el derrocamiento de la raza humana! Ese es mi mensaje, camaradas: ¡la rebelión! No sé cuándo se producirá esa rebelión, si dentro de una semana o de cien años, pero sé, con la misma certeza con que veo la paja que piso, que tarde o temprano llegará la justicia. ¡No perdáis eso de vista, camaradas, durante el resto de vuestra corta vida! Y, sobre todo, transmitid este mensaje a los que vengan después, para que las generaciones futuras sigan luchando hasta lograr la victoria. »Y recordad, camaradas, que no hay que flaquear. Ningún argumento os tiene que desviar del camino. No prestéis nunca atención cuando os digan que el hombre y los animales tienen un interés común, que la prosperidad de uno es la prosperidad de los otros. Mentiras. El hombre no sirve a los intereses de ninguna criatura, salvo a los suyos.
Que entre nosotros, los animales, haya una perfecta unidad, una perfecta camaradería en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas.» En ese momento se produjo un tremendo alboroto. Mientras el Comandante hablaba, cuatro grandes ratas habían salido de sus agujeros y se habían sentado sobre los cuartos traseros para escucharlo. De repente, al verlas los perros, habían tenido que precipitarse hacia sus agujeros para salvar la vida. El Comandante levantó una pezuña pidiendo silencio. —Camaradas —dijo—, hay aquí un tema que debe resolverse. Las criaturas salvajes, como las ratas y los conejos, ¿son amigas o enemigas nuestras? Sometámoslo a votación. Propongo esta pregunta: las ratas ¿son camaradas? Se votó de inmediato, y por mayoría abrumadora se acordó que las ratas eran camaradas. Solo hubo cuatro discrepantes, los tres perros y la gata, que —se supo después— había votado por ambas partes. El Comandante prosiguió: —No tengo mucho más que decir. Solo repetir que recordéis siempre vuestro deber de enemistad hacia el hombre y su manera de actuar. Todo lo que camina sobre dos patas es enemigo. Todo lo que camina sobre cuatro patas o tiene alas es amigo. Recordad también que, en la lucha contra el hombre, no hay que parecerse a él. Aunque lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios. Ningún animal debe vivir jamás en una casa, o dormir en una cama, o llevar ropa, o beber alcohol, o fumar tabaco, o tocar dinero, o dedicarse al comercio. Todas las costumbres del hombre son malas. Y, sobre todo, ningún animal debe tiranizar a su propia especie. Débiles o fuertes, listos o simplotes, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal.
Todos los animales son iguales. »Y ahora, camaradas, os contaré el sueño que tuve anoche. No puedo describir ese sueño. Era un sueño sobre cómo será la Tierra cuando el hombre haya desaparecido. Pero me recordó algo que he tenido olvidado durante un largo tiempo. Hace muchos años, cuando yo era un cerdo pequeño, mi madre y las demás cerdas cantaban una vieja canción de la que solo conocían la melodía y las tres primeras palabras. Yo conocí esa melodía en mi infancia, y hacía tiempo que no la recordaba. Pero anoche me volvió en un sueño. Es más: también volvieron las palabras, palabras que, estoy seguro, fueron cantadas por animales de hace mucho tiempo, cuyo recuerdo se perdió durante generaciones. Os cantaré ahora esa canción, camaradas. Soy viejo y tengo la voz ronca, pero cuando os haya enseñado la melodía la podréis cantar mejor vosotros mismos. Se llama «Bestias de Inglaterra». El Viejo Comandante carraspeó y se puso a cantar. Como había anunciado, su voz era ronca, pero le salía bastante bien; era una canción pegadiza, mezcla de «Clementine» y «La cucaracha». La letra decía así: Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda, bestias de todo clima y país, oíd mis alegres nuevas que anuncian un futuro feliz.
Tarde o temprano llegará el día en el que se acabará la tiranía del hombre, y solo las bestias hollarán los fértiles campos ingleses. Desaparecerán los aros de nuestros hocicos y de nuestro lomo los arneses, se oxidarán para siempre los frenos y las espuelas y los crueles látigos no volverán a chasquear. Riquezas que la mente no puede abarcar, trigo y cebada, heno y avena, trébol, alubias y remolacha desde ese día nuestras serán.
Brillantes lucirán los campos ingleses, más puras serán sus aguas, más dulces soplarán sus brisas el día que conozcamos la libertad. Por ese día todos debemos trabajar, aunque muramos sin verlo amanecer; vacas y caballos, gansos y pavos, todos debemos luchar por la libertad. Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda, bestias de todo clima y país, oíd bien y difundid mis nuevas que anuncian un futuro feliz. La canción excitó muchísimo a los animales. Casi antes de que el Comandante hubiera llegado al final, habían empezado a cantarla por su cuenta. Hasta los más estúpidos habían captado la melodía y unas pocas palabras, y en cuanto a los listos, como los cerdos y los perros, habían aprendido toda la canción de memoria en unos pocos minutos. Entonces, tras algunos intentos preliminares, la granja entera echó a cantar con tremenda armonía «Bestias de Inglaterra». Las vacas la mugían, los perros la ladraban, las ovejas la balaban, los caballos la relinchaban y los patos la graznaban. Estaban tan contentos con la canción que la cantaron cinco veces seguidas, y podrían haber seguido cantándola toda la noche si no los hubieran interrumpido. Por desgracia, el alboroto despertó al señor Jones, que saltó de la cama, convencido de que había un zorro en el corral. Agarró la escopeta que siempre estaba en un rincón del dormitorio y disparó un cartucho de munición número 6 hacia la oscuridad. Los perdigones se alojaron en la pared del establo y la reunión se disolvió con rapidez.
Todo el mundo huyó al sitio donde tenía que dormir. Las aves saltaron a sus perchas, los animales se acomodaron sobre la paja y enseguida la granja entera se quedó dormida. II Tres noches más tarde el Viejo Comandante murió sin sufrir mientras dormía. Enterraron su cadáver en un rincón del huerto. Corrían los primeros días de marzo. Durante los tres meses siguientes hubo mucha actividad secreta. La actitud de los animales más inteligentes de la granja ante la vida había cambiado por completo al oír el discurso del Comandante. No sabían cuándo ocurriría la Rebelión pronosticada por el Comandante, carecían de motivos para pensar que vivirían para verla, pero comprendían que tenían la obligación de prepararse para ella. La tarea de educar y organizar a los demás recayó, por supuesto, en los cerdos, en general reconocidos como los animales más inteligentes.
Entre los cerdos se destacaban dos verracos jóvenes llamados Bola de Nieve y Napoleón, que el señor Jones criaba para vender. Napoleón era un verraco de aspecto bastante feroz, el único de raza berkshire en la granja, parco pero con fama de salirse siempre con la suya. Bola de Nieve era más vivaracho que Napoleón, tenía mayor facilidad de palabra y era más ingenioso, pero no se le atribuía la misma firmeza de carácter. Todos los demás puercos de la granja estaban destinados a la matanza. El más conocido era un cerdito gordo llamado Chillón, de mejillas redondas, ojos expresivos, movimientos ágiles y voz estridente.
Un brillante conversador que cuando defendía alguna idea difícil saltaba a un lado y a otro sacudiendo la cola de una manera muy persuasiva. Los demás decían que Chillón era capaz de convertir lo negro en blanco. Entre los tres habían elaborado todo un sistema de pensamiento, basado en las enseñanzas del Viejo Comandante, al que llamaron «animalismo». Varias noches a la semana, cuando ya estaba dormido el señor Jones, celebraban reuniones secretas en el establo y exponían los principios del animalismo a los demás. Al principio encontraron mucha estupidez y apatía.
Había animales que hablaban del deber de lealtad al señor Jones, a quien llamaban «amo», y había quienes hacían comentarios tan básicos como: «El señor Jones nos da de comer. Si desapareciera, nos moriríamos de hambre». Otros hacían preguntas como «¿Por qué debería importarnos lo que suceda cuando ya estemos muertos?» o «Si esa Rebelión va a ocurrir de todos modos, ¿qué más da que trabajemos o dejemos de trabajar por ella?», y los cerdos tenían grandes dificultades para hacerles ver que eso contrariaba el espíritu del animalismo. Las preguntas más estúpidas eran las de Marieta, la yegua blanca. La primera que le hizo a Bola de Nieve fue: —¿Seguirá habiendo azúcar después de la Rebelión? —No —dijo Bola de Nieve con firmeza—. En esta granja no tenemos medios para fabricar azúcar. Además, tú no necesitas azúcar. Tendrás toda la avena y todo el heno que quieras. —¿Y podré seguir usando cintas en la crin? —preguntó Marieta. —Camarada —dijo Bola de Nieve—, esas cintas a las que tanto cariño tienes son el símbolo de la esclavitud. ¿No entiendes que la libertad vale más que esas cintas? Marieta asintió, pero no parecía muy convencida. A los cerdos les costaba aún más contrarrestar las mentiras que hacía circular Moisés, el cuervo amaestrado. Moisés, la mascota especial del señor Jones, era un espía y un chismoso, pero también un conversador inteligente.
Aseguraba conocer la existencia de un misterioso país llamado Monte Caramelo, al que iban todos los animales cuando morían. Estaba situado en el cielo, un poco más allá de las nubes, decía Moisés. En Monte Caramelo era domingo los siete días de la semana, abundaba el trébol todo el año y en los setos crecían terrones de azúcar y bizcochos de linaza. Los animales detestaban a Moisés porque contaba mentiras y no trabajaba, pero algunos creían en el Monte Caramelo y los cerdos tenían que discutir a fondo para convencerlos de que tal lugar no existía. Sus discípulos más fieles eran los caballos de tiro, Boxeador y Trébol. Los dos tenían grandes dificultades para pensar por sí mismos, pero al haber aceptado a los cerdos como maestros absorbían todo lo que se les contaba y después lo transmitían a los demás animales mediante sencillos razonamientos.
No faltaban nunca a las reuniones secretas en el establo y encabezaban el coro al entonar «Bestias de Inglaterra», canción con la que siempre cerraban los encuentros. Al final lograron hacer la Rebelión mucho antes y con mucha mayor facilidad de lo que ninguno esperaba. Unos años antes el señor Jones, aunque severo como amo, había sido un granjero capaz, pero últimamente iba de mal en peor. Se había desanimado mucho al perder dinero en un pleito, y había empezado a beber más de lo conveniente. Se pasaba días enteros sentado en el sillón de la cocina, leyendo periódicos, bebiendo y, de vez en cuando, dando de comer a Moisés cortezas de pan mojado en cerveza. Sus hombres eran perezosos y poco honrados, los campos estaban llenos de maleza, los techos de los edificios estropeados, los setos descuidados y los animales desnutridos.
Llegó junio y el heno estaba casi listo para la siega. La noche de San Juan, que era sábado, el señor Jones fue a Willingdon y se emborrachó tanto en el León Rojo que no regresó hasta el domingo al mediodía. Los hombres habían ordeñado las vacas durante la madrugada y después se habían ido a cazar conejos sin molestarse en alimentar a los animales. Al regresar, el señor Jones se echó a dormir de inmediato en el sofá de la sala y se tapó la cara con el periódico, de modo que por la noche los animales seguían sin comer. Llegó un momento en el que no lo soportaron más. Una de las vacas abrió con un cuerno la puerta del depósito y todos los animales empezaron a comer de los graneros. Fue entonces cuando se despertó el señor Jones. En un instante apareció con sus cuatro hombres, descargando latigazos en todas direcciones. Eso era más de lo que los hambrientos animales podían soportar. De común acuerdo, aunque no habían planeado nada parecido, se lanzaron hacia sus torturadores. Jones y sus hombres fueron rodeados, empujados y pateados. La situación estaba fuera de control. Nunca habían visto que los animales se comportaran de esa manera, y el repentino levantamiento de criaturas a las que estaban acostumbrados a golpear y maltratar con impunidad les hizo temblar de miedo. Después de unos instantes dejaron de defenderse y salieron corriendo. Un minuto más tarde los cinco huían en desbandada por una senda de carros que llevaba al camino principal, perseguidos de cerca por los jubilosos animales. La señora Jones miró por la ventana del dormitorio, vio lo que pasaba, echó en un morral todo lo que pudo y se escabulló de la granja por otro camino. Moisés saltó de su percha y la siguió aleteando, lanzando ruidosos graznidos. Mientras tanto, los animales habían perseguido a Jones y a sus peones hasta la carretera y cerrado después con estrépito la pesada puerta. Así, casi antes de entender lo que pasaba, se había producido con éxito la Rebelión: Jones estaba expulsado y ellos eran ahora los dueños de la Granja Solariega.
Durante los primeros minutos los animales apenas podían dar crédito a su inmensa suerte. Su primera acción fue galopar todos juntos por los lindes de la granja, como si quisieran asegurarse de que no quedaba ningún ser humano oculto en ella; después regresaron corriendo a los edificios para borrar los últimos vestigios del odioso reinado de Jones. Echaron abajo la puerta del guadarnés, al final de los establos, y arrojaron en el pozo los bocados, las argollas, las cadenas de los perros, los crueles cuchillos que el señor Jones usaba para castrar a los cerdos y a los corderos. En la fogata que ardía en el patio para quemar la basura tiraron las riendas, los cabestros, las anteojeras, los degradantes morrales. Con los látigos hicieron lo mismo. Todos los animales empezaron a saltar de alegría al ver cómo ardían los látigos. Bola de Nieve también lanzó al fuego las cintas con las que solían decorar las crines y las colas de los caballos los días de feria. —Las cintas —dijo— deben ser consideradas como ropa, que es lo que distingue a los seres humanos. Todos los animales deben andar desnudos. Al oír eso, Boxeador se quitó el pequeño sombrero de paja que llevaba en verano para protegerse las orejas de las moscas y lo arrojó al fuego con todo lo demás. En muy poco tiempo los animales habían destruido todo lo que les recordaba al señor Jones.
Entonces Napoleón los llevó otra vez al depósito y sirvió a todo el mundo una doble ración de maíz y dos galletas a cada perro. Después cantaron «Bestias de Inglaterra» de principio a fin siete veces seguidas y a continuación se acomodaron para pasar la noche y durmieron como no habían dormido nunca. Pero como de costumbre se despertaron al amanecer, y al recordar el glorioso acontecimiento del día anterior corrieron juntos al pastizal. Por el camino había una loma desde la que se divisaba casi toda la granja. Los animales corrieron hasta la cima y miraron alrededor la clara luz de la mañana. ¡Sí, era de ellos! ¡Todo lo que veían era de ellos! Embelesados por esa idea empezaron a brincar por todas partes, a corcovear lanzándose excitados al aire. Se revolcaron en el rocío, pacieron bocados de la dulce hierba estival, patearon terrones de tierra negra y olfatearon su potente fragancia. Después recorrieron toda la granja inspeccionándola y contemplaron mudos la tierra labrada, el henar, el huerto, el estanque, el soto. Era como si nunca hubieran visto esas cosas, y todavía les costaba creer que fueran suyas. Después regresaron en fila a los edificios de la granja y se detuvieron en silencio delante de la puerta de la casa. Ese lugar también les pertenecía, pero tenían miedo de entrar. Sin embargo, al cabo de un rato Bola de Nieve y Napoleón embistieron la puerta con el lomo y la abrieron y los animales entraron en fila india, avanzando con sumo cuidado por temor a desordenar algo.
Caminaron de puntillas de una habitación a otra, temiendo levantar la voz por encima de un susurro y mirando con una especie de asombro el increíble lujo, las camas con colchones de plumas, los espejos, el sofá de crin, la alfombra de Bruselas, la litografía de la reina Victoria sobre la repisa de la chimenea del salón. Bajaban por la escalera cuando descubrieron que faltaba Marieta. Al volver la encontraron en la mejor habitación. Había sacado un trozo de cinta azul del tocador de la señora Jones y la sostenía contra el hombro admirándose en el espejo de una manera muy tonta. Los demás le hicieron duros reproches antes de salir. Descolgaron unos jamones que había en la cocina y los sacaron para enterrarlos, y Boxeador rompió de una coz el barril de cerveza de la trascocina; fuera de eso, todo en la casa quedó intacto. En el acto, por unanimidad, aprobaron una resolución para que la granja fuera preservada como museo. Todos estuvieron de acuerdo en que ningún animal debía vivir allí. A continuación desayunaron y, después, Bola de Nieve y Napoleón volvieron a reunirlos. —Camaradas —dijo Bola de Nieve—, son las seis y media y tenemos un largo día por delante.
Hoy empezamos a recoger el heno. Pero antes tenemos que atender otro asunto. Los cerdos revelaron entonces que durante los últimos tres meses habían aprendido a leer y a escribir con la ayuda de un viejo manual de ortografía usado por los hijos del señor Jones que habían encontrado en la basura. Napoleón mandó a buscar latas de pintura blanca y negra y los condujo hasta la pesada puerta que daba a la carretera. Bola de Nieve (que era quien mejor escribía) apretó un pincel entre los dos nudillos de la pata, tachó «Granja solariega» en el barrote superior de la puerta y en su lugar pintó «Granja animal». Ese sería a partir de entonces el nombre de la granja. A continuación volvieron a los edificios, donde Bola de Nieve y Napoleón pidieron una escalera que hicieron apoyar en la pared trasera del enorme establo.
Explicaron que por obra de sus estudios de los últimos tres meses, los cerdos habían logrado reducir los principios del animalismo a siete mandamientos. Estos siete mandamientos serían ahora grabados en la pared; formarían una ley inalterable que todos los animales de la granja deberían obedecer para siempre. Con cierta dificultad (no es fácil para un cerdo mantener el equilibrio sobre una escalera), Bola de Nieve subió y se puso a trabajar, ayudado por Chillón, que pocos peldaños por debajo sostenía la lata de pintura. Los mandamientos quedaron escritos en la pared alquitranada en grandes letras blancas que se podían leer desde treinta metros de distancia.
Decían esto: LOS SIETE MANDAMIENTOS 1. Todo lo que camina sobre dos patas es un enemigo. 2. Todo lo que camina sobre cuatro patas o tiene alas es un amigo. 3. Ningún animal llevará ropa. 4. Ningún animal dormirá en una cama. 5. Ningún animal beberá alcohol. 6. Ningún animal matará a otro animal. 7. Todos los animales son iguales. La letra era muy clara, y salvo que en vez de «un amigo» decía «un anigo» y una de las «s» estaba al revés, la ortografía era correcta en todo el texto. Bola de Nieve lo leyó en voz alta a los demás. Todos los animales asintieron con la cabeza, dando su completa conformidad, y los más listos empezaron de inmediato a aprender los mandamientos de memoria. —Ahora, camaradas —gritó Bola de Nieve, arrojando el pincel—, ¡al henar! Que sea para nosotros una cuestión de honor recoger la cosecha en menos tiempo del que tardaban Jones y sus peones. Pero en ese momento las tres vacas, que desde hacía un rato parecían inquietas, se pusieron a mugir ruidosamente.
Hacía veinticuatro horas que no las ordeñaban y sus ubres estaban a punto de reventar. Después de pensar un poco, los cerdos mandaron a buscar cubos y ordeñaron a las vacas con bastante éxito porque sus pezuñas estaban bastante bien adaptadas para esa tarea. Pronto hubo cinco cubos de espumosa y cremosa leche que muchos de los animales miraban con considerable interés. —¿Qué va a pasar con toda esa leche? —dijo alguien. —Jones solía echar un poco en nuestro puré —dijo una gallina. —¡Qué importa la leche, camaradas! —exclamó Napoleón, colocándose delante de los cubos—. Ya nos ocuparemos de eso. Más importante es la cosecha. El camarada Bola de Nieve encabezará la marcha.
Yo lo seguiré en unos minutos. ¡Adelante, camaradas! El heno nos espera. Los animales marcharon en tropel hacia el henar para empezar la siega, y cuando regresaron por la tarde notaron que la leche había desaparecido.