Es octubre de 1959. Batista ya no está. La Revolución ha triunfado.
La Habana vuelve a sonar fuerte: carros y guaguas, radios en los balcones, discusiones en los portales, gente reunida en las esquinas y el olor constante de café cubano y humo de tabaco. La ciudad todavía huele a victoria reciente: pintura fresca en edificios del gobierno, uniformes nuevos en oficinas viejas, carteles pegados encima de carteles, algunos torcidos, otros ya desteñidos por el sol en los bordes. Por las noches, las voces se escapan por las ventanas abiertas; boletines de noticias, discursos, música, y el chisporroteo de un aparato subido de volumen para que lo oiga toda la cuadra... y debajo de todo, la misma pregunta:
¿Qué clase de país creó realmente la Revolución?
La guerra terminó, pero la paz no es calma. Cuba se está reconstruyendo por hombres que aprendieron a mandar en la Sierra y en células clandestinas, no en ministerios. Los viejos burócratas agachan la cabeza, hablando bajito en pasillos que de pronto se sienten extraños. Los nuevos funcionarios revolucionarios aprenden el trabajo mientras lo hacen. Cada firma cuenta. Cada nombramiento crea un ganador y un rival.
En las provincias, la Revolución no es una idea: son botas, camiones, fusiles y órdenes, y una nueva clase de autoridad que llega rápido y espera obediencia. La tierra cambia de manos. Los comandantes locales se vuelven la cara del nuevo Estado. La gente celebra, la gente teme, la gente se cubre.
Este consejo ha sido convocado bajo presión porque la Revolución ahora enfrenta problemas que no se resuelven solo con valentía.
Existen ministerios, pero no existen procedimientos. Las órdenes viajan tanto por lealtades personales como por canales oficiales. Una oficina dicta un decreto; otra lo contradice; una tercera lo retrasa hasta que deja de importar. En un país que todavía está armado, la confusión no es solo desorden: es peligro.
Las columnas rebeldes y las milicias ganaron la guerra. Ahora deben convertirse en una fuerza nacional con una cadena de mando que funcione en tiempos de paz. Si los comandantes actúan como autoridades independientes, Cuba corre el riesgo de convertirse en un país de provincias, no en una república.
Las prisiones están llenas, los tribunales avanzan rápido, y cada facción tiene una definición distinta de culpa. El público quiere justicia por el antiguo régimen, pero la línea entre justicia y ajuste de cuentas político es delgada, y todos lo saben.
La tierra se redistribuye y se ocupa. Para muchos cubanos, esto es por fin la Revolución volviéndose real. Para otros, es el comienzo del caos económico. Los conflictos locales por propiedad, autoridad y aplicación de medidas se multiplican.
Cuba vive del azúcar, de las importaciones, de los puertos y de la confianza. Inversionistas y profesionales se marchan. Los negocios congelan decisiones. Las cadenas de suministro tropiezan. Si la economía se paraliza, el gobierno se verá obligado a elegir entre apretar el control o perder legitimidad.
Cuba está en una encrucijada. En los próximos días, el liderazgo deberá decidir si la Revolución se convierte en:
un centro único y disciplinado de poder capaz de actuar rápido y aplastar amenazas, o
una coalición revolucionaria compartida que limite el poder e intente evitar que la Revolución se convierta en una emergencia permanente.
Ningún camino es limpio. Ambos crean enemigos.
La Revolución aún es joven. Muchas instituciones existen más de nombre que de costumbre.
Las redes de lealtad importan tanto como los títulos oficiales.
El ánimo público es intenso: orgullo, miedo, esperanza, ira—muchas veces al mismo tiempo.
La autoridad provincial es desigual; la aplicación depende de personalidades.
Ojos extranjeros observan a Cuba. Cada rumor se vuelve titular. Cada titular se vuelve presión.
Antes de que Cuba pueda asentarse, este consejo debe responder una pregunta más dura de la que cualquier discurso puede escapar:
¿Se concentrará el poder para imponer el orden, o se limitará para preservar la legitimidad?
Lo que decidan determinará si la Revolución se convierte en un Estado funcional o en una crisis permanente.
Fidel Castro — Primer Ministro; mando político del Estado revolucionario
Raúl Castro — FAR/seguridad; disciplina y control del aparato armado
Ernesto “Che” Guevara — economía/industria y línea dura revolucionaria
Ramiro Valdés Menéndez — inteligencia/seguridad interna; detenciones y control de información
Osvaldo Dorticós Torrado — Presidente; legalidad, decretos, fachada institucional
Juan Almeida Bosque — comandante; cohesión militar y redes regionales
Augusto Martínez Sánchez — aparato político/tribunales; disciplina interna del Estado
Blas Roca Calderío — PSP; institucionalización del poder y cuadros del partido
Carlos Rafael Rodríguez — PSP; planificación política y consolidación institucional
Armando Hart Dávalos — educación/ideología; movilización social y propaganda
Antonio Núñez Jiménez — INRA; reforma agraria y administración territorial
Rufo López-Fresquet — Hacienda/Finanzas; presupuesto, confianza, fuga de capital
Felipe Pazos — Banco Nacional (1959); moneda, crédito y estabilidad
David Salvador Manso — CTC; sindicatos, calle, control laboral
Manuel Urrutia Lleó — ex Presidente provisional; legitimidad constitucional y ruptura política
José Miró Cardona — ex Primer Ministro; oposición civil/constitucionalista
William Alexander Morgan — comandante del Escambray (Segundo Frente)
Pedro Luis Díaz Lanz — ex jefe de la Fuerza Aérea; ruptura/exilio y propaganda
José Antonio Mora — Secretario General de la OEA; reconocimiento/aislamiento/presión hemisférica
Herbert L. Matthews — periodista (NYT); narrativa internacional, filtraciones, opinión pública