Proyecto Personal 2020
Agustina Castro - 1 Medio
Agustina Castro - 1 Medio
Por Agustina Castro
Había una vez un pequeño niño llamado Julian. Julian nació extrañamente pequeño y delgado, pero a los pocos meses este corría muy torpemente, algo normal para su edad, claro, el problema fue que al pasar los años esta situación no cambiaba. Julian resultó ser realmente torpe: chocaba con muebles y tropezaba con juguetes, pero esto era ya tan cotidiano que a nadie lo sorprendía. Su madre vivía enferma por lo que no tenía mucho tiempo para él. Julian soñaba con ser un valiente guerrero, tal como su padre, de quien sabía que daba su vida a la causa contra las criaturas que los atemorizaban. Nunca realmente entendió que los hacía malvados, pero él quería ser tan valiente y temerario como su padre. Al pasar los años la vida se fue haciendo más dura para Julian, quien fue dejando atrás su niñez pero jamás su inocencia. La enfermedad de su madre empeoró y ya no había tiempo para tontos juegos ni imaginar ser un valiente guerrero.
Al poco tiempo falleció.
Julian estaba solo. Su padre ya no tenía tiempo para él, pues decía que ya era mayor y que debía actuar acorde a su edad y dejarse de tonterías, que la vida era más complicada de lo que él creía y que había muchas injusticias en este mundo. En el fondo, Julian pensaba que su padre era un soñador, al igual que él. Su padre quería un mundo mejor, un mundo donde todos tuvieran las mismas oportunidades. Julian no lo culpaba por dejarlo de lado, a fin de cuentas él también buscaba hacer el mundo mejor y su padre podía lograrlo.
Cuando Julian era apenas un niño su país fue invadido por lo que parecían ser humanos de proporciones gigantes y fuerza imposible. Julian creció muy solo. Veía a su padre hacer grandes cosas, veía a madres con sus hijos, todos con una causa, un propósito, y se sentía realmente vacío. Quería hacer algo, realmente quería, pero el mundo le hacía parecer que no era necesario. Su gente estaba siendo callada y él no tenía lo requerido para defenderlos. No era ágil como sus amigos, no era fuerte como su madre, ni valiente como su padre. Pero eso no le impedía seguir intentando. Había tratado de trabajar en el campo de Don Juan, un amable vecino que, compadecido por la triste mirada de Juan, le dio el trabajo. Una noche Juan dejó temprano el trabajo para ir por unos mandados para su padre a la verdulería, iba tan apurado, corriendo a tropezones a lo largo del campo, que olvidó cerrar la cerca. A la mañana siguiente había corderos por todo el pueblo. Tardaron días en juntarlos y llevarlos de vuelta al campo. Así mismo había tratado el oficio de zapatero, joyero, panadero, pero en ninguna parte lo querían, ya renombrado en el arte de llevar desgracia a cada trabajo en el que su pie posaba.
Un día el padre de Julian volvió a casa agitado. Julian nunca lo había visto así. Su padre nunca perdía la calma, decía que era muestra de debilidad. Había algo mal. Entró sin pronunciar palabra pero Julian comprendió al instante. Buscó un bolso y lo comenzó a llenar de cebolla, carne seca y la ropa más abrigada que encontró. Corrieron y escaparon junto con a un grupo de hombres, algunos de otras tierras que llegaron a prestarles ayuda.
Estaban perdidos. Habían sido traicionados por los mismos que le habían jurado lealtad a su patria y a su gente, quienes les habían predispuesto sus planes a los gigantes quienes los esperaron ya conociendo todo movimiento que harían. Todo el trabajo que había hecho su padre por su querido reino había sido en vano. Ya no había esperanza para Julian, si es que después de todos sus fracasos aún quedaba alguna. Tuvieron que escapar como cobardes, humillados por defender las tierras que tanto querían, hacia un destino desconocido. Todos igual de perdidos que Julian.
Los valientes hombres habían escuchado hablar antes acerca de la gran montaña. Se decía que allí habitaban terribles y despiadados monstruos alados con escamosas pieles que descansaban en lo más alto de las montañas esperando con ojos hambrientos a quien osara traspasar sus fronteras, ya que al otro lado los habitantes ya eran libres ayudados por un mágico oráculo que nadie nunca había visto, a excepción del sabio jefe de aquellas tierras.
Todos estaban aterrados y devastados. Muchos habían perdido a familia y amigos y ahora se adentraban en una aterradora travesía. La montaña era tan alta que parecía no tener cima alguna. No sabían que se encontraban allí, pero nada podía ser peor que ser desterrados de sus propias tierras.
Luego de muchos días caminando se toparon con el primero. Una aterradora criatura de enormes proporciones e inmensas alas que revoloteaban majestuosamente en el aire sobre ellos con la ligereza de una pequeña ave. Los soldados estaban asombrados, nunca habían presenciado una criatura tan hermosa. Cuando la ilusión de lo inimaginado perdió su efecto los soldados hicieron ademán de pasar inadvertidos, nunca habían visto a una criatura como tal y no podían predecir el comportamiento que tendría o si era peligrosa. Julian, aún atontado por la presencia de tal criatura, tropezó con una roca entre la nieve y este majestuoso y gigante ser se giró con su grandes y pesadas alas a mirar a los soldados. Posó sus ojos en cada uno de ellos a centímetros de distancia, se podía sentir el aliento helado y pestilente que emitía la gigante criatura desde su boca llena de afilados colmillos. Uno de los soldados apresado por el miedo armó fuego contra el animal y este asustado por la impresión emitió un frío hielo desde su boca que congeló a cada guerrero al que el congelado aliento alcanzó. Los soldados comenzaron a disparar, pero no lograban sacarle la mínima expresión de dolor a la criatura. El monstruo alado al ver lo indefensas e inofensivas que eran esas pequeñas criaturas dio media vuelta y desapareció en las alturas retumbando el aire con sus gigantescas alas. De la criatura, pensó Julian, brotaba superioridad y sabiduría, probablemente sería una criatura prehistórica conservada por la temida gran montaña, por lo que ante tal situación se alejó de tan frágiles criaturas, pero sin antes atacar por su propio instinto de supervivencia ante lo desconocido.
Los días pasaron y los soldados caminaban sin descanso. Al otro lado de la montaña había un pueblo amigo que quizás sería su única esperanza de recuperar su amado reino. No podía rendirse ahora, no sabiendo que quizás pudiera existir la mínima posibilidad de salvar su bella tierra. Nadie hablaba. Era una escena realmente triste. Todos estaban completamente devastados, menos Julian, que se había sentido así de perdido durante toda su vida.
Una noche Julian se acostó a mirar las estrellas. Estaban tan lejos, y se veían tan pequeñas en el gigante universo, ¿podría alguien en algún planeta perdido en la inmensidad, verlo a él? Por primera vez Julian fue consciente de su insignificancia, de lo gigante que era todo y lo pequeño que era él. Su vida era un pequeño segundo en el anciano universo. Quizás no había un propósito alguno. Quizás se trataba simplemente de buscar cosas por las que vivir, contemplar y sacarle el máximo provecho a ese instante al que le llamamos vida, tratar de hacer algo bueno por las personas.
Con el paso de los días el viaje se fue haciendo cada vez más duro. Ya no era solo el hambre y el frío, mientras más empinada se ponía la montaña, mayor era la insoportable sensación de ahogo. Era un viaje de muertos vivientes. Hombres derrotados, sin causa, caminando hacia un futuro sin rumbo aparente.
Muchos hombres murieron en el camino. Asesinados por la furia de enormes monstruos alados, amenazados ante las armas mortales de los hombres. Criaturas que, aterrados ante la vista de tales pequeños y desconocidos seres, los congelaban hasta morir con su frío aliento mortal, los asfixiaba con sus enormes colas escamosas, y les tragaban la vida dejándolos como una pila de huesos cubiertos de pieles blancas como la nieve. Julian estaba asustado. Si antes no había un segundo en que no temiera a la vida y sus extraños y desconocidos destinos, era ahora peor al ver como a todos a su alrededor se les arrebataba la vida en cuestión de segundos.
Luego de largos y duros meses los guerreros llegaron a su destino, aliviados ante la vista de un ambiente hogareño y cálido, que parecía que hace tanto tiempo se les había arrebatado. Era una ciudad de calles angostas con casas de un solo nivel y techos planos. Las casas tenían varios patios, algunos con flores de todos los colores y largos tallos.
Aquellas tierras y su gente les brindaron el apoyo y cuidado que tanto necesitaban. Estaban derrotados pero vieron una nueva luz de esperanza al enterarse de lo que allí ocurría.
En dichas tierras un mágico oráculo los había llevado hacia la libertad guiandolos en cada movimiento. Ahora, el mágico oráculo había profesado que la única forma de salvar a su pueblo de forma permanente sería ayudando a sus pueblos vecinos y echando a los gigantes por completo de sus tierras. En aquella gente su pueblo veía a hermanos, compañeros uniendo sus fuerzas luchando por una misma causa. Se necesitaron hacer varios cambios ya que los ciudadanos que ahí residían eran pacíficos y no tenían ningún interés por las bárbaras y salvajes confrontaciones.
Debieron negociar con las fraudulentas criaturas mágicas de los bosques para construir de arcilla los miles de soldados que eran necesarios para vencer a los monstruosos gigantes. Meses pasaron planeando el contraataque que les otorgaría nuevamente el poder de sus tierras. Esta vez no fallaría, harían lo que hiciera falta para recuperar lo que por hecho era suyo.
Julian junto con los guerreros se hospedaron ahí durante todo el tiempo que tardó reunir a los hombre suficientes. Julian, quien iba a ser parte del enfrentamiento contra los gigantes, debía prepararse junto con los otros guerreros, ya que cuando esto ocurriera este ya tendría edad suficiente.
En aquella misteriosa ciudad habitaba su querida Rosa, hija de uno de los generales a cargo del ejército. Al llegar a la ciudad, esta y las otras mujeres le habían encargado de proveerles alimento y de ayudarlos a recuperarse después de tan larga travesía.
Rosa era un alma dulce y comprensiva. Por primera vez no era inutil para alguien. Julian quedó encantado al instante, y Rosa quedó maravillada por la bondad de su corazón. Luego de todos sus pretendientes elegidos por su padre, todos viejos artríticos con la única ventaja del dinero a su lado. Pasaron los meses como si cada día fuese el último de sus vidas, ya que al llegar el verano los soldados volverían a cruzar las montañas hacia lo que podría ser su muerte, o una nueva luz de esperanza.
Julian sabía que tendría que dejar a Rosa seguir su camino. Fuera cual fuera el resultado de la contienda, Rosa merecía tener una vida tranquila y Julian no podía dársela, esta era la vida que había elegido para él, jamás sería feliz viviendo tranquilamente en las comodidades de un hogar sabiendo que su gente no es feliz, finalmente había encontrado su razón de vivir y por mucho que amara a Rosa ese no era su destino.
Al llegar el momento de partir, la pareja se juró amor eterno y se dejó ir sabiendo que quizás no volverían a verse, aunque su incondicional amor perduraría para siempre en sus corazones.
El sabio jefe de las tierras vecinas fue quien caminó delante de los guerreros y los guió en la peligrosa hazaña. En el camino se encontraron con criaturas iguales a las que habían visto la primera vez que cruzaron la gran montaña, pero el gran jefe caminaba con paso seguro con el oráculo por delante, imponiendo su aura de respeto a la criatura que se le cruzara por delante..
El oráculo le dijo al sabio que serían vencidos en cantidad, pero que la única manera sería dividiéndolos. No eran muchos pero sí eran grandes. Podrían vencerlos uno a las vez pero para eso tendrían que dividirlos. Así que eso fue lo que hicieron. Confundieron a los gigantes que, al no saber por donde aparecerian los guerreros, dividieron sus fuerzas para no dejar puntos libres, tal como ellos querían. Los valientes soldados se volvieron a encontrar para pelear la gran batalla. Los gigantes con sus fuerzas debilitadas sucumbieron ante el feroz y valiente ataque de los guerreros. Julian peleando codo a codo con su padre, fueron derrotando uno a uno a los gigantes, pero en un descuido, cuando creían haber terminado con todos, surgió del mismo aire un feroz gigante gritando y corriendo, estirando sus gigantes piernas en busca de venganza. Sucedió tan rápido que cayeron algunos antes de que pudieran capturarlo y acabar con él. Entre los que cayeron estaba el padre de Julian. Julian no estaba triste, su padre había muerto como un hombre, luchando por su gente y por sus generaciones futuras.
Caminaron juntos como hermanos hasta el corazón del pueblo y al llegar todos celebraron con música y estruendo, felices al saber que por fin podrían vivir en paz. Todos agradecieron a los valientes guerreros que los habían liberado y desterraron a los traidores que los habían entregado meses atrás.
Para pagar la deuda hacia el pueblo vecino que los había acogido y a su gran jefe, los guerreros decidieron unirse a su causa y ayudarlos a exterminar a los gigantes por completo de todas las tierras cercanas. Julián decidió continuar con el legado de su padre y estuvo por años luchando de la mano con el pueblo amigo contra los enormes gigantes, con su querida Rosa siempre en el corazón.
Luego de varios años Julián regresó al pueblo de donde nació. Ya no era el pequeño Julián por el que todos sentían lástima, ahora lo respetaban y miraban con una gran admiración en los ojos, ya era un hombre. Pero, ¿qué es un hombre sin amor en su vida?
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