Por: Adriano Corrales Arias
Marco Aguilar es un poeta turrialbeño que ha preferido la tranquilidad de la provincia a la ruidosa carrerilla de la farándula urbana. Amigo y correligionario de Jorge Debravo, por tanto fundador del Círculo de Poetas Turrialbeños, más tarde Costarricenses, su obra, lamentablemente, ha sido invisibilizada por el canon y la tramoya literaria nacional.
Luego de la muerte de Debravo, y tras una breve estancia en San José con la publicación de sus dos primeros poemarios, decide regresar a su Turrialba natal donde se dedica al oficio de técnico en radio y televisión.
Su poesía, tallada y esculpida en silencio, ha visto cuatro libros con tirajes muy cortos, tal vez por esa razón las nuevas generaciones no conocen la ardorosa creación de este bardo turrialbeño.
Muchos poetas y críticos han valorado la obra de Marco Aguilar como una de las propuestas más coherentes y lúcidas de la poesía contemporánea costarricense. Y, sin embargo, nunca se le ha reconocido con ningún premio ni se le ha brindado la atención que merece en la academia y en los ámbitos educativos y/o periodísticos.
La Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED) publicó la “Obra reunida de Marco Aguilar”, antología que permite ingresar al mundo poético de Aguilar, donde lo primero que sorprende es su calidad formal.
Pocos los poetas costarricenses han acudido al soneto, esa estrofa tan difícil y compleja, verdadera apuesta estilística, con resultados tan frescos y efectivos. Porque Marco Aguilar introduce en el soneto cierto humor y cierta cotidianeidad que transforman su carácter solemne y nobiliario, es decir experimenta en esa forma canónica para otorgarle contemporaneidad y gracia. Y lo logra con creces.
Claro también acude al verso blanco y a la libertad estrófica sin perder la musicalidad interna y el propósito que anima al poema. Trato de decir que, ni en el soneto ni en el verso libre, el poeta se extravía, es decir, el tema, lo referido, o lo que desea comunicar, está presente en la forma y se desplaza como pez en el agua.
Sucede exactamente en su poemario Emboscada del tiempo (1988), auténtica epopeya y canto general que logra posicionarse como uno de los esfuerzos más logrados de la poesía costarricense de los últimos treinta años.
La antología incluye sus libros, Raigambres (1961), Cantos para la semana (1963), el estupendo El tránsito del sol (1996), además de tres libros inéditos: La miel de cada día, Mi voz nace de piedra y Otra poesía reunida. La obra permite asistir a la “evolución” del trabajo aguilariano, crecimiento silencioso de un auténtico trabajador de la palabra que no se ha dejado encandilar por los fuegos fatuos de la fama y la tontada.
El verdadero oficio de Marco está en la palabra precisa y rigurosa, en el endecasílabo finamente logrado, en el soneto portentoso pero no pretencioso, en el poema épico donde se lamenta del destino humano signado por la violencia y la exclusión. Y en el amor, la ternura y la solidaridad que se incuban en la profunda sensibilidad de un verdadero poeta. Todo ello con la sutil y sosegada visión que dan la provincia y la distancia de los centros del poder cultural.
Gracias a la EUNED se rescata una de las voces más auténticas de nuestra poesía. Una voz que no se arredra pero que no apuesta por la parafernalia posmoderna y su sintomática pasarela de flashes, premios y alabanzas.
Mucho menos se asoma al grotesco valle de la transacción para el próximo premio o para el evento venidero. Una voz de auténtica raigambre tica pero sin perder su exactitud meridiana en el concierto universal de la palabra.