Se nos fue el sacerdote José Abel Matamoros Elizondo, un hijo de Colorado que hizo de su apostolado una oportunidad de ayudar a los demás. Abel Matamoros nació en un hogar sin lujos, con las limitaciones propias de aquellas familias numerosas, con pobreza pero solo en lo material, en lo espiritual siempre fue millonario.
Le costó convertirse en sacerdote, porque la formación que se exige se convierte en un requisito de convicción, o sea se lo ponen lo más difícil posible, porque de lo que se trata es de impedir que lleguen quienes no tiene verdadera vocación pastoral.
Abel estudió el bachillerato por su propios medios, ¿usted me ayudaría es que quiero ser sacerdote?, les dijo a algunos profesores, que posiblemente con la mismas emociones que me causó, dedicaron algunas horas a explicarle determinados conceptos básicos, porque estaba convencido de su objetivo y si alguien le negaba la ayuda, buscaba otra persona, solo eran retos de su deseo de llegar, para poder seguir el camino que abrió Jesús.
Abel vivió en la humildad y la disfrutó, su afán no era otra cosa que multiplicar la palabra y el fundamento filosófico del Cristianismo, la entrega por los demás, por el prójimo, como decía Jesús, y Abel era seguidor férreo de esa doctrina, donde el paso por la vida adquiere sentido si hay entrega por los demás, si la satisfacción está en procurar la superación de sus vecinos, con la idea de que quien está bien, puede hacer que otros estén bien.
Nació pobre y murió pobre, su objetivo no era la acumulación de bienes terrenales, por eso era frecuente verlo organizando rifas o bingos para hacerle frente a las necesidades de su parroquia, su labor pastoral la desarrolló, en la región de caribe costarricense y ahí murió, casi sin padecer, un cáncer de esos que no miran a quien, se lo llevó de manera fugaz, casi sin tiempo de nada. Un día se sintió mal y poco tiempo después se fue, a disfrutar la eternidad en el regazo divino.
Rendimos un homenaje al Padre humilde, al Padre bueno, al Padre que nunca se dejó tentar por las cosas materiales, vivió sencillo, cumpliendo con su deber de rescatar almas, de pregonar la doctrina con el ejemplo y de alguna forma demostrar que la felicidad generalmente se logra cuando hacemos lo que nos gusta y lo hacemos con diligencia, con amor y con convicción.