Por José Mario Alvarado Granados
En horario matutino de ese martes 24 de mayo de 2022, llegó a la casa de mis padres la Sra. Marielos Montenegro, amiga cercana de la familia con la que hemos mantenido vínculo comercial adquiriendo los productos que trae de Golfito. Como es habitual, se incorporó a la mesa y me escuchó decir… ‘‘Como me complacería tener acercamiento con algunas personas de Turrialba que por años no he saludado y llevarles un ejemplar de mi novela. Me encantaría entregarle una a don Lasel Lonis.’’ ¿Lo conoce?, no tanto como quisiera Marielos, pero con solo que me vea me reconocería, años atrás coincidimos en asuntos de política. Cuando salía de undécimo año en el IET, su hijo Erick cursaba noveno y aunque no fuimos afines en amistad estrecha, también interactuamos en algunas ocasiones. Recuerdo que me decía Marito.
Bueno, tampoco soy muy allegada en amistad con don Lasel, pero él es una persona muy servicial y cuándo nos vemos siempre me saluda. Si gusta le ayudo, voy para San Rafael y se dónde vive. A las 9:30 am, doña Marielos ya había conversado con quien sería mi interlocutor. Venga, él lo va a recibir de una vez, me lo pasó al teléfono y quedamos para las 10:20 am. Llegué puntual a su acogedora residencia.
Saludo de bienvenida y de inmediato el reconocimiento, me hizo pasar de una vez. Nuestro enlace se retiró para atender sus quehaceres y regresó al final de aquella visita. Ya en la sala de impecable limpieza y cargada de memorias hechas fotografías, reconocimientos, y hasta un recuerdo de las bodas de plata, se incorporó su señora esposa, una mujer pausada, de suave voz, que detrás de sus grandes anteojos, esconde una piel angelical moldeada en un rostro pequeño, encantador.
En silencio, mi primera impresión me permitió comprender porque este hombre de ochenta y tantos años, de impresionante estatura, curtido en lo deportivo, lo empresarial, con un don gente que se trae y se cultiva, daba muestras de estar pendiente de lo que hablábamos, pero, sobre todo, de lo que hacía y decía doña Ivonne.
Con respeto y en forma directa les explique cómo había llegado de escribir novelas, y lo grato que ha sido la experiencia de suscitar emociones, reflexión y cuestionamientos por medio de la palabra escrita. Durante unos treinta minutos más, mantuve los libros en el sillón donde me encontraba sentado. Al final y con mayor confianza coincidimos los tres en un espacio más cercano y los recibieron con una solemnidad que agradecí decididamente.
Hasta allí, el cometido estaba cumplido, lo que vino de seguido, fue una ofrenda de sabiduría y de enriquecimiento vivencial que me alegró y me hizo cuestionarme, ¿A quién le obsequiaron algo en este día?
Don Lasel transcurrió lentamente por más de dos décadas de incansable trabajo en favor de los intereses cantonales. Era notorio que lo descrito no le generaba ninguna carga ni abrigaba rencor alguno. Con la rigidez del detalle fresco, me comentó como una de sus más importantes luchas ha sido contribuir en la dotación de un hospital digno de los turrialbeños y poblados vecinos.
Recordaba nombres con los dos apellidos de jerarcas con los que se reunieron los primeros comités, sus alegrías, sus fracasos, los avances y la infinidad de tropiezos que a muchos los hicieron desistir y abandonar el barco. Flaquear es de humanos, perseverar es de personas ubicadas en otro escalón, y sabía, que esa mañana estaba teniendo la oportunidad de compartir con alguien de esa estirpe.
Con más de veinte años de mantener el bastón como quien tiene una responsabilidad profética, mosaica, don Lasel me ofrecía detalles de conversaciones sostenidas con más de cuatro mandatarios, ellos concluyeron su gestión presidencial y él seguía con la velita encendida alrededor de una férrea convicción: el hospital se hace porque se hace. Encantado con el relato, puedo afirmar que lo menos que encontré en este vecino de La Francia de Siquirres, fue vanagloria o un altivo anhelo narcisista. Desbordaba sencillez en cada palabra, con un temple aderezado con la miel que solo la raigambre y el amor por este cantón ofrece.
Casi tres horas después y ante la premura de una reunión convocada para la 1:00 pm, su compañera de vida le hizo una señal; termine una deliciosa limonada y me retire de aquel hogar reflexionando: que sería de Turrialba si se contará con más personas con esta determinación, como sería nuestro futuro cantonal si no esperamos nada de nadie y cada espacio del progreso turrialbeño lo ganamos a puro pulso y empeño, de acá para afuera y no a la inversa. Cuánto respeto nos tendrían los que deciden y que referentes seríamos para el país.
Como confesión pública debo de manifestar que aquella fue una mañana en las que uno reconoce que algo fue diferente, regrese a mi casa agradecido y pensando… a este señorón de obras y tesón probada, le lleve un bocadillo intelectual, y como todo un Maestro, me tenía un banquete de motivación y ejemplo inclaudicable de nunca rendirse.