La Hacienda La Roncha tuvo su esplendor en los años cuarenta y siguientes hasta su quiebra al mediados de los sesentas. Fernando Brenes López, es de los pocos que quedan que hicieron vida laboral en esa enorme finca, que inicia en el Poró y termina en La Esmeralda.
La Roncha era una belleza, los Escalante, eran los propietarios, excelentes señores que encerraban en sus linderos una miniciudad, cada peón con su casa, trabajo, su familia y alguna parcela para siembra propios. Las casas estaban diseminadas en una gran zona verde, donde además de plazoletas para el disfrute de los niños, había palmeras para el descanso después de las mejengas vespertinas, que comenzaban a esa de las tres de la tarde y terminaban cuando la luz natural no permitía ver la bola.
Pero no se imaginen la bola como las actuales, la bola era un envoltorio de papeles, amarrados con tiras de hule fabricadas con la sabia que los niños le extraían a los palos de hule que crecían en La Montañita. Se trabajaba de 6 a 2, y la tarde y los domingos era para el esparcimiento.
La gran mayoría trabajaban en las labores de campo, unos cuántos en lo relacionado con el ganado, una parte de engorde y otro de leche cuya producción se repartía entre las familias a razón de una botella diaria para cada familia, también los Escalante eran muy aficionados a la cría de caballos de paso o de carreras. Estaban también los que laboraban en la casa grande y los del Beneficio. Era una numerosa familia donde había de todo.
Según narra Fernando, quien era la envidia de los demás porque laboraba en “La Oficina”, tal era la calidad de los caballos que se criaban en esa Hacienda, que venía gente famosa a tratar de hacer negocios y llevarse los mejores ejemplares, entre los personajes famoso que recuerda que compraron caballos de La Roncha, se menciona a Antonio (Tony) Aguilar y a Demetrio González.
Brenes recuerda con mucho cariño aquellos años de esplendor de La Roncha, fue un tiempo de mucha alegría, de compartir con tantas personas de distintas formas de ser, pero que todos aportaban su parte para formar un lugar donde la gente se la pasaba bien, es cierto, con muchas limitaciones, pero la tranquilidad y la hermandad que se vivía en la hacienda no tenía precio.
Fernando, era un elemento infaltable en las experiencias divertidas de aquel sitio paradisiaco, porque pos su forma de ser y por la posición que tenía en la Hacienda todos lo querían como amigo. Especialmente cuando montaba los briosos caballos y se paseaba por las calles de Turrialba, como quien hoy se movilizará en un lamborgini.
A todo mundo le ponía un apodo, Panta, Lingo, Peluza, caretiesto, caca seca, Kala, Toro, tepezcuinte, gusano de queso, siete jupas, y muchos otros apodos salieron de aquella fecunda imaginación. Después el apodo tomaba el puesto del nombre de pila y a las personas ya solo las conocían por el apodo.
Ahí, nada Brenes, la gente no pasaba necesidades, porque había de todo y casi a la libre, había lavaderos en las togías donde las damas se congregaban a aporrear la ropa y a ponerla a secar en las piedras, ni se diga de las lindas pozas en el vecino río Turrialba, especialmente después de una correntada, dejaban unos remansos de espuma que todos querían ir a estrena, los peces en los ríos y riachuelos eran numerosos, lo mismo que árboles frutales por todas partes guayabas, guabas, manzana de agua, guanábanas, zapotes, naranjas, mandarinas, yuplones y muchos más, ni se diga de los bananos, los plátanos, la buena malanga y los berros en las orillas de los suampos, en fin los complementos alimenticios estaban a la orden del día.
A veces la tarde se pasaban jugando naipe en los corredores de las casa, mientras el ganado pastaba con la mansedumbre de siempre; claro, a veces, algún ejemplar se ponía arisco y le daba por perseguir a algún vecino descuidado, y se armaba la corrida, la víctima escapando y los demás tratando de distraer al animal, al final siempre terminaba en un buen susto y después un motivo de comentario entre aquellas lenguas que hacían el papel de las actuales redes sociales.
Para Fernando, lo bonito de La Roncha era esa forma de convivir, considera que la patronal era parte de ese ambiente agradable, eran jefes muy bondadosos, difícilmente le negaban una ayuda a alguno de los trabajadores que cayera en desgracia, quizás esa forma de ser los llevó a perder la finca allá por los primeros años de la década de los sesenta. A los Escalante los estafaron quienes se supone que eran sus amigos cercanos. No le cuento los pormenores porque no estoy autorizado, dijo Brenes.
Al salir de La Hacienda, Fernando se fue a trabajar a la bananera Standard en Limón, ahí estuvo un poco tiempo y buscó trabajo en el MOPT, tuvo la suerte de estar apadrinado por René Castro y después de algunos años lo enviaron a Turrialba, como inspector, en esa entidad trabajó 48 años y se pensionó hace algunos años. Aunque su paso por La Roncha fue más corto que lo laborado fuera de ella, Fernando siente mucha nostalgia por aquellos tiempos, donde nació y creció, donde hizo amigos que todavía recuera con cariño. Salí de la escuela para trabajar en la oficina de la finca hasta la mayoría de edad, ese tiempo es inolvidable, terminó diciendo Brenes López.