Por Ramiro Rodríguez Vargas
No tuve la suerte de conocer el Cine Girton, pero he escuchado muchas historias, en boca de Luis Torres, Rafael A. Velásquez y otras personas mayores. Dicen que era una gran atracción, especialmente para menores de edad y que como la entrada se podía pagar con botones, las señoras no daban pie en bola porque cada día descubrían de nuevo que la camisa de los muchachos estaba sin botones. Andaban descamisados pero felices de haber visto la película.
Luko Hilje, investigador insigne de datos científicos y curiosidades históricas, recogió en un documento con el título “El curioso Perry Girton”, algunos datos sobre ese personaje, que fue una especie de antecesor de las cadenas de distribución cinematográfica.
Entre otros datos, Hilje descubrió que Girton fue un empresario multifacético, “hay un testimonio sobre Girton en Los azules días, rebosante de nostalgia y con sabor a testamento, en el cual el querido y célebre escritor don Joaquín Gutiérrez Mangel narra con deliciosa socarronería su relación con el gringo Girton.
Lo describe como “uno de los mártires incógnitos del celuloide naciente”, pues en los albores de Hollywood le tocó actuar como ‘doble’: “era él quien se caía del caballo al galope, sufría los puñetazos de algún vaquero matón, se trepaba a un tren en marcha y recibía los flechazos de Sitting Bull”.
Un buen día, seguro cansado de su duro y peligroso trabajo, se largó a buscar fortuna, inicialmente iba para Venezuela, narra Hilge, pero cuando el barco se acercaba a Costa Rica y la despiadada dictadura de los Tinoco se tambaleaba, decidió bajarse para ser testigo ocular de aquel evento histórico.
Traía consigo muchos rollos de películas que en Hollywood descartaban por viejas, y así empezó su negocio, que después lo convertiría en un próspero empresario.
La TITR, continua narrando Hilje, una de las primeras emisoras comerciales de Costa Rica, fue de Girton. Además arrendó el Teatro Raventós para diferentes actividades, trajo circos, operetas, etc., vendió vitrolas y discos, y fue el primero en importar rocolas, las cuales instaló en numerosos salones de la capital y las cabeceras de provincias.
Curiosamente, a pesar de la reconocida militancia comunista de don Joaquín, en 1944 le dio trabajo como locutor y libretista en La Voz de la Víctor (TIPG), de la cual era dueño. Y, como parte de sus funciones, don Joaquín —quizás por su desmesurada anatomía, y con la fortaleza de sus 26 años— tenía que hacer de burro, cargando sobre sus hombros los sacos de las monedas extraídas de las rockolas, pues acompañaba a Girton, en sus giras por todo el país”.
Sabroso relato, sobre un personaje que por su lejanía en el tiempo, parece desvanecerse en la memoria colectiva de los turrialbeños, especialmente de las generaciones menores de 40 años, a quienes cuando escuchan el nombre del Cine Girton se les dibuja en la frente un signo de interrogación y un gesto de sorpresa, como diciendo “¿de qué estás hablando Willis?” o tampoco se acuerdan de Blanco y Negro.
En Turrialba las andanzas de Girton motivaron la apertura de Cine Girton, por Salvador Morales, quien se ubicó en el sector de La Paradita, ahí por la línea del tren y con el río Colorado refrescado sus paredes, un edificio de madera que durante muchos años albergó varios negocios, entre ellos restaurantes, salón de baile, un taller de radios, una carnicería y el famoso cine, todo eso acabó un día, en que el río Colorado encrespó sus aguas y reclamó con furia a quienes había invadido su cauce. Todo desapareció y ¡parte sin novedad!