POR: Ligeia
«A mi lado sin tregua el Demonio se agita;
en torno de mí flota como un aire impalpable;
lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones
de un deseo llenándolos culpable e infinito.»
—Charles Baudelaire, La destrucción
La mayoría del tiempo era vista en una esquina bebiendo el quinto vaso (quizás vodka, quizás ron) mientras pensaba en el sexto. En algunas ocasiones hablaba con unos amigos, quizás dos amigas, cercanos que no bailaban por el momento. Como desearía verlos de nuevo, temo olvidar sus caras. De vez en cuando intento nombrarlos así su memoria perdura en mi cerebro. Sonaba una variedad mixta de canciones. Algunos nombres no puedo recordar, quizás por el tiempo, quizás por el alcohol. Sin embargo, recuerdo haberme aligerado gracias a la música. Quizás el dejar el confort de la soledad me trajo aquí.
Durante mi estancia en la esquina, mi mirada se asentó en una desconocida, una amiga de quien había organizado la reunión, pero no la conocía. Pelo marrón (al menos bajo la casi nula iluminación) y vestida con un vestido blanco. Se encontraba junto a sus amigas, examinándome, con un par de ojos cuyo color nunca pude saber. Desconozco si fue la culpable o no de mi situación, pero no creo conocer al culpable y menos imaginar a algún sospechoso. Cabe entender que tendría que comprender (o al menos tener claro) mi situación para adjetivar de culpable o sospechoso a un hombre o mujer que quisiera o pudiera crear esta situación.
La bebida aumentaba y mi razonamiento caía, hasta el día de hoy no estoy completamente seguro de que habré realizado aquella postrera noche. Quizás me habré unido al mundo social, quizás habré realizado cosas que el día de hoy no estaré orgullosa (a pesar de que la importancia del orgullo ha decrecido en mí), quizás yo misma me habré causado mi maldición actual.
Mis ojos dejaban de descansar y se abrieron a las tres de la mañana (se dice que es la hora del demonio al Jesucristo haber sido crucificado a las quince horas) mientras aquella intoxicada noche se difuminaba en mi cerebro y yo volvía a retomar la conciencia. La habitación se encontraba a oscuras, salvo por una gran luz tenue que se emitía desde el exterior de la casa, luz tenue y cálida cuál arrebol atardecer, sigo sin saber de dónde provendrá aquella luz. Me resultaba el mismo desconocimiento que tuve respecto a aquella mujer, un recuerdo que solo puede ser explicado mediante aspectos reales de mi vida y de mis vivencias. Cabe aclarar que lo sucedido siempre va a ser pobremente explicado por la terminología y léxico que he mantenido a pesar del paso del tiempo. No me sorprendería que de aquí a catorce kilómetros más me olvide de arrebol, o superfluo. Quien sabe si ya ha pasado y alguna palabra ha sido víctima del olvido humano, o si durante este testimonio ya se haya plasmado con palabras cuya realidad sea inexistente (aunque se vuelva real al emplearlo.) Pero a fin de cuentas no sé si usted, lector, llegue a existir en cualidad de «lector».
Al salir de la habitación la luz se escapó y quedó en un vacío. El pasillo a la izquierda también se veía consumido por el mismo vacío, una oscuridad que parecía no tener fin. Hubiera entrado, quizás hubiera escapado o despertado, pero sigo sin creer que sea un sueño. La prueba es que usted, lector, está leyendo esto. Quizás solo sea usted la oscuridad, y yo intento escapar de usted. Si es así, le relato mi historia para que se olvide de mí y usted me deje morir en este texto. No necesita buscarme ni necesita perseguirme, y menos llevarse más de mi ser. No necesito unirme a usted a un nivel más personal que este testimonio. El anonimato y solitud es de mi agrado.
El vacío no ocupaba el lado derecho del pasillo, dejando ver la sala y la puerta bordeada por la luz tenue que venía del exterior. Misma luz que se encontró en mi habitación; sin embargo, de otro origen. El resto de la habitación sucumbía ante la oscuridad que, muy lenta, consumía lo existente. Esa misma oscuridad obligaba a que abriera la puerta, a que escapara de la oscuridad y de lo que llegué a pasar cuando entre en esta. Paso a paso (recuerdo el crujido) caminé hacia la puerta. Lentamente, la oscuridad se apoderaba de la casa a medida que mi mano se acercaba a la manija, y dejando atrás todo mi mundo conocido, abrí la puerta.
Parece evidente que todos los caminos llegan a un fin, pero este era eterno. Un cuadro perceptible por todos los sentidos que mantenía la misma perspectiva: Una silueta de una puerta que aparentaba situarse al final del camino, pero para realmente existir, este camino debería de tener un fin.