POR: M
Ella se encontraba ahí, en su escritorio, pensando.
Pensando en si debería enviar aquella carta o no.
No era la primera vez que escribía cartas para aquella persona, había perdido la cuenta de la cantidad de cartas que había hecho, se podría decir que más de 10, aunque era incierto.
Lo cierto era que aquellas cartas, aquellos borrones o aquellas cosas que escribía en plenas horas de clase o antes de ir a dormir, no las enviaría nunca.
Tenía miedo, de todo lo que ocurriría si es que lo hiciera, un pequeño error como enviar una mínima carta o nota a la dirección de esa persona, desencadenaría un par de horribles sucesos.
Terminaría mal.
Y ella no quería eso, no quería perder su amistad, no quería perder aquella linda persona.
Se conocían desde pequeñas, sus madres se conocían, ya que vivían relativamente cerca una de la otra, y de vez en cuando la madre de la otra la invitaba a su casa a hablar o simplemente a cenar.
Y por eso, pudieron conocerse más a profundidad. Al instante hicieron click, a sus 10 años de edad era increíble la amistad que ambas tenían.
Iban a todos los lugares juntas, comían juntas, hacían los trabajos juntas, y como si fuera irreal, siempre les tocó en el mismo salón.
Los años fueron pasando, y aunque ambas empezaron a formar lazos amistosos con otras personas, el que había entre ellas era inalcanzable.
Muchas personas pensaban que eran hermanas o que tenían algo íntimo, pero nunca fue así, aunque no lo negaban, se limitaban a reírse al escuchar aquellos comentarios de las personas.
Y eso era lo que le destrozaba.
Que nunca fuera real.
Ella quería algo más, algo más que una amistad, desde ya hace varias semanas empezó con esos sentimientos “raros” como ella lo llamaba.
Los ignoraba al principio, como cualquier otra persona, pensando que era simplemente el estrés por los exámenes que se acercaban, pero luego de que estos pasaran, se dio cuenta que no era así.
Aquellos sentimientos “raros” que tenía no se desvanecieron, aumentaban más y más al pasar los días, semanas y hasta meses.
Ella no tenía respuesta en aquellos momentos, y eso la estaba empezando a molestar.
Era irritante sentir aquellas cosas cuando estaba cerca de su amiga, no podía hacer nada por controlarlos, hasta su propia amiga se había dado cuenta sobre ello.
Claramente, le preguntó debidamente sobre lo que le estaba sucediendo:
— ¿Estás bien? — pausó un instante, fijando su mirada en ella, — Te he visto muy inquieta estos días, más apagada de lo normal… ¿Quisieras hablarlo? ¿Algo pasó?
— Estoy bien, — respondió sonriendo forzosamente evitando hacer contacto visual, — Estaba pensando en algo, no te preocupes.
Lo peor de todo, es que le mintió.
Ella no solía mentirle a su mejor amiga. Era un pecado hacerlo y ella lo había hecho ese mismo día.
Ella no estaba bien, al día siguiente se sintió el doble de peor, no podía mantener contacto visual con su mejor amiga porque esos malditos y asquerosos sentimientos la atacaban como si una ráfaga de aire se tratase.
Y ahí fue cuando se dio cuenta.
Cuando se había dado cuenta del porqué de los sentimientos.
Y ese mismo día, decidió tomar la peor decisión de todas.
Alejarse.
Empezó a distanciarse de esa persona, ya no la saludaba por las mañanas ni le mandaba un mensaje de buenos días.
Dejó de hacer eso y se concentró en sus estudios, usándolos como una excusa para no sobre pensar sobre sus propios sentimientos.
Al principio todo iba bien, ya no hablaba tanto con esa persona, y a pesar que pasaba sus descansos sola, aprovechaba el tiempo para ponerse al día en las clases y estudiar.
Pero ella mismas sabía que eso estaba mal. La culpa la carcomía internamente.
Hasta que un día, esa persona la confrontó, le habló seriamente, preguntándole por qué estaba actuando de esa manera.
Pregúntale si había hecho algo malo para que actuara de esa forma.
No la dejó terminar de hablar, abrazándola deteniendo sus palabras.
Y desde ese encuentro, volvieron a ser las mismas personas inseparables como eran antes.
Y aunque aquellos sentimientos seguían allí, ella los dejaría en donde estaban, no quería hacer nada para romper la amistad.
Pero nada detendría lo horrible que se sintió luego de enterarse de algo.
No quiso saber más, se cerró completamente a la idea, pero tristemente, aquella persona que para ella era tan especial, se lo dijo.
Sabía que tarde o temprano sucedería algo como eso, aunque ella se lo recalcara mil veces que nunca pasaría.
Obviamente que motivaba y apoyaba a su amiga en todo momento, dándole fuerzas con ese tema, diciéndole que la ayudaría en los momentos más difíciles, pero por dentro simplemente quería huir, huir de ese lugar, huir de todos.
Pero como siempre, ocultaba aquel dolor con una sonrisa.
Y desde ese momento, empezó a escribir pequeñas notas para desahogarse.
Era algo repentino que surgió en ella, había escuchado una conversación de sus compañeros, que eso ayudaba a desahogarse y a mantener la compostura.
No creyó en eso desde un principio y lo llamó algo ridículo, pero al llegar a su casa, se encontró a ella misma escribiendo en pequeñas notas, dándose cuenta que tenían razón.
Se sentía un poco mejor luego de haber escrito todo lo que le había pasado en las últimas semanas, hasta se sentía un poco motivada.
Y sin darse cuenta, se había convertido en una rutina, cada vez que podía, escribía sobre como se sentía, sin importar si se sentía bien o mal, ella igualmente lo hacía.
Estas notas empezaron a convertirse en párrafos para luego terminar en cartas, ¿Qué irónico no? La persona que odiaba escribir con todo su ser, se encontraba escribiendo su primera carta.
Pero esto solo se quedaba ahí, no se atrevió jamás a enviarle cartas.
Se encontraba mejor consigo misma al hacer eso, su salud mental había mejorado considerablemente, pero esto no era para siempre, ya que al verla con esa persona, nuevamente la hacía sentir peor que antes.
Ocultaba su sentir con su sonrisa y gestos falsos, pero todo se derrumbaba al llegar a casa.
Solo podía llorar.
Llorar porque ella sabía que jamás se daría cuenta de sus sentimientos.
Y llorar porque aunque mejoraba, todo volvía a ser peor en un abrir y cerrar de ojos.
Se odiaba por sentirse así.
Y eso había sucedido ese mismo día, la había visto con esa persona pasando un buen rato.
Se supone que debía sentirse superfeliz.
Se supone que luego de aquella interacción iba a ir a molestarla un rato.
Se supone que la iba a apoyar en todo.
Se supone que apoyaba su relación con esa persona.
Se supone que ella estaría a su lado cuando más lo necesite.
Pero eso simplemente no sucedió.
Regresó a su casa y nuevamente, hizo lo único en lo que era buena.
Llorar.
Lloró por todo, descargó su ira.
Lloró en silencio.
Y horas después, se encontraba en su escritorio, pensando en si enviar aquella carta.
No era la primera vez escribiendo cartas para aquella persona, había perdido la cuenta de la cantidad de hartas que le había hecho.
Pero estaba harta, harta de todo.
Harta de como se sentía por cosas tan estúpidas como esa.
No podía estar ni un momento feliz sin pensar en ella y sentirse mal de un momento a otro.
Nunca se sentía bien.
Nunca se sintió bien.
Y quizás jamás lo haría, si es que enviase la carta.
Toda su ira, frustración y cansancio estaba descargado en esa carta.
Una pequeña carta que solo cabría 200 palabras.
Lo suficiente para poder escribir todos sus sentimientos.
Lo suficiente para contar todo lo que le había provocado estar en esa situación.
¿Quién dijo que estar en ese plan era bonito?
¿Quién dijo que sentir aquellas “mariposas” era lo mejor del mundo?
Era toda una mentira, y ella lo fue descubriendo en todos esos meses.
Estar en ese estado era un asco, y todos deberían saberlo.
Agarró su lapicero, y con el pequeño espacio que le quedaba, escribió unas pequeñas palabras.
Puso su lapicero en la mesa luego de escribir por tantas horas, cerrando la carta y a su vez, guardándola en un sobre.
Y en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba en la de la casa de su mejor amiga, con el sobre en su mano.
Ni siquiera se acuerda como llegó ahí, pero eso no importaba.
Al encontrar el buzón de la casa, dejó la carta ahí para luego marcharse, no sin antes voltear para ver por última vez aquella casa.
Ya en su habitación, se arrepintió de haber hecho eso, frustrándose aún más.
No podía volver para recuperar la carta, y ella tampoco quería hacerlo.
Se arrepintió como siempre pero lo ignoró.
Aquella persona se encontraba en su cama, pensando en lo que sucedería en unas horas, pensando en todas las malas cosas que pasarían, imaginándose todo lo que iba a suceder.
Pero se detuvo.
Detuvo sus pensamientos por un segundo y se calmó.
Tal vez, sí fue una buena idea haber hecho eso.
Tal vez, desde un principio, debió hacer eso.