POR: Medieval
— Negro. Negro fue lo que he visto cada día, cada hora, cada segundo de mi vida por once años, después de ese accidente que tuve a los diez mi vida ha sido horrenda. No podía observar las intensas expresiones de mis familiares, ni los momentos que quedarían impregnados en la mente de cada uno por cuán significante podrían llegar ser. ¿Puedes imaginarte todo lo que me he perdido hasta ahora? No quiero sonar tan pesimista, así que menciono el hecho de que no ver lo que ocurre cada día en algún punto pudo haber tenido ciertas ventajas, supongo que no todo se trataba acerca de tormentos o desilusiones. Pude ahorrarme los ruines momentos los cuales probablemente me iban a aturdir o hubieran hecho que caiga en una desesperación más profunda que un océano lleno de misterios bajo el agua, o un hoyo en la tierra cavado para enterrar los miles de cuerpos de criaturas indefensas quienes mueren cada día por estar cegadas y no ver los peligros que puedan ocurrir a su alrededor. Cada día de mi vida desde ese entonces he rezado, implorado a Dios que me pueda dar al menos una oportunidad para observar cada movimiento de cada individuo; la manera en la que su pecho puede expandirse por el respiro que le ofrece a la tierra, o cómo el cabello de cada uno de ellos se mueve tan desenfrenadamente por el frígido y penetrante viento que siempre transcurre en mi vecindario. Le agradezco a los santos que al menos puedo sentir, puedo sentir el aire helado, el dolor de mis familiares al escuchar sus llantos, gritos que dan cada día. Hablando acerca de desesperación y gritos, les comenté acerca de esta cirugía que me haré en este exacto momento y no se lo tomaron de la mejor manera posible. Eso me decepcionó ya que ingenuamente pensaba que estarían alegres porque por fin, podría verlos. Me extrañó bastante la reacción de todos, especialmente la de mi madre, de quien pude sentir el fuerte golpe hacia mi rostro, por eso el moretón que puedes ver. En sí mi familia es muy extraña, desde que entré a la adolescencia y perdí mi vista pude notar unos cambios evidentes en ellos.
En todos. Alteraron mucho su forma de ser, su manera y tono al hablar, el trato que me brindaban. Podían llegar a ser muy exigentes y sobreprotectores, especialmente conmigo.
Las noches en mi casa también eran duras. No podía dormir en ciertas madrugadas por los ruidos que escuchaba. Gruñidos, chillidos, golpes, arañazos en el techo. Dios sabe qué estaban haciendo en esos momentos. Prefiero no discutir ni tocar aquel tema, sólo es algo que me abrumaba un poco.
Dejando todo lo que acabo de mencionar de lado, personalmente me siento muy feliz acerca de la decisión que tomé. Esta operación va a cambiar completamente mi vida y no me arrepentiré de nada. También lamento que te esté contando todo esto, Adán, sólo estoy muy nervioso y entusiasmado por lo que sea que pueda ocurrir este día, el mejor de mi vida.— dije, con un tono de voz tembloroso y entusiasmado, mientras jugaba con las gafas que usaría luego de la cirugía y observaba los posters médicos en el consultorio.
— No hay de qué preocuparse. Te comprendo muy bien. Mejor de lo que tú crees. Te conozco, Bartimeo, sé lo mucho que te emociona esto. Tengo la suerte de saber y comprender cada uno de tus pensamientos, te conozco desde que produjiste el primer llanto al nacer. Tanto sé de ti, que algunas veces pienso que estuve a tu lado desde antes que salieras de la señora Magdalena. — respondió Adán, una de las personas que me acompañó desde muy pequeño y a quien me aferré a muy temprana edad.
Pude sentir las emociones y expresiones de Adán cuando decía todas esas cosas mientras desinfectaba cada una de las cuchillas apunto de ser utilizadas. El olor del consultorio me hacía sentir una seguridad inexplicable pues tal como él había mencionado lo conozco desde muy pequeño, así que no había ningún problema, ¿verdad?
— Dime, Bartimeo, ¿estás listo para ya iniciar la operación? No quiero presionarte ni preocuparte, pero probablemente la anestesia pueda causar algún tipo de disconformidad a largo plazo. — me informó el hombre de sien canosa.
— No me importa, Adán. Estoy dispuesto a hacer de todo con tal de ver a mi familia otra vez, verte a ti, ver el mundo y la realidad como la recuerdo desde antes de perder la vista.—
— Como tú digas. — Adán respondió, colocándome un suero por las venas de mis muñecas, mientras sentía el peso de la tierra siendo colocado en mis párpados, llevándome a un profundo soñar. — A propósito, no intentes abrir los ojos por voluntad propia. Te vas a arrepentir. No quiero que la primera cosa que veas después de años sea un liso y aburrido techo.—
Caí dormido encima de la fría camilla del consultorio. A lo largo de toda la operación sólo pude sentir mis emociones estallando y la desesperación por abrir los ojos. Pero siguiendo las órdenes de Adán, la persona en la que tanto confiaba y me devolvería la vista en tan corto tiempo, nunca despegué mis párpados.
Pude sentir cómo el tiempo pasaba, las horas que llegaron a sentirse como décadas, hasta incluso podría admitir que sentí cómo las estaciones pasaban, de escuchar el fuerte aire pude oír a las aves piando. El delirio y la intranquilidad comenzaban a apoderarse cada vez más de mi cabeza, hasta que por fin, la suave voz de Adán hizo que despertara del mundo de locura formándose en mi mente.
— Bartimeo… acabamos. Vamos afuera a darle un vistazo a tus familiares, estoy seguro que te sorprenderás mucho al verlos. – dijo Adán.
Me paré abruptamente de la camilla, sin querer desperdiciar ningún minuto en el cual pueda ver todo alrededor mío.
Abrí mis ojos de manera simultánea a cuando Adán abrió la puerta. Sentí un terrible escalofrío recorriendo mi cuerpo y un nudo en mi garganta formándose, como si se tratase de alguien sosteniendo mi cuello firmemente, sin dejar salir respiro alguno.
— Adán— dije, con un pavor que escalaba y se aferraba cada vez más a toda parte de mi cuerpo sin poder parar ni darme por lo menos un suspiro que deje tranquilizarme.
— ¿Sí? ¿Qué ocurre? ¿Todo bien? — Adán preguntó, seriamente.
— Adán… ellos no son mi familia… — respondí, cerrando reciamente la puerta de la habitación.
— ¿A qué te refieres? Ella es la señora Magdalena, tu madre. — manifestó el doctor, quitándose los guantes de goma de sus manos, mientras mis ojos quemaban cada vez más y hacían que quisiese parar este sufrimiento de una vez.
— ¿Qué demonios le hiciste a mis ojos, Adán?— grité desesperadamente, tropezándome con los muebles y maquinaria del cuarto, sintiendo las pequeñas navajas rozando y cortando mi cuerpo, mientras sentía más y más presión en mis cuencas oculares, las cuales ardían como si del mismísimo infierno se trataran, un sentimiento del cual me hubiese agradado entrar más a detalle si es que por lo menos me hubiese quedado más tiempo vivo para contarlo.
— Perdóname, Bartimeo. Pero no puedo dejar que le cuentes a alguien más acerca de lo que viste. Ellos no son tu familia, y yo, pues, claramente no soy quien crees que soy, tienes que dejarme ir ya, aunque probablemente nos volvamos a encontrar después de la muerte.—