Dos versiones a John Updike
1-Quemando basura
Por las noches —la luz apagada, el filamento
libre de su carga quemadora de átomos,
su esposa dormida, su respiración sumergiéndose
para tocar un suelo cenagoso—él pensaba en la muerte.
La casa encumbrada de su suegro le dio tiempo
para que sintiese la nada que acechaba como una lámina
impoluta de espejo detrás de su futuro humano.
Tenía dos consuelos que podía entrever, sólo dos.
Uno era la feliz plenitud de casi todas las cosas:
piedras macizas y nubes, vainas rebosantes, el suelo
ofreciendo resistencia a sus rodillas y manos.
El otro era quemar la basura de cada día.
Le gustaba el calor, el peligro artificial,
y la manera en que, según iba arrojando noticias viejas,
cordel, servilletas, sobres, y vasos de papel,
las lenguas hipnóticas del orden intervenían.
2-Vuelo al limbo
La fila no avanzaba, aunque no había
mucha gente en ella. Bajo una luz mortecina
la empleada atendía paciente, en silencio, interminablemente
a una aturdida y numerosa familia compuesta
lo mismo por gemelitos en sus coches que por una vieja
en su torcida silla de ruedas. Su equipaje
estaba todo en cajas de cartón. El vuelo andaba atrasado,
se decía en la fila. Nos encogimos de hombros,
sumergidos en nuestros alicaídos sobretodos. La aviación
nunca había sido una idea muy natural.
Niños hastiados flotaban con caras lívidas.
Las muchachas de las tiendas permanecían petrificadas
entre las promesas de una hermosa vida extranjera.
Louis Armstrong se oía desde algún rincón en lo alto,
un hilo de gozo oculto.
Afuera, inmersos en la oscuridad ininteligible
que se estiraba para acoger los rubíes del centro comercial,
monstruos alados rondaban buscando las puertas
donde habrían de enterrar sus hocicos de koala
y extenuar nuestras dinamos.
Los muchachos de anchas camisetas y gorras invertidas
sonaban sus pies con ostentación
mientras los mozos de seguridad reían
y la voz de un ángel perdido graznaba melodiosamente
las regulaciones de la FAA. Mujeres vestidas con saris
y kimonos arrastraban, cual castigo, sus criaturas
sujetas a ositos de peluche occidentales,
y las patas de las sillas chirriaban en el comedor
mientras espectros mal pagados limpiaban los círculos de la noche
contra el suelo impasible.