Relaciones de Pareja
Andrea Esquivel
Psicóloga
14 Septiembre 2025
Santiago y Regina se conocieron en la universidad. Al principio todo parecía un sueño. Pasaban horas platicando, se reían de cosas que sólo ellos entendían y cualquier pretexto era bueno para estar juntos. Había ilusión, había planes, había esa chispa que hace sentir que el tiempo se detiene cuando estás con alguien especial. Todo fluía con facilidad. No importaba si se veían en la biblioteca, en una cafetería o simplemente caminando sin rumbo; lo que importaba era estar juntos.
Con el paso del tiempo, la relación se fue consolidando. Terminaron la universidad, consiguieron trabajo, comenzaron a ahorrar y decidieron rentar un departamento. A simple vista, estaban construyendo lo que muchos llamarían una vida en pareja estable, el sueño hecho realidad. Pero detrás de esa estabilidad empezaron a aparecer señales que, poco a poco, se hicieron difíciles de ignorar.
Regina notaba que las conversaciones ya no eran tan largas como antes. Donde antes había risas y curiosidad, ahora había silencios largos. Donde antes se preguntaban “¿qué sueñas hacer en cinco años?”, ahora sólo se preguntaban “¿qué cenamos hoy?”. Santiago también lo notaba, pero prefería no decir nada. Pensaba que era normal, que así eran las relaciones maduras. Y así, día tras día, comenzaron a moverse en una rutina casi automática.
Algunas noches, Regina se quedaba mirando el techo mientras Santiago dormía y se preguntaba si lo que sentía seguía siendo amor o simplemente la costumbre de estar juntos. Recordaba la emoción de los primeros viajes, las salidas al cine, las tardes de paseos, los nervios de la primera vez que lo llevó a casa de sus padres, la manera en que se tomaban de la mano en el cine. Detalles pequeños como ver que le abriera la puerta del coche o le llevara detalles sin razón alguna. Todo eso parecía lejano, como si perteneciera a otra vida.
Santiago, por su parte, se daba cuenta de que las discusiones se habían vuelto más frecuentes. Ya no peleaban por cosas grandes, sino por detalles mínimos: quién debía lavar los platos, por qué no había comprado la leche, quién se había olvidado de apagar la luz. Discusiones que parecían triviales, pero que escondían una incomodidad más profunda. En el fondo, ambos sentían que algo se había perdido, pero ninguno sabía cómo ponerlo en palabras.
Esta historia, aunque tiene nombres, podría ser la de muchas parejas. Porque lo cierto es que la línea entre el amor y la costumbre puede ser muy delgada. Y muchas veces no nos damos cuenta de que estamos cruzando esa línea hasta que un día nos detenemos a preguntarnos: ¿por qué sigo aquí?
Amar no significa sentir mariposas todos los días, eso es cierto. El amor maduro es diferente al enamoramiento inicial. Pero tampoco significa resignarse a una relación donde ya no existe conexión, donde los días se viven en piloto automático. La costumbre puede ser cómoda, pero también puede volverse una prisión silenciosa.
¿Cómo saber entonces si lo que une a dos personas sigue siendo amor o si sólo es costumbre? Hay señales. Una de ellas es la ausencia de proyectos en común. Cuando una pareja deja de planear el futuro juntos, cuando ya no hay sueños compartidos ni metas que los emocionen, la relación puede estar cayendo en la rutina.
Otra señal es la falta de interés genuino. Al inicio de la relación queremos saberlo todo del otro: qué piensa, qué siente, qué le ilusiona. Pero cuando ya no hay curiosidad, cuando ya no preguntamos cómo estuvo su día o dejamos de escuchar con atención, estamos perdiendo una parte esencial del vínculo.
También está la intimidad, que no se reduce sólo al aspecto físico. La intimidad es complicidad, es reírse juntos, es sentirse seguros al mostrar la vulnerabilidad. Si todo eso desaparece y lo único que queda es convivencia, es momento de cuestionarse qué está sosteniendo la relación.
Santiago y Regina, como muchas parejas, intentaron convencerse de que estaban bien. Que lo que vivían era normal. Pero en el fondo, había una incomodidad que crecía. Regina pensaba en lo difícil que sería empezar de nuevo con alguien más. Santiago pensaba en todo lo que ya habían construido juntos y le daba miedo perderlo. Y así, día tras día, seguían juntos, aunque cada vez más distantes.
Quedarse por costumbre suele venir acompañado de miedo. Miedo a la soledad, miedo al cambio, miedo a equivocarse. Pero el amor verdadero no nace del miedo, sino de la ELECCIÓN. Estar con alguien debería ser una decisión consciente, no una inercia.
Quizás tú que estás escuchando esto te has hecho la misma pregunta que Regina y Santiago: ¿estoy aquí por amor o por costumbre? Quizás reconoces los silencios incómodos, las discusiones sin sentido, la falta de planes a futuro. Quizás también has sentido que la chispa se apagó y no sabes cómo volver a encenderla.
Lo importante es recordar que las relaciones no se sostienen solas. Requieren trabajo, atención, comunicación. Y cuando dos personas están dispuestas, pueden volver a encontrarse, incluso después de haber pasado por largos períodos de rutina.
Pero también hay casos en los que el amor se transforma y ya no es suficiente para sostener la relación. En esos casos, la costumbre puede ser una cadena que impide tomar decisiones más sanas. No es fácil aceptarlo, pero a veces es necesario reconocer que quedarse ya no es lo mejor para ninguno de los dos.
El caso de Santiago y Regina no tiene un final único, porque cada pareja escribe su propia historia. Para algunos, el final será reencontrarse en terapia, volver a comunicarse y descubrir nuevas formas de amar. Para otros, el final será despedirse con gratitud, entendiendo que el amor que alguna vez compartieron ya cumplió su ciclo.
Lo que sí es seguro es que la respuesta no se encuentra en la inercia, ni en el silencio, ni en dejar que los días pasen esperando que las cosas cambien solas. La respuesta está en la valentía de mirar de frente la relación y preguntarse con honestidad: ¿qué nos une hoy?
Si es amor, habrá caminos para nutrirlo. Si es costumbre, habrá que decidir si queremos transformarla o liberarnos de ella. En cualquier caso, la ayuda profesional puede marcar la diferencia. La terapia de pareja no es un fracaso, al contrario, es una oportunidad. Es el espacio donde dos personas pueden expresar lo que sienten sin miedo, donde aprenden nuevas herramientas para comunicarse y donde pueden tomar decisiones más conscientes.
¿Amor o costumbre? Esa es la pregunta. Y aunque la respuesta puede ser difícil, también puede abrir la puerta a una vida más plena, más honesta y más conectada, ya sea juntos o por caminos separados.
La historia de Santiago y Regina nos recuerda que ninguna relación está condenada a la rutina para siempre, pero tampoco debe mantenerse sólo por miedo al cambio. El amor verdadero se elige todos los días. La costumbre, en cambio, simplemente se deja pasar.
Hoy quiero invitarte a que observes tu relación con nuevos ojos. Pregúntate si lo que te une a tu pareja es amor, proyecto y elección, o si sólo es costumbre, miedo y hábito. Y si descubres que necesitas apoyo para responder esa pregunta, recuerda que siempre puedes pedir ayuda. La terapia es un espacio seguro para encontrar claridad, para reconectar o para tomar la decisión que tu corazón necesita.
Porque al final, mereces una relación que te haga sentir vivo, que te inspire, que te acompañe en tu crecimiento. No una relación que sólo se sostenga por el paso del tiempo. Y dar ese primer paso, aunque asuste, puede ser el inicio de una nueva etapa llena de sentido.
Soy Andrea Esquivel, Psicóloga, especialista en parejas, gestión de emociones y comunicación asertiva. Si este mensaje resonó contigo, te invito a seguirnos en nuestras redes sociales para recibir más consejos y reflexiones sobre relaciones de pareja. Y si sientes que tu relación necesita guía, no dudes en agendar una cita en terapia de pareja. Es el primer paso para reconectar, sanar y construir la relación que ambos merecen.