estío | diario
estío | diario
Estos meses pasados han sido un periodo de cambio, migración y aunque aparentemente fueran mansos, nunca fueron tranquilos por la inamovible fecha de su fin: el 28 de septiembre, cuando deberé marchar.
Escribo estas palabras a escasos días de esta fecha, cuando por fin he conseguido encontrarme en este mar gigantesco que es uno mismo, y que por vez primera he visto en buena parte de su inmensidad.
Resulta que ahora no quiero marchar, me encuentro agusto conmigo y en este lugar, pero ya sabía que esto iba a pasar, y mi padre me advirtió de los peligros que a uno le juegan los sentimientos cuando menos se lo espera. No lo quise reconocer pero así ha sucedido, aquí estoy, lamentando mi marcha como si de una pérdida se tratara, la pérdida de una ser querido, que por supuesto no es más que yo mismo.
¿no es cierto que yo solo soy yo en el pasado, que solo me recuerdo y nunca llego a ser?
Aún siendo así, este tiempo me ha cambiado (o yo he cambiado con él), poco a poco voy perdiendo ciertos miedos, y abriendo(me) ciertos caminos nuevos: sobre todo el de la soledad, que no creo que sea mala sino necesaria en ciertos momentos dónde estar con un mismo es necesario y debe ser también suficiente.
Me ha costado retomar cosas que me hacen (y me hicieron) enormemente feliz, quizá porque todos estos cambios han conseguido distraerme, esquivar mi búsqueda de lo estético, lo tranquilizador. Quizá porque eestaba buscándome de nuevo, como si volviera a nacer y tuviera que acostumbrarme a un nuevo cuerpo, una realidad desconocida. Fortuita, pero inefable a su vez.
Me gustaría comenzar por le principio, como la mayoría de cosas que a uno le suceden. Aunque los recuerdos siempre los articulo desde el final, desde el presente. Estos son mis padres, este era yo:
¿Por qué vamos siempre hacia nuestros orígenes? Como las aves que regresan cada año. ¿Por qué el cambio (sobre todo el no deseado, mejor dicho, el desapercibido) siempre nos causa tal impresión? Acaso no hemos vivido esos instantes igual que lo hacemos ahora, me pregunto.
Ya tendré tiempo para analizar todo lo que ha suciedo entre entonces y ahora, que vienen a ser 20 años que me pregunto cómo han llegado a transcurrir sin yo darme cuenta. Busco más recuerdos-fotograma, ahora creados por mí pero no todos sobre mí, sobre todo de los últimos años que es de donde tengo un recuerdo más vivo.
Al re-buscar entre la memoria, me doy cuenta de que en su mayoría, los recuerdos van ligados a una etapa en la que 'algo' dominaba frente al resto. Bien fuera una idea, persona, o también una manera. Y dudo de cómo organizar mi (ya no tan) reciente memoria. Creo que puedo empezar con mi época en la Universidad de Madrid, que creo ha sido algo sumamanete importante y que aunque no acaba todavía ya atisbo su final. Esta época es diversa, pero en sus primeros momentos, la idea que dominaba era la física, yo vivía por ella.
Conocí a muy buenos amigos, no cabe duda. Además fui capaz de evolucionar en la seguridad sobre mí mismo, mi capacidad y mi imagen. No conservo demasiadas imágenes de esta etapa, ya que todavía tenía miedo de mi propio cuerpo, y no tuve intención de materializar muchos de estos instantes que ahora aún me rondan por la cabeza, aunque algún día marcharán.
Creo que estos recuerdos no son bellos pero sí preciosos.
No materializé mis inquietudes en la fotografía, más bien son pellizcos de memoria sueltos que ilustran bien una época en la que fui feliz, a pesar de que esos años volaron con tanto trabajo, ir y venir, tanto cambio. Estos fotogramas me recuerdan a cuando iba con mi bata y pelucas a las clases de electromagnetismo, cuando quedabamos en el Domino's para cenar, cuando estábamos en aquel interminable laboratorio de mecánica clásica, de cuando visité a mi buen amigo Javi en su Ponferrada.
Ahora viene la época en la que conocía a Marta, una etapa maravillosa: llena de nuevas experiencias, de cambios, también de alegría y tristeza, seguridad y temor. Llena de contradicciones. También comencé a ser vegetariano, a día de hoy sigo siendo. También comencé a hacer fotografía, digamos, de manera intencionada.
Todas las etapas se acaban, y esta no fue una execpción. Los finales siempre cuestan, quizá porque nos cuesta entender que algo no va a ser más, quizá porque los cambios duelen, como ahora estoy comprobando.
Muchas veces solo vemos una realidad particular, de entre todas las que coexisten dentro de nosotros, o también a nuestro alrededor, flotando y esperando a tener (un) lugar.
Recuerdo que en este momento me interesaba la erosión, quizá porque veía como la relación (con ella y conmigo mismo) se va erosionando, desgastanto, modelando. La erosión no tiene por qué apenarnos, ya que sin ella no existirían los preciosos y ricos valles, ni tantos paisajes que acogen la vida de seres, tantos seres... Ahora soy consciente de que me erosiono, de que me muero, de que nos morimos.
El oxígeno que respiramos nos corroe al igual que lo hace el agua, cuyo incesante fluir esculpe la piedra y a la vez hace un sonido único y bello. Bello como el aparecer de un destello de Sol reflejado en un arroyo que escapa entre las áridas vertientes, laderas, entre bonitos claroscuros.
La erosión, el envejecer, el peremne mutar, el paso del tiempo. Me llama la atención nuestro concepto de tiempo, como si se tratara de algo que podemos controlar, cuantificar. El tiempo es en tanto que yo soy.
Solo podemos percibir el tiempo cuando este se manifiesta a trvés de cambios, en el aparente movimiento del Sol en el cielo, en el batir de un péndulo... ¿Qué sería del tiempo si nada cambiara?
Pero por desgracia, ahora todo cambia, no podemos huir del tiempo, al menos hasta que la erosión (¿me dejas darte ese nombre?) nos deje tranquilos, sin ese incensante gorgoteo que a veces confundimos con el apacible fluir del agua.
Y aquí estoy yo, ya empiezo a dejarme ver, empiezo a aceptarme tal y como soy. Aún queda camino por recorrer. Pero siempre te daré las gracias por acompañarme y hacerme sentir que no estaba solo. Conservo un buen recuerdo de tí, del tiempo contigo, esas largas horas que me transportaban lejos, más allá.
Aunque fueron momentos complicados, conservo cosas de cuando esto acabó. Lancé nuevos proyectos, ideas nuevas. Incluso a la desesperada, en busca de algo de paz. Esto es algo que llega, y llegó con el tiempo, mucho tiempo. O lo que es lo mismo, con cambios. ¿Es por eso que estos meses parecieron más lentos? Quizá sea porque el tiempo se dilata para que nuestros cambios parezcan ser constantes, como el fluir del agua buscando un final tranquilo, sereno.
Siempre me han gustado los paisajes. Pero es sorpredente cómo algo que no puedes cambiar, que es de por sí, puede ser tan complicado de fotografiar. Quizá sea porque a veces vemos sentiminetos, pensamos recuerdos, vivimos sensaciones, pero no es tan fácil recogerlas en unos cuantos átomos de plata.
Aunque a veces uno mismo sí que es capaz de retrotaerse a ellos con solo visualizar la imagen, creo que es uno y no la imágen quien conserva esas memorias. La imágen es entonces un diario, un viejo escrito, un puzzle en blanco, un bastidor que espera recibir la luz de la razón, las pinceladas de la memoria.
Conozco ese verano a Carmen, cuya presencia en mí fue hiperbólica: rápida y devastadora. Como un cometa que se acerca peligrosamente pero cuya trayectoria está destinada a escapar, alejarse por siempre. Ese verano fue bonito, y también lo fue el descubrirmos poco a poco, e incluso llegar a querete, aunque todo fuera tan veloz, fugaz.
Recorrimos Madrid, Toledo, también recorrimos nuestros cuerpos.
Viendo estas fotos, me doy cuenta de lo feliz que fui contigo. Haciendonos compañía, quedándome por siempre (demasiado) a tu lado, viendo atardeceres o comtemplando cómo tú misma te apagabas a mi lado.
A veces siento que tengo a alguien conmigo, aunque no esté. Me da fuerzas para seguir, ánimo, energía. También deja fluir mi imaginación, abre mi sensibilidad. Es algo que me pasa cuando quiero a alguien. Me gusta querer, necesito sentir, tanto con mis sentidos como con mi razón, sentir el cariño en una caricia, sentir la vibración de una cuerda al escuchar a José de Torres (como aquel día que estuve en el Monasterio del Paular, qué bonito fue).
¿No sería bonito ser capaz de sentir eso por mí mismo, sentirlo al estar nada más que conmigo mismo?
Viendo los carretes me doy cuenta de que el gusto por lo viejo, por lo que ha sido erosionado, es algo peremne en mí. Tengo miedo al paso del tiempo, a la erosión de mis días. Ya está, por fin lo he dicho. Me atrae la estética de lo viejo, que no siempre de lo muerto, ya que hay cosas que prefiero no mirar, no pensar.
Qué mirada tan seria, directa hacia uno mismo, como un rayo que no cesa. Una madre con su hijo. Me han dicho que soy muy serio, que mis palabras asustan por su gravedad. Qué otro recurso tiene alguien que, incapaz de tomar acción, solo calla, juzga y piensa. Pienso en lo que estos seres piensan, en cómo me ven, en cómo estarán ahora.
Porque cuando uno se baja del carro nuestro personal tiempo es difícil poder seguirle la pista. Cuándo alguien desaparece, nunca se sabe si está bien, siquiera si está, y eso es algo que me precupa. Espero que estéis bien, las dos.
Y ahora llega un momento de vacío, no de vacío de sentimientos, que nunca cesan. Vacío de recuerdos quizá, vacío de fotogramas. Es el periodo en el que termino mis estudios de máster y vengo a Granada a trabajar durante el verano. Esto aún es, en cierto modo, mi presente. Por lo que prefiero dejarlo para el futuro, ahora todo está demasiado reciente, vivo.
Estos momentos son un ascua candente que aún conserva su rojo color de fuego, que intúyese puede quemar si se quisiera contemplar con suficiente proximidad (para ver los detalles que las llamas esculpieron en su cuerpo).
Ahora siento llamas en mi cuerpo, se está despertando algo dentro de mí que me cuesta creer, y es que empezar a querer es una sensación indescriptible, sobre todo al unirla con empezar a recoger tus cosas para irte, quizá por siempre. Llamas intensas han brotado de mi ser, y espero que lo que dejen en mí sea un bonito recuerdo, una forma bella, y no una cicatriz que cueste sanar.
Junto al cuaderno rojo te di esta foto, sobre un papel okawara muy especial para personas muy especiales, entre las cuales ahora estás tú, Marina.
Granada me huele a tí, ahora yace tan suave como tu pelo suave y fino. Tanto que parece demasiado frágil para que pueda acariciarlo, al igual que también lo pareces tú. Eres llena de misterios, como este callejón angosto que, pese a ello eleva la mirada hacia la luz.
Tu presencia serena a la vez que misteriosa me está llenando de amor. También lo hacen esas conversaciones de horas largas. Me gustan tus pensamientos tan curiosos y agudos. Recubiertos de una suavidad aterciopelada. Gracias por la confianza que me inspiras. Y por abrazarme fuerte.
Como tú dijiste, sé que te quedarás como una imágen de fondo en mis recuerdos, algo que siempre estarárá presente y arrojará paz a mis días.
Sé que estarás conmigo, pero ojalá que sea entre mis brazos.
estas imágenes
·han sido capturadas, reveladas y positivadas con ilusión, mucho cariño y sin prisa
·conforman un diario-memoria cuyo fin es recordar y exteriorizar momentos y pensamientos que, de otro modo, se perderían para siempre