Al tratarse de una secuencia didáctica planteada desde la metodología “Tateti” un desafío extra a la hora de pensar las actividades es que todas mantengan un equilibrio en el tiempo para las diferentes instancias que implica la consigna (visualización o lectura del recurso, reflexión, debate e instancias de producción). No es justo que en 60 minutos un grupo deba visualizar un video de 40 minutos, intercambiar puntos de vistas y llegar a un acuerdo para responder tres preguntas problematizadoras, mientras que en ese mismo tiempo otro equipo deba leer un texto de 300 caracteres y pensar tres preguntas que le harían a la autora del texto, por ejemplo.
Es importante que el o la docente haga énfasis en la diversidad de lenguajes y propuestas. Cada uno de nuestros y nuestras estudiantes cuentan con preferencias a la hora de acceder y consumir piezas culturales: algunos prefieren podcasts, otras audiovisuales, mientras que otras y otros son más propensos a pasar mayor cantidad de tiempo mirando y analizando imágenes. Eso que les sucede por fuera de la escuela, puede ser tomado por el o la docente para construir aulas heterogéneas, acorde al estudiantado. En ese mismo sentido, es indispensable que conozcamos los consumos y hábitos culturales de nuestros alumnos y alumnas. Registrar con anticipación qué redes sociales son de su preferencia, cuáles no conocen, si cuentan con dispositivos personales, si los comparten con algún miembro de la familia, qué sistema operativo tiene ese dispositivo para así pensar experiencias acorde a sus posibilidades y limitaciones. Por ejemplo: la actividad donde ellos y ellas deben chequear qué aplicaciones descargadas en sus teléfonos celulares tienen acceso a micrófono y video cuenta con un paso a paso para llegar a esa información. La misma está pensada para dispositivos con Android, ya que en la clase para la cual fue planificada no contaba con iOs. Esas particularidades son importantes de tener en cuenta.
También es importante que durante el tiempo compartido, las y los estudiantes encuentren en nuestras clases alguna práctica recurrente que se vuelva un hábito, un sello personal que les permita asociar fácilmente con la materia. En las clases de Construcción de ciudadanía, por ejemplo, -inspirada en una idea compartida por la doctora en Educación, Melina Furman- al final de cada clase las y los alumnos debían registrar en un Padlet dos o más ideas que se llevaban y una o más preguntas que se hacían. De esa manera las clases no terminaban de manera abrupta y, a su vez, teníamos un punto de partida para el próximo encuentro.
La planificación debe estar sujeta a revisiones críticas, a valoraciones diversas y, por ende, a modificaciones, como consecuencia de la intervención de los y las estudiantes en la construcción del problema. Resultará necesario conocer si aquello que se establece anticipadamente, puesto en juego en el espacio de enseñanza y aprendizaje, resulta tal como se pensó en la instancias de planificación y diseño o aparecen otros temas, intereses, preguntas, necesidades para la configuración del problema. En ese sentido, es clave realizar este seguimiento en cada una de las clases, caminar el aula, acompañar a cada equipo, observar qué tareas o lecturas les resultaron más sencillas, cuáles más difíciles, propiciar momentos de intercambio entre los diferentes grupos. Esto nos permitirá ajustar las consignas de acuerdo a las respuestas de nuestros y nuestras estudiantes.
Por último, pero no menos importante, a la hora de elegir recursos que utilizaremos como disparadores o complementos para presentar un tema e incentivar el pensamiento crítico y, por lo tanto, problematizador, es clave -además de evaluar su extensión y complejidad- incluir voces de especialistas mujeres y disidencias, incorporar la perspectiva de género.