Durante mi experiencia en taller 4, pude observar y vivenciar de cerca cómo cada grupo de alumnos está atravesado por una gran diversidad de trayectorias, ritmos y formas de aprender. En el aula donde realicé mis prácticas, esa diversidad se hacía muy visible, habían alumnos/as que necesitaban más acompañamiento, que requerían más tiempo para comprender las consignas o para expresarse por escrito, y otros que resolvían las actividades con mayor rapidez. Esta diversidad me llevó a repensar la importancia de generar propuestas que incluyan a todos.
Acompañar a cada estudiante desde su punto de partida se volvió una tarea constante, como ofrecer apoyos, reformular consignas, dar más tiempo, escuchar, y sobre todo, generar un ambiente donde todos puedan participar sin sentirse en desventaja. Acompañar no significa hacer por ellos, sino crear las condiciones para que puedan hacer por sí mismos. A veces, un mínimo cambio en la consigna/propuesta abría la posibilidad de que ese alumno se animara a compartir o a intentarlo de nuevo.
El texto “El docente arquitecto y anfitrión” de Daniel Brailovsky me permitió poner palabras a algo que viví en la práctica. Enseñar implica sostener una doble tarea. Por un lado, ser arquitecto/a, capaz de diseñar, planificar y anticipar los caminos posibles del aprendizaje, pensando en actividades que contemplen la heterogeneidad del grupo. Pero al mismo tiempo, ser anfitrión/a, es decir ofrecer un espacio cuidado, donde cada estudiante se sienta escuchado y acompañado desde su singularidad. Acompañar grupos tan diversos implica desafíos constantes, como mantener el equilibrio entre lo planificado y lo que realmente sucede en el aula, atender a las distintas necesidades sin perder de vista al grupo en su conjunto.
Esta experiencia me permitió reconocer la importancia del rol docente como guía y sostén dentro del grupo, alguien que observa, interviene cuando es necesario y busca que cada uno encuentre su modo de aprender y de estar en la escuela. Fue un aprendizaje que me reafirmó la idea de que enseñar es también acompañar procesos.
Además, esta experiencia me dejó como aprendizaje la importancia de pensar la enseñanza desde la flexibilidad y el cuidado, entendiendo que cada alumno tiene su propio recorrido. Ser docente, es combinar la precisión del arquitecto con la sensibilidad del anfitrión, diseñando caminos posibles, pero también abrir la puerta para que todos puedan transitarlos a su modo.
Como desafío, me llevo las ganas e inquietud de seguir pensando cómo diseñar propuestas que contemplen la heterogeneidad sin que nadie quede excluido. También me pregunto cómo sostener el equilibrio entre acompañar a quienes más lo necesitan y seguir promoviendo nuevos desafíos para aquellos que avanzan con mayor autonomía. Aprender a leer al grupo, reconocer sus tiempos y ofrecer diferentes caminos para llegar a un mismo aprendizaje.
A su vez me hizo pensar en mis propios pasos como estudiante, en cómo también necesité que alguien me esperara, me explicara de otra manera o simplemente me diera confianza para seguir intentando. Estar del otro lado, acompañando a otros, me ayudó a comprender la importancia de la empatía en la enseñanza. Sentí que ser docente no es sólo enseñar contenidos, sino estar presente. Creo que cada grupo deja algo distinto, y este en particular me enseñó a mirar con más paciencia, a valorar los pequeños logros, en fin al cabo de eso se trata enseñar.
Para cerrar, destaco la importancia de haber transitado este trayecto acompañada por mi pareja pedagógica. Al principio probamos suerte, pero ambas confiábamos en que íbamos a poder trabajar juntas, y así fue. Fuimos nuestro propio sostén: nos acompañamos, nos escuchamos y compartimos cada paso del proceso. Pasamos por muchas noches de planificación, organización y reparto de tareas, pero sobre todo, de apoyo mutuo.
Reflexión Final - Aramayo Natalia
Al cerrar este período de prácticas siento que atravesé un proceso de muchísimo aprendizaje, tanto en lo pedagógico como en lo personal. Cada clase, cada ajuste, cada conversación y cada instancia de reflexión fueron construyendo una manera de estar en el aula que hoy me encuentra más segura, más consciente y más conectada con las necesidades reales de los estudiantes.
Las asesorías fueron un espacio profundamente enriquecedor. Se notó un compromiso real para que pudiéramos pensar y planificar secuencias pertinentes, con objetivos claros y con sentido para ese grupo. Además la importancia de tener una compañera pedagógica presente en cada momento, disponible para responder dudas y sostenerme cuando aparecían los miedos antes de entrar al aula, hizo una diferencia enorme. Me habilitó a probar, a equivocarme con menos culpa y a animarme a tomar decisiones con más criterio.
Valoro muchísimo el clima de amorosidad que se generó desde mis profesoras, la institución y la docente de grado. Estuvieron en cada detalle, atentas y disponibles, creando un entorno donde realmente se puede aprender a enseñar. Ese modo de cuidar y de acompañar también te enseña a acompañar a tus propios estudiantes.
El grupo con el que trabajé fue increíble: participativo, curioso, comprometido. Ese entusiasmo que traían a cada clase hizo que la experiencia fuera mucho más rica y dinámica. Me queda la sensación hermosa de haber habilitado espacios de intercambio reales, donde las preguntas y las ideas circulaban con naturalidad. Y aun así aparece esa sensación inevitable de que siempre se puede hacer un poco más, porque el tiempo en el aula corre rápido y no siempre alcanza para todo lo que una imagina.
Algo que me dejó esta practica es comprender que las trayectorias educativas no son líneas rectas ni caminos que se recorren de forma pareja. Son historias vividas, con avances, pausas, entusiasmos, cansancios, preguntas y ritmos muy personales. Y lo que más me impactó fue ver cómo nuestras intervenciones como docentes pueden habilitar, acompañar esos recorridos.
En el aula pude ver de cerca que cada estudiante llega con una historia previa, con aprendizajes previos y con modos propios de participar. Ahí entendí, de un modo que los textos no alcanzan a transmitir, que las trayectorias no son responsabilidad exclusiva del estudiante, sino de las oportunidades reales que la escuela ofrece y de la sensibilidad con la que intervenimos. Y, como plantea Skliar, no se trata de ajustar al otro a una norma, sino de aprender a estar con ese otro, sin borrar su singularidad.
Este taller tuvo un impacto enorme en mi formación porque me ayudó a mirar el aprendizaje no solo como contenido, sino como proceso. Me permitió leer mejor al grupo, distinguir quién necesitaba más andamiaje, quién necesitaba tiempo, quién necesitaba ser escuchado y quién necesitaba recuperar confianza. Ver cómo se movían las trayectorias dentro de una misma secuencia me hizo tomar conciencia del peso que tiene cada intervención, incluso las que parecen pequeñas.
La experiencia también me dejó nuevas preguntas que quiero seguir trabajando:
¿Cómo acompañar sin imponer un ritmo único?
¿Cómo respetar la diversidad de recorridos sin fragmentar el grupo?
¿Cómo evitar etiquetas que terminan limitando lo que creemos que cada estudiante puede hacer?
Siento que estas preguntas me van a seguir acompañando, porque enseñar es, en gran parte, aprender a mirar trayectorias con sensibilidad y con responsabilidad.
Termino esta reflexión con la certeza de que la escuela no recibe trayectorias ya hechas, las construye con los estudiantes día a día. Y que nuestro rol es generar condiciones para que esos caminos sean posibles, dignos y sostenidos. Esta practica me confirmó que enseñar no es solo transmitir saberes, sino acompañar recorridos de vida.