Poemas de Paul Celan

POEMAS DE PAUL CELAN


Corona

En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.

Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:

regresa el tiempo a la nuez.


En el espejo es domingo,

en el sueño se duerme,

la boca dice la verdad.


Mi ojo asciende al sexo de la amada:

nos miramos,

nos decimos palabras oscuras,

nos amamos como se aman amapola y memoria,

nos dormimos como el vino en los cuencos,

como el mar en el rayo sangriento de la luna.


Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:

tiempo es de que se sepa,

tiempo es de que la piedra pueda florecer,

de que en la inquietud palpite un corazón.

Tiempo es de que sea tiempo.


Es tiempo.

Versión de José Ángel Valente

Toda la vida

Los soles del sueño ligero son azules como tu cabello una hora antes del amanecer.

También ellos crecen rápido como la hierba sobre la tumba de un pájaro.

También los enreda el juego que jugamos como ensueño en los barcos del placer.

En las rocas calcáreas del tiempo también los encuentran los puñales.


Los soles del sueño profundo son más azules: así fue tu cabellera sólo una vez.

Yo, viento nocturno, me demoraba en el seno venal de tu hermana.

Tu cabello colgaba en el árbol sobre nosotros, pero tú no estabas.

Nosotros éramos el mundo y tú eras un zarzal ante las puertas.


Los soles de la muerte son blancos como el cabello de nuestro hijo:

se elevó de las aguas cuando armaste una tienda en la duna.

Alzó sobre nosotros el cuchillo de la dicha con ojos apagados.

Versión de José Luis Reina Palazón

(De "La arena de las urnas", 1948)

Chopo,

tu follaje mira blancamente hacia lo oscuro.

El cabello de mi madre nunca se hizo blanco.

Diente de león, así de verde es la Ucrania.

Mi rubia madre no regresó al hogar.

Nimbo, ¿te demoras junto a la fuente?

Mi callada madre llora por todos.

Redonda estrella, tú rizas el dorado bucle.

El corazón de mi madre fue herido de plomo.

Puerta de roble, ¿quién te dislocó de los goznes?

Mi dulce madre no puede venir.


La arena de las urnas

De verde herrumbroso es la casa del olvido.

Ante cada una de las puertas batientes azúlase tu juglar decapitado.

Para ti toca el tambor de musgo y vello amargo del pubis;

con el dedo llagado del pie tu ceja pinta en la arena.

La dibuja más larga de lo que era, y el rojo de tu labio.

Llenas aquí las urnas y cenas tu corazón.


Cuenta las almendras,

cuenta lo que amargo fue y te mantuvo despierta,

cuéntame además a mí:

Yo buscaba tu ojo, cuando lo abrías y nadie te vio,

tensé toda hebra secreta,

por donde el rocío que pensaste

descendió hasta los cántaros,

una sentencia los cuida que no llegó al corazón de ninguno.

Sólo allí ingresabas entera en el nombre, en el tuyo,

avanzabas con pie seguro hacia ti,

oscilaron libres los martillos en el campanil de tu silencio,

se te unió lo que escuchaste al acecho,

lo muerto también te rodeó con el brazo,

y los tres anduvisteis a través de la tarde.

Vuélveme amargo.

Cuéntame entre las almendras.

Versiones de Pablo Oyarzún

Canción a una dama en la sombra

Cuando la Taciturna llegue y decapite los tulipanes,

¿Quién saldrá ganando?

¿Quién saldrá perdiendo?

¿Quién se asomará a la ventana?

¿Quién pronunciará primero su nombre?

Alguien que es portador de mis cabellos.

Los lleva como se lleva a los muertos en las manos.

Los lleva como llevó el cielo mis cabellos aquel año en que amé.

Los lleva así por vanidad.


Ese saldrá ganando.

No saldrá perdiendo.

No se asomará a la ventana.

No pronunciará su nombre.


Es alguien que está en posesión de mis ojos.

Los tiene desde que se cierran los portones.

Los lleva en los dedos, como anillos.

Los lleva como añicos de fruición y zafiro:

era ya mi hermano en otoño;

y ya cuenta los días y las noches.


Ese saldrá ganando.

No saldrá perdiendo.

No se asomará a la ventana.

Pronunciará su nombre el último.


Es alguien que tiene lo que dije.

Lo lleva bajo el brazo, como un bulto.

Lo lleva como el reloj su peor hora.

Lo lleva de umbral en umbral, mas no lo arroja.


Ese no saldrá ganando.

Saldrá perdiendo.

Se asomará a la ventana.

Pronunciará su nombre el primero.


Será decapitado con los tulipanes.


Sueño y sustento

El aliento nocturno es tu sábana,

la tiniebla se acuesta a tu lado.

Los tobillos te roza, las sienes;

te despierta a la vida y al sueño,

te rastrea en el verbo,

en el deseo, en las ideas,

duerme con cada una de ellas

y te atrae con halagos.

Te peina la sal de las pestañas,

te la sirve a la mesa,

les escucha a tus horas la arena

y la pone a tu alcance.

Y aquello que era cuando rosa era,

sombra y agua, te lo escancia.

Versiones de Felipe Boso

Cristal

No busques en mis labios tu boca,

ni en la puerta al extraño,

ni en el ojo la lágrima.


Siete noches más arriba

pasa el rojo hacia el púrpura,

siete corazones más adentro

insiste la mano en la puerta,

siete rosas más tarde

se escucha el rumor de la cisterna.

Versión de José María Pérez Gay

De viaje

Hay una hora que hace del polvo tu escolta,

de tu casa en Paris, lugar de sacrificio de tus manos,

de tu ojo negro, el más negro ojo.


Hay una estancia donde un tiro de caballos se detiene para tu corazóm.

Tu cabello quisiera ondear en el viento cuando te vas - eso le está prohibido.

Los que quedan y hacen signos de adiós no lo saben.


Elogio de la lejanía

En la fuente de tus ojos

viven las redes de los pescadores de la mar del extravío.

En la fuente de tus ojos

el mar cumple su promesa.

Aquí arrojo yo,

un corazón que se detuvo entre los hombres,

mi ropa y el esplendor de un juramento:


Más negro en lo negro, más desnudo voy.

Sólo infidente soy fiel.

Yo soy tú si yo soy yo.


En la fuente de tus ojos

desvarar suelo y sueño un rapto.


Una red prendió una red:

nos separamos enlazados.


En la fuente de tus ojos

un ahorcado estrangula la soga.


Los años de ti a mí

De nuevo se ondula tu cabello cuando lloro. Con el azul de tus ojos

cubres la mesa de nuestro amor: un lecho entre verano y otoño.

Bebemos lo criado por alguien que no era yo, ni tú, ni un tercero:

saboreamos algo vacío y último.


Nos vemos en los espejos del mar profundo y nos pasamos más de prisa las viandas:

la noche es la noche, comienza con la mañana,

me tiende junto a ti.


Marianne

Sin lilas, tu cabello, tu cara, cristal de espejo.

De ojo en ojo pasa la nube, como Sodoma hacia Babel:

como fronda destroza la torre y brama en redor del zarzal de azufre.

Entonces te brinca un relámpago en torno a la boca -esa cañada con los restos del violín.

¡Con níveos dientes alguien mueve el arco: Oh más bellas se oyeron las cañas!


Amada, también tú eres la caña y nosotros la lluvia;

un vino sin par tu cuerpo y nosotros copeamos los diez;

una barca en el cereal tu corazón, la bogamos noche adelante;

un cantarito de cielo, así retozas ligera sobre nosotros que dormimos...

Delante de la tienda desfila la centuria y entre copas te llevamos al sepulcro.

Entonces tintinea sobre las losas del mundo el duro tálero de los sueños.


Tu cabello sobre el mar

También tu cabello vuela sobre el mar con el enebro dorado.

Con él se vuelve blanco, entonces lo tiño de azul-piedra:

el color de la ciudad donde al final fui arrastrado hacia el sur...

Con jarcias me amarraron Ya cada una ataron una vela

y me escupieron Con sus bozos brumosos y cantaron:

«¡Oh atraviesa la mar!»

Yo sin embargo pinté como una barca mis alas con púrpura

y con mi estertor dime brisa y antes que durmieran me hice a la mar.

Tus rizos, ahora, debía teñírtelos en rojo, pero me gustan azul-piedra:

¡Ay, ojos de la ciudad, donde caí y fui arrastrado hacia el sur!

Con el enebro dorado vuela también tu cabello sobre el mar.

Versiones de José Luis Reina Palazón


Fuga de la muerte

Negra leche del alba la bebemos al atardecer

la bebemos a mediodía y en la mañana y en la noche

bebemos y bebemos

cavamos una tumba en el aire no se yace estrechamente en él

Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe

escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete

lo escribe y sale de la casa y brillan las estrellas silba a sus

mastines

silba a sus judíos hace cavar una tumba en la tierra

ordena tocad para la danza


Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos en la mañana y al mediodía te bebemos al atardecer

bebemos y bebemos

Un hombre habita en la casa juega con las serpientes escribe

escribe al oscurecer en Alemania tus cabellos de oro Margarete

tus cabellos de ceniza Sulamita cavamos una tumba en el aire no

se yace estrechamente en él

Grita cavad unos la tierra más profunda y los otros cantad sonad

empuña el hierro en la cintura lo blande sus ojos son azules

cavad unos más hondo con las palas y los otros tocad para la

danza


Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos al mediodía y la mañana y al atardecer

bebemos y bebemos

un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete

tus cabellos de ceniza Sulamita él juega con las serpientes

Grita sonad más dulcemente la muerte la muerte es un maestro

venido de Alemania

grita sonad con más tristeza sombríos violines y subiréis como

humo en el aire

y tendréis una tumba en las nubes no se yace estrechamente allí


Negra leche del alba te bebemos de noche

te bebemos a mediodía la muerte es un maestro venido de

Alemania

te bebemos en la tarde y la mañana bebemos y bebemos

la muerte es un maestro venido de Alemania sus ojos son azules

te hiere con una bala de plomo con precisión te hiere

un hombre habita en la casa tus cabellos de oro Margarete

azuza contra nosotros sus mastines nos sepulta en el aire

juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro venido

de Alemania

tus cabellos de oro Margarete

tus cabellos de ceniza Sulamita.


Los cántaros

Para Klaus Demus

En las largas mesas del tiempo

beben los cántaros de Dios.

Beben hasta el fondo los ojos de los videntes y

los ojos de los ciegos,

los corazones de las sombras imperantes,

la mejilla hundida de la tarde.

Son los más poderosos bebedores:

igual se llevan a la boca lo vacío que lo lleno

y no rebosan de espuma como tú o yo.



Tardío y profundo

Maligna como palabra de oro esta noche comienza.

Comemos las manzanas de los mudos.

Hacemos un trabajo que bien puede dejarse a su fortuna;

en pie permanecemos en el otoño de nuestros tilos, como rojas

banderas pensativas,

como abrasados huéspedes del Sur.

Juramos por Cristo el Nuevo desposar el polvo con el polvo,

el pájaro con el zapato vagabundo,

el corazón con la escalera de agua...

Hacemos ante el mundo los santos juramentos de la arena,

juramos con gusto,

juramos en voz alta desde los techos del sueño sin imágenes

y agitamos la blanca cabellera del tiempo...


Ellos nos gritan: ¡Blasfemáis!


Desde hace tiempo lo sabemos.

Desde hace tiempo lo sabemos: ¿qué importa?

Vosotros moléis en los molinos de la muerte la blanca harina de

la Promesa

y la ofrecéis a nuestros hermanos y a nuestras hermanas.


Nosotros agitamos la blanca cabellera del tiempo.


Vosotros censuráis: ¡Blasfemáis!

Lo sabemos de sobra,

que venga sobre nosotros la culpa

que venga sobre nosotros la culpa de todas las señales de peligro,

que venga el mar burbujeante,

el viento acorazado del retorno,

el día de la medianoche,

que venga lo que no ha sido todavía.


Que venga un hombre de la tumba.

Versiones de José Ángel Valente

(De "Amapola y memoria", 1952)

De oscuridad en oscuridad

Abriste los ojos -Veo vivir mi oscuridad.

La veo hasta el fondo:

aún allí es mía y vive.


¿Traslada como tal a la otra orilla? ¿Se despierta al hacerlo?

¿De quién es esta luz que sigue mi paso,

para que apareciera un barquero?


Aquí

Aquí -es decir, aquí donde la flor del cerezo quiere ser más negra que allí.

Aquí -es decir, esta mano que le ayuda a serlo.

Aquí -es decir, aquel barco en el que remonté el río de arena:

amarrado

fondea en el sueño que esparciste.


Aquí -es decir, un hombre que conozco:

sus sienes son blancas,

como las ascuas que apagó.

Me arrojó su vaso a la frente

y volvió,

pasado un año,

para besar la cicatriz.

Profirió su maldición y su bendición

y no volvió a hablar desde entonces.


Aquí -es decir, esta ciudad,

regida por ti y la nube,

desde sus tardes.


Argumentum e silentio Para René Char

A la cadena atada

entre oro y olvido:

la noche.

Ambos quisieron prenderla.

Ambos consintió en su hacer.

Pon,

pon también ahora allí lo que quiere

albear del crepúsculo junto a los días:

la palabra sobrevolada de estrellas,

sobrebañada de mar.


A cada uno la palabra.

A cada uno la palabra que le cantó,

cuando la jauría le atacó por la espalda -

A cada uno la palabra que le cantó y quedó helada.


A ella, a la noche,

lo sobrevolado de estrellas, lo sobrebañado de mar,

a ella lo logrado al silencio,

cuya sangre no cristalizó cuando el colmillo del veneno

traspasó las sílabas.


A ella la palabra lograda al silencio.


Contra las otras que pronto,

prostituidas por las orejas de los desolladores,

también trepan por el tiempo y los tiempos,

testimonia por último,

por último, cuando sólo cadenas resuenan,

testimonia por la que allí yace

entre oro y olvido,

hermana de ambos de siempre -


¿Pues dónde

alborea, di, sino en ella,

que en la cuenca de su río de lágrimas

a los soles sumergiéndose la semilla muestra

una y otra vez?

Versiones de José Luis Reina Palazón

Cualquier piedra que levantes-

desnudas

a los que piden la salvaguardia de las piedras:

desnudos

renuevan el entramado desde hoy.


Cualquier árbol que abatas-

armas

el lecho en donde

las almas nuevamente se acumulan,

como si no temblase

a su vez este

eón.


Cualquier palabra que pronuncies-

das las gracias

a la corrupción.


Habla también tú

sé el último en hablar,

di tu decir.


Habla-

Pero no separes el No del Sí.

Y da a tu decir sentido:

dale sombra.


Dale sombra bastante,

dale tanta

cuanta en torno de ti tú sabes extendida entre

medianoche y mediodía y medianoche.


Mira en torno:

ve cómo alrededor todo se hace viviente

¡En la muerte! ¡Viviente!

Dice la verdad quien dice sombra.


Pero se estrecha ahora el lugar donde estás:

¿Adónde ahora, despojado de sombra, adónde?

Asciende. Tanteante, asciende.

Te haces más sutil, más irreconocible, más fino.


Más fino: un hilo

por el que quiere descender la estrella

para abajo nadar, al fondo,

donde se ve brillar: sobre móviles dunas

de palabras errantes.


Shibboleth

Junto a mis piedras

crecidas bajo el llanto

tras las rejas,


me arrastraron

al medio del mercado,

allá,

donde se iza la bandera, a la que

no he prestado nunca juramento.


Flauta,

flauta doble en la noche:

piensa el sombrío

y doble rojo

en Viena y en Madrid.


Pon tu bandera a media asta,

recuerdo.

A media asta

hoy para siempre.


Corazón:

dalo también aquí a conocer,

aquí, en medio del mercado.

Haz que resuene, el shibbólet,

en lo extranjero de la patria.

Febrero. No pasarán.


Unicornio:

sabes de las piedras,

sabes de las aguas,

van,

te llevo

hacia las voces

de Extremadura.

Versiones de José Ángel Valente

Oí decir que en el agua...

Oí decir que en el agua

hay una piedra y un círculo

y sobre el agua una palabra,

que pone el círculo en torno a la piedra.


Yo miré mi álamo descender hacia el agua,

miré cómo su brazo se alargó hacia la hondura,

miré sus raíces vueltas al cielo implorando noche.


Yo no corrí tras ellas,

sólo recogí del suelo esa migaja

que tiene de tu ojo la figura y la nobleza,

te quité del cuello la cadena de los dichos

y con ella adorné la mesa donde yace la migaja.


Y ya no vi más a mi álamo.


Brillo

El cuerpo callando

yaces en la arena junto a mí,

sobre ti las estrellas.

..................................

¿Quebróse

de lo alto un

rayo hacia mí?

¿O es la vara de la justicia

que sobre nosotros fue rota

la que talmente brilla?


Jugando con hachas

Siete horas de la noche, siete años de vigilia:

jugando con hachas,

yaces a la sombra de cadáveres erguidos

—¡oh, árboles, que tú no talas!—,

de cabecera la pompa de lo enmudecido,

la minucia de las palabras a los pies,

yaces y juegas con las hachas —

y al final reluces como ellas.


Ante una vela

De oro repujado, tal

como me lo mandaste, madre,

modelé el candelabro, de donde

me elevo oscurecido en medio

de horas que se astillan:

hija

de tu muerte.

Delgada la figura,

una fina sombra de ojos como almendras,

boca y sexo

rodeados por danzas de bestiario de sueño,

se desprende oscilante del oro hendido,

asciende hasta

la cima del ahora.

Con labios recubiertos

de noche

pronuncio el conjuro:

En el nombre de los tres,

que entre sí se hostilizan, hasta

que el cielo se sumerge en la sepultura de los sentimientos,

en el nombre de los tres, cuyos anillos

me destellan en el dedo, cada vez que le

suelto los cabellos a los árboles en el abismo,

para que corra en el hondor un torrente más rico—,

en el nombre del primero de los tres,

que gritó

cuando había que vivir donde antes que él ya estuvo su palabra,

en el nombre del segundo, que miró y derramó las lágrimas,

en el nombre del tercero, que apila

blancas piedras en el medio,—

te libero del

amén que nos ensordece,

de la gélida luz que lo orilla

allí, donde, alto como torre, entra al mar,

allí, donde la paloma, la gris,

coge con el pico los nombres

a este lado y al otro lado del morir:

¡Tú sigues siendo, sigues siendo, sigues

siendo el hijo de una muerta,

consagrado al No de mi añoranza,

desposado con una grieta del tiempo,

ante la cual me condujo la palabra materna,

para que una sola vez

se estremezca la mano

que siempre, siempre me aprieta el corazón!


Con llave cambiante

Con llave cambiante

tú abres la casa en la cual

la nieve oscila de lo silenciado.

Según la sangre que te mane

de ojo, boca u oído,

tu llave cambia.

Si cambia tu llave, cambia la palabra,

a la que le está permitido oscilar con los copos.

Según el viento que a empujones te aparta,

se amontona la nieve en torno a la palabra.


Atardecer de las palabras

Atardecer de las palabras — ¡buscador de manantiales en el silencio!

Un paso y otro paso más,

un tercero, cuyo rastro

tu sombra no elimina:

la cicatriz del tiempo

se dilata

y anega la tierra de sangre —

Los dogos de la noche palabral, los dogos

repercuten ahora medio a

medio dentro de ti:

festejan la sed más salvaje, la hambruna más salvaje...

Una luna postrera te asiste:

arroja a la jauría

un largo hueso de plata

—desnudo como el camino por el cual venías—,

pero eso no te salva:

el rayo que suscitaste

se encrespa todavía más cerca,

y encima nada un fruto

que mordiste hace años.


Recuerdo

Sea con higos alimentado el corazón

dentro del cual la hora recuerda

el ojo de almendra del muerto.

Con higos alimentado.

Abrupta, en el soplo de mar,

la frente

varada,

la hermana de arrecifes.

Y aldededor de tu pelo blanco se multiplica

el vellocino

de la nube estival.



Ojo del tiempo

Este es el ojo del tiempo:

torcido mira

bajo ceja de siete colores.

Su párpado es lavado por fuegos,

su lágrima es vapor.

La ciega estrella vuela hacia él

y se derrite en la pestaña hirviente:

se va entibiando el mundo,

y los muertos

echan brotes y florecen.


Cenotafio

Disemina tus flores, forastero, disemínalas en paz:

déjalas caer a lo hondo,

a las espinas.

Quien aquí debía yacer, ése yace

en ninguna parte. Pero a su lado yace el mundo.

El mundo, que abrió su ojo

ante tantas gasas.

Pero él, porque tuvo algún vislumbre, se alió

al partido de los ciegos:

anduvo y espigó demasiado:

espigó el aroma —

y los que vieron esto no le perdonaron.

Entonces fue y se bebió una rara gota:

el mar.

Los peces —

¿se unieron los peces a él?

Versiones de Pablo Oyarzún

Asís

Noches de Umbría.

Noches de Umbría con la plata del címbalo y de las hojas del olivo.

Noches de Umbría con el canto que hasta aquí trajiste.

Noches de Umbría con el canto.


Mudo cuanto ascendió a la vida, mudo.

Desocupa y vuelve a llenar los cántaros.


Cántaro de barro.

Cántaro de barro con el que creció la mano del alfarero.

Cántaro de barro que cerró para siempre la mano de una sombra.

Cántaro de barro con el sello de la sombra.


Cantos por doquier, cantos.

Deja que entre el borrico.


Borriquillo.

Borriquillo en la nieve que esparce la mano más desnuda.

Borriquillo ante el verbo que se cerró de golpe.

Borriquillo que come el sueño de la mano.


Brillo que a consolar no alcanza, brillo.

Los muertos, los muertos aún mendigan, Francisco.

Versión de Felipe Boso

(De "De umbral en umbral", 1955)

Tenebrae

Estamos próximos, Señor,

próximos y apresables.


Ya apresados, Señor,

uno en otro enzarzados, como

si la carne de cada uno de nosotros fuese

tu carne, Señor.


Ora, Señor,

invócanos,

estamos próximos.


Ladeados por el viento íbamos,

caminábamos para inclinarnos

sobre la zanja y la oquedad.


Al abrevadero íbamos, Señor.


Era sangre, era

lo que tú has derramado, Señor.


Brillaba.


Nos arrojó tu imagen a los ojos, Señor.

Los ojos y las bocas tan abiertos están, tan vacíos, Señor.


Hemos bebido, Señor,

la sangre con la imagen que en ella estaba, Señor.


Ora, Señor.

Estamos próximos.

Versión de José Ángel Valente

Reja de lenguaje

Redondez del ojo entre los barrotes.


El párpado, animal ciliar,

boga hacia arriba,

deja libre una mirada.


Iris, nadadora, sin sueños, sombría:

el cielo, gris-corazón, ha de estar cerca.


Sesgada, en la férrea arandela,

la tea humeante.

Por el sentido de la luz

adivinas el alma.


(Si yo fuera como tú, si tú fueras como yo.

¿No estuvimos

bajo un alisio?

Somos extraños.)


Las losetas. Encima,

bien juntos, los dos

charcos gris-corazón:

dos

bocanadas de silencio.

Versión de José Luis Reina Palazón

Con carta y reloj

Cera

para sellar lo no escrito,

que tu nombre

adivinó,

que cifra

tu nombre.

¿Ya vienes, oscilante luz?

Dedos, de cera también,

ceñidos por

ajenos, dolientes anillos.

Derretidas las yemas.

¿Vienes, oscilante luz?

Vacías de tiempo las celdillas

del reloj, nupciales las mil

abejas, prontas al viaje.

Ven, oscilante luz.


Bajo una imagen

Sobrepujada ola de harina por bandada de cuervos,

¿Azul de qué cielo? ¿De abajo? ¿De arriba?

Flecha tardía, que apresurada se disparó del alma.

Zumbido más fuerte. Más cercana incandescencia. Ambos mundos.




Flor

La piedra.

La piedra en el aire, yo la seguí.

Tu ojo, tan ciego como la piedra.

Eramos

manos,

apuramos la oscuridad hasta vaciarla, hallamos

la palabra que brotó al verano:

flor.

Flor — una palabra de ciegos.

Tu ojo y mi ojo:

procuran

el agua.

Crecimiento.

Va hojeando

pared a pared del corazón.

Una palabra más como ésta, y los martillos

oscilan al descubierto.

Versiones de Pablo Oyarzún

(De "Reja de lenguaje", 1959)

Tubinga, enero

A la ceguera per-

suadidos ojos.

Su -«un

enigma es

manantía pureza»- su

recuerdo de

flotantes hölderlinianas torres en

un vuelo circular de gaviotas.


Visitas de carpinteros ahogados con

estas

sumergidas palabras:


Viniera,

viniera un hombre,

viniera un hombre al mundo, hoy, llevando

la luminosa barba de los

patriarcas: debería,

si de este tiempo

hablase, de-

bería

tan sólo balbucir y balbucir

continua, continua-

mente.

(«Pallaksch, Pallaksch.»)


Salmo

Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,

ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.

Nadie.


Alabado seas, Nadie.

Queremos por tu amor

florecer

contra

ti.


Una nada

fuimos, somos, seremos,

floreciendo:

rosa de

nada, de nadie.


Con

el pistilo almalúcido,

cielo desierto el estambre,

la corola roja

de la palabra purpúrea que cantamos

sobre, o sobre

la espina.


Mandorla

En la almendra -¿qué hay en la almendra?

La Nada.

La Nada está en la almendra.

Allí está, está.


En la Nada -¿quién está? El Rey.

Allí está el Rey, el Rey.

Allí está, está.


Bucle de judío, no llegarás al gris.


Y tu ojo -¿dónde está tu ojo?

Tu ojo está frente a la almendra.

Tu ojo frente a la Nada está.

Apoya al rey.

Así está allí, está.


Bucle de hombre, no llegarás al gris.

Vacía almendra, azul real.


Había tierra en ellos...

Había tierra en ellos y

cavaban.


Cavaban y cavaban y pasaba así

el día y pasaba la noche. No alababan a Dios

que, según les dijeron, quería todo esto,

que, según les dijeron, sabía todo esto.


Cavaban y nada más oían;

y no se hicieron sabios ni inventaron un canto

ni imaginaron un lenguaje nuevo.

Cavaban.


Vino una calma y vino una tormenta

y todos los océanos vinieron.

Yo cavo y tú cavas e igual cava el gusano

y aquel remoto canto dice: cavan.


Oh uno, oh nadie, oh ninguno, oh tú:

¿Adónde iba si hacia nada iba?

Oh, tú cavas y yo cavo, yo me cavo hacia ti,

y en el dedo se nos despierta el anillo.

Versiones de José Ángel Valente

Tú con la palabra que yo dije,

tú con tu silencio,

tú contigo misma

en el mundo su-

bi-

da,


tú mi amor:


perdida, extra-

viada, una

y ora vez

regresada en el dolor: es


tarde.


Ayúdame,

ayúdate,

ayuda.


El camino de horas anduvo lo que dije.

El camino de horas anduvo lo que callé.

Anduvo y anduviste,

por lo infinito anduviste,

hacia delante y hacia atrás,

hacia ninguna parte, hacia la palabra, hacia allí.


Deja.

Un nombre se te abre,

otro:

quédate.


No es ya...

No es ya

esa

gravedad, cayendo

a veces contigo

en la hora.

Es otra.


Es el peso que retiene el vacío

que iría

contigo.

Como tú, no tiene nombre. Tal vez

seáis lo mismo. Tal vez

un día también tú me nombres

así.


Con todos los pensamientos me fui

fuera del mundo: allí estabas tú,

mi sosegada, mi abierta, y-

nos recibiste.


¿Quién

dice que se nos murió todo

cuando se nos quebraron los ojos?

Todo despertó, todo comenzó.


Grande vino un sol flotando, radiantes

se le enfrentaron alma y alma, claras,

imperiosas le presilenciaron

su órbita.


Suve

se abrió tu seno, silente

subió un aliento al éter,

y lo que se hizo nube ¿no era,

no era forma y a partir de nosotros,

no era

tanto así como un nombre?


A una y otra mano, allí

donde me crecían las estrellas, lejos

de todos los cielos, cerca

de todos los cielos:

¡Cómo

se vela allí! ¡Cómo

se nos abre el mundo a través

de nosotros!


Tú estás

donde tu ojo está, estás

arriba, estás

abajo, yo

encuentro salida.


Oh ese centro errante, vacío,

hospitalario. Separados,

te caigo en suerte, me

caes en suerte, uno del otro

caído, vemos

a través:


Lo

Mismo

nos ha

perdido, lo

Mismo

nos ha

olvidado, lo

Mismo

nos ha -

Versiones de José Luis Reina Palazón

Químico

Silencio, cocido como oro, en

manos

carbonizadas.

Grande, gris,

cercana como todo lo perdido,

figura de hermana:

Todos los nombres, todos los nombres

quemados

con ella. Tanta

ceniza que bendecir. Tanta

tierra ganada

sobre

los ligeros, tan ligeros

anillos

de almas.

Grande, gris, sin

escorias.

Tú, entonces,

tú con el pálido brote,

cascado por mordisco.

Tú en el torrente de vino.

(¿No es verdad, también a nosotros

nos despidió este reloj?

Bien,

bien como aquí murió, al pasar, tu palabra.)

Silencio, cocido como oro, en

manos carbonizadas,

carbonizadas.

Dedos, delgados como humo. Como coronas, coronas de aire,

alrededor de — —

Grande. Gris. Sin

rastro.

De

rey.


Rádix, mátrix

Como se le habla a la piedra, como

tú,

venida a mí desde el abismo, hermanada

desde una patria,

lanzada hasta aquí, tú,

tú que de lo antaño,

tú en la nada de una noche,

tú que en la ni-noche me sales al encuentro,

tú,

ni-tú —:

Entonces, cuando yo no estaba,

entonces, cuando tú medías a

zancadas el campo, sola:

¿Quién,

quién era, aquella

raza, asesinada, aquella raza

erigida negra en el cielo:

verga y testículo —?

(Raíz.

Raíz de Abraham. Raíz de Jessé. Raíz de

nadie — oh

nuestra.)

Sí,

como se le habla a la piedra, como

tú palpas con mis manos allá

y en la nada, así es

lo que es aquí:

también este

suelo fructífero se a abre,

este

precipicio

es una de las coronas que

crecen silvestres.


En el aire,

allí queda tu raíz, allí,

en el aire.

Donde lo terrestre se aglutina, terroso,

aliento-y-légamo.

Grande

va el proscrito allá arriba, el

ardido: un pomeranio, su hogar

la canción del abejorro, que perduró materna, veraniega, diáfana

de sangre en el borde

de todas las abruptas

sílabas, las endurecidas de invierno,

frías sílabas.

Con él

andan los meridianos:

aspirados

por su

dolor gobernado por el sol, que hermana a los países bajo la

sentencia de mediodía de una

amante

distancia. Por doquier

es aquí y es hoy día, es, oriundo de desesperanzas,

el lustre,

en que los desunidos entran con sus

enceguecidas bocas:

el beso, nocturno,

graba el sentido a fuego en una lengua, a la que despiertan, ellos—:

repatriados en

el rayo de conjuro, inhabitable y ominoso,

que reúne a los dispersos, los

conducidos por el Alma, desierto de estrellas, los

hacedores de tiendas allá en el espacio

de sus miradas y navíos,

las gavillas ínfimas de esperanza,

cunde allí adentro rumor de alas arcangélicas, de fatalidad,

los hermanos, las hermanas: midióselos

muy leves, muy graves, muy leves,

con la balanza de los mundos en el

seno incestuoso, en

el fértil, los extraños de por vida,

coronados por esperma de estrellas, pesadamente

tendidos en los bancos abismales, enaltados

en dinteles turriformes, y diques, — los

seres-de-los-vados, sobre ellos viene

a trastabillones el pie deforme de

los dioses — ¿tan tarde para

el tiempo estelar

de quién?

Versiones de Pablo Oyarzún


(De "La rosa de nadie", 1963)

Coagula

también tu

herida, rosa.


Y la astada luz

de tus búfalos rumanos

en lugar de una estrella

sobre el lecho de arena,

en el émbolo que habla,

el superrojoceniciento.

Versión de Felipe Boso

En los ríos, al norte del futuro,

tiendo la red que tú

titubeante cargas

de escritura de piedras,

sombras.


Ciégate para siempre:

también la eternidad está llena de ojos-

allí

se ahoga lo que hizo caminar a las imágenes

al término en que han aparecido,

allí

se extingue lo que del lenguaje

también te ha retirado con un gesto,

lo que dejabas iniciarse como

la danza de dos palabras sólo hechas

de otoño y seda y nada.

Versiones de José Ángel Valente

Estar,

a la sombra

de la cicatriz en el aire.

Por-nada-y-por-nadie-estar.

Irreconocido,

por ti

solo.

Con todo lo que dentro tiene espacio,

también sin

habla.


Soles en fibras

sobre el yermo gris-negro.

Un pensamiento

con estatura de árbol

aferra el son de luz: todavía

hay canciones que cantar más allá

de los hombres.


Negros,

como la herida del recuerdo,

hurgan los ojos en pos de ti

en la tierra coronaria claramente

mordida por dientes cardíacos,

que sigue siendo nuestro lecho:

por este socavón has de venir —

vienes.

En el sentido

seminal

te desestrella el mar, en lo más íntimo, por siempre.

Dar los nombres tiene un término,

sobre ti arrojo mi destino.

Versiones de Pablo Oyarzún

(De "Cambio de aliento", 1967)

Esa única...

Esa única

noche

de estrellas

propias.


Enhebrada de aliento de cenizas

hora va, hora viene,

por el sombreado de los párpados

de ojos cerrados de sueño,

reafilados

en almas

finas como flechas,

enmudecidas en la plática

con tartaleantes

carcajes con barbas

de algas aéreas.


Una colma

concha de luz pasa

por una conciencia.

Versión de José Luis Reina Palazón

La onza verdad

en el fondo del delirio,

a su lado

pasan los platos de la balanza

rodando,

ambos a la vez, en diálogo,

la ley peleadoramente cincelada

en altura de corazón,

hijo, vence.


Las cabezas, horrendas, la ciudad

que construyen

detrás de la dicha.

Si otra vez fueras tú mi dolor, fiel a ti,

y pasara un labio de largo, de este lado, junto al

lugar donde yo me propino desde mí,

a ti te llevaría por

esta calle

hacia adelante.


La eternidad envejece: en

Cerveteri los

asfodelos

se preguntan unos a otros

en blanco.

Con paleta desvencijada

cucharean,

de las cacerolas de los muertos,

sobre la piedra, sobre la piedra,

sopas en todas las camas

y los cubiles.

Versiones de Pablo Oyarzún

(De "Soles filamentos", 1968)


No obres de antemano...

No obres de antemano,

no envíes nada fuera,

mantente

dentro:


transfundido de nada,

libre de cualquier

plegaria,

sutilmente acordado según

la pre-inscripción

insuperable,


yo te acojo

en lugar de toda

paz.


Bisiestos siglos...

Bisiestos siglos, bisiestos

segundos bisiestos

nacimientos, novembreantes, bisiestas

muertes,

en automáticos panales archivados

bits

on chips


El poema-menorá de Berlín,


(¿inasilado, in-

archivado, in-

asistido? ¿En

vida?),


estaciones de lectura en la palabra tardía,


puntas de llamas vigilantes

en el cielo,


perfil de crestas bajo el fuego


sensaciones, tejidas

por la helada,


arranque en frío-

con hemoglobina.

Versiones de José Ángel Valente

Los escabullidos

papagayos grises

la misa leen

en tu boca.

Oyes que llueve y

piensas, también esta vez

será Dios.


Rebana la mano que ora

del

aire

con las tijeras

oculares,

despabila sus dedos

con tu beso:

Ahora ocurre un plegarse

que te roba el aliento.


La mantis, otra vez,

en la cerviz de la palabra,

en que te habías escurrido —,

hacia dentro del ánimo

camina el sentido,

hacia dentro del sentido,

el ánimo.

Versiones de Pablo Oyarzún

(De "Compulsión de luz" 1970)


¿Por qué este brusco hogar, medio afuera, medio adentro?

Yo puedo sumergirme en ti, mira, como un glaciar,

tú misma asesinas a tus hermanos:

antes que ellos

estuve contigo, Neviscada.


Echa tus tropos

al resto:

uno quiere saber

por qué no estuve

ante Dios de otro modo que ante ti,


uno quiere ahogarse dentro,

dos libros en lugar de los pulmones,


uno que se punzó en ti

insufla la punzada,


uno que fue para ti el más cercano,

se extravía a sí mismo,


uno adorna tu estirpe

con tu traición y la suya,


tal vez

era yo cada uno

Versión de José Luis Reina Palazón

Una hoja sin árbo para Bertold Brecht:

¿Qué tiempo es éste

en el que una conversación

es casi un crimen

porque incluye

tantas cosas explícitas?

Versión de José Ángel Valente

Ilegibilidad

de este mundo. Todo redoblado.

Los firmes relojes justa

dan la hora intercalar,

roncamente.

tú, aferrado en lo tuyo más profundo,

de ti te apeas

para siempre.




Oigo que el hacha ha florecido,

oigo que el lugar es innombrable,

oigo que el pan, que lo mira,

saluda al ahorcado,

el pan que le coció la mujer,

oigo que llaman a la vida

el único refugio.


Parte de nieve, encabritada, hasta el fin,

en el viento de leva, delante

de las cabañas para siempre sin

ventanas:

rasantes sueños gimen

por sobre

el hielo en estrías;

sacar a golpes las

sombras de la palabra, medidamente fijarlas

alrededor de las grapas

en el foso.

Versiones de Pablo Oyarzún

(De "Parte de nieve", 1971)

Estaba...

Estaba

la pizzca de higo en tu labio,


estaba

Jerusalén a nuestro alrededor,


estaba

el aroma de los pinos albares

sobre el barco danés que regraciamos,


yo estaba en ti.

Versión de José Luis Reina Palazón


De la frente de ballena que se

hunde te leo—

tú me reconoces,

el cielo

precipítase

al arpón,

con seis patas

brinca la estrella

nuestra en la espuma,

lentamente

iza uno, que lo ve,

el bocado de consuelo: la

Nada en celo.


Me arrojas a mí, ahogándome,

oro:

a lo mejor un pez

se deja sobornar.


Los polos

están en nosotros,

irremontables

en la vigilia,

hacia allá dormimos, ante la puerta

de la piedad,

yo te pierdo a ti en ti, ése

es mi consuelo de nieve,

di que e s Jerusalén,

dilo, como si yo fuera éste

tu blancor,

como si fueras

el mío,

como si pudiéramos ser sin nosotros,

hoja a hoja te abro, por siempre,

tú nos ruegas, tú nos acuestas

libres.


Viñadores desenterraron

el reloj de oscuras horas,

profundidad a profundidad,

tú lees,

el Invisible

emplaza al viento

a los límites,

tú lees,

los Abiertos llevan

la piedra detrás del ojo,

él te reconoce,

cuando el Sabbath.

Versiones de Pablo Oyarzún (De "Estancia del tiempo", 1976).


PAUL CELAN (Rumania, 1920-1970).