LA PUÑALADA


Mentan los que saben

que un malevo

muy de agallas

y de fama

bien sentada

por el barrio

de Palermo

cayó un día

taconeando

prepotente

a un bailongo

donde había

puntos bravos

pa'l facón.


Lo empezaron a mirar

con un aire sobrador

pero el mozo, sin chistar,

a una puerta se arrimó.


Los dejó sobrar.

Los dejó decir.

Y pa' no pelear

tuvo que sufrir.


Pero la pebeta

más bonita,

la que estaba

más metida

en el alma

de los tauras,

esa noche

con la vista

lo incitaba

a que saliera

a darles dique

y a jugarse

en un tango

su cartel.


Se cruzó

un gran rencor y otro rencor

a la luz

de un farolito a querosén

y un puñal

que parte en dos un corazón

porque así

lo quiso aquella cruel mujer.


Cuentan los que vieron

que los guapos

culebrearon

con sus cuerpos

y buscaron

afanosos

el descuido

del contrario

y en un claro

de la guardia

hundió el mozo

de Palermo

hasta el mango

su facón.