Estoy sentado en la sala de espera del sector reinstalación en el hospital. Detrás de la puerta de traslúcido esmerilado la impresora biónica en 3D está reimprimiendo mi cabeza.
En los días previos me realizaron múltiples estudios y análisis para elaborar un programa que pueda ordenar una reproducción fiel aunque sin dejar de lado los ajustes y mejoras necesarios después de varios años de funcionamiento.
Hace tiempo, de más joven, me intranquilizaban los avances de la ciencia. En la comparativa orgánico-artificial me quedaba un espacio de interrogación. ¿Qué pasaba con el tan mentado espíritu, en qué parte de la estructura de carbono se alojaba? Tal vez no tuviera una base física y fuera una suerte de información virtual que va decantando como decanta la conciencia y la identidad a medida que se avanza en su uso.
Lo charlo desde hace tiempo con Nico, un amigo de confianza con el que nos conocemos desde el jardín de infantes y a quien ahora pedí que me acompañara en el trámite.
— Es dificilísimo tocar el tema creencias sin herir susceptibilidades. No es fácil dar un paso por detrás del telón mental y problematizarlo sin que aparezcan mecanismos de defensa buscando volver al orden previo.
— Cada vez que una mirada nueva tocó el centro nervioso del orden social, la creencia respondió con ferocidad.
— Es célebre la disputa entre religión y ciencia que Bertrand Russell resumió como “un conflicto entre la autoridad y la observación”. Cuando el acuerdo social generalizado era ver en todo la obra de Dios, la ciencia comenzó a problematizar y examinar el entorno y sacó conclusiones inquietantes.
— Pero voy a esto que remarca el autor: ni siquiera a los pioneros de la ciencia resultó fácil liberarse del influjo de la época. Practicaban un nuevo método de conocimiento prescindiendo de la fe, pero persistían en concebir las nuevas respuestas halladas tan absolutas como lo hacían sus predecesores teológicos.
La entrada de otras personas a la sala de espera y en especial los movimientos detrás del esmerilado, me distraían un poco de la charla, pero que mi compañero recordara esa historia me ayudó a organizar rápidamente los pensamientos en torno al proceso humano y a encontrar nuevas preguntas.
— Entonces, ¿vos indirectamente me estás diciendo que hasta la religión o la ciencia son solo una forma de explicarse y de explicar el entorno?
— Sí, la falta de una respuesta totalizadora nos hubiera dejado sin rumbo y sin historia. Sin un sistema operativo que —podría decirse hoy— organice la información propia y la de todo.
Tal vez, algo dubitativo con mi idea de reinstalación concluí:
— Entonces hoy con estas manipulaciones estamos en un espacio abierto y sin referencias. Es como estar solos en el universo. Podría desequilibrarnos la psiquis definitivamente.
Nico me miró con aire resignado y agregó:
— Por eso, hoy podría decirse que hay dos grandes lugares de humanidad en donde cada cual elige estar.
Mi lugar está claro desde hace mucho. Entre los treinta y cuarenta años, entusiasmado con mantener un buen estado, fui incorporando primero pequeñas prótesis, hasta que luego de un accidente que me dejó postrado, fui avanzando hasta que el año pasado caí en cuenta que lo único que conservaba de la original estructura de carbono era mi cabeza.
Sentí que estaba casi como una infiltrada respecto al resto del cuerpo y por eso me fui interesando en reinstalarla e incorporar cierta IA solo aplicable a esos casos.
Hay personas como me indicaba Nico, que prefieren seguir con su osamenta de siempre y enfrentar sus deterioros. Tienen una fe sólida en la sabiduría de la naturaleza que los hizo como son.
Otros en cambio, quizás siempre más descreídos o desencantados optamos por no esperar a que la naturaleza o Dios se dignen a mejorar nuestra endeble y efímera situación.
Entre las dos elecciones, no es muy pacífica la convivencia. Los tradicionales nos acusan de sacrílegos y nosotros a ellos de primitivos. Nunca falta algún grupo religioso que pase a los hechos y por eso, las decisiones sobre el propio cuerpo son parte de la intimidad y se conversan solamente en un pequeño círculo de confianza.
Los tradicionales presionan no solamente con agresiones físicas, sino también con recursos legales. En algunos países con idiosincrasias muy religiosas han logrado “prohibir lo no natural”.
Así llegué hasta hoy pero calculo que a futuro cuando deje de parecer lo esperado por los demás, tenga que mudarme.
Mientras sigo sentado en la sala de espera del sector reinstalación en el hospital. Una enfermera, acaba de avisarme que soy el próximo.
Ya les dije que me dejaran las canas y el crecimiento natural del cabello. No quiero perder el placer de seguir yendo a la peluquería del viejo Franco, en mi barrio de niño, donde me acompañaban mis abuelos.