Esta es una historia sobre mi padre. O, mejor dicho, sobre mi relación con mi padre. O quizá sería más exacto decir, sobre mi no-relación con mi padre.
1.
Mi padre, a quien todos llamábamos Pepe, era un ser humano especial. Trabajaba como arquitecto, sin mucha vocación, tenía amigos con quienes debatía hasta altas horas de la noche, caminando en círculos para pensar mejor.
Su pasión era hacerse preguntas, del tipo “quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos” y otras variantes. Estas preguntas él las volcaba al papel, digitándolas ruidosamente en su vieja Olivetti, hasta que el cansancio lo vencía, y yo que tenía un insomnio mas resistente que el suyo, lo levantaba de su sueño tipográfico y lo ayudaba a acostarse, a las altas horas de la noche.
Murió de un infarto antes de cumplir 60 años, cuando yo tenía apenas 20.
Nunca publicó su obra literaria. Algunos amigos junto a mi madre hicieron una pequeña publicación post-mortem de algunos de sus cuentos. Me pidieron que hiciera las ilustraciones, cosa que hice en mi soberbia post-adolescente en un par de semanas.
Siempre lamenté no haberlo tenido cerca de adulto, conocernos, hablar de verdad como padre e hijo, como amigos.
Con el pasar del tiempo, Pepe aparecía frecuentemente en mis sueños. En ellos, él siempre muy vivo, me decía que su muerte era un malentendido, y que él estaba viajando por distintos lugares. Al despertar yo siempre tenía la certeza de que él estaba vivo en algún lugar, desgraciadamente fuera de mi alcance.
Sus escritos quedaron en varias cajas de cartón, repartidos en portafolios, carpetas y bolsas de papel, sin un orden aparente. Varios entusiastas de la literatura buscaron estos escritos con el fin de publicarlos, pero nunca se concretó nada.
Pasaron 40 años. Yo tenía la misma edad de Pepe cuando murió. Estaba tomando yo un café con Simón, el hijo de un amigo, para ver unos temas de páginas web. Al final le pregunté en qué estaba, y me dijo que intentando rescatar escritos de autores no conocidos. Le comenté lo de las cajas de cartón, y en un par de días teníamos todo el trabajo de Pepe repartido en el piso de mi departamento, intentando ordenar, clasificar, entender. Había de todo: obras de teatro, diarios de vida, cuentos, ensayos filosóficos, notas sobre mitología. Simón y su socio editor juntaron en una de las cajas todo lo que no estaba repetido y se lo llevaron para una revisión más a fondo. Me llamó a los 3 días y me dijo: “no vamos a publicar los cuentos de tu padre”… y agregó: “vamos a publicar todo, y con tus ilustraciones”. Se presentó el proyecto a los fondos de cultura y salió elegido, con lo que teníamos proyecto y compromiso por lo menos para un año.
Ese año que siguió estuve conversando con Pepe prácticamente todos los días. Él hablaba y yo preguntaba, y luego volvía a preguntar varias veces porque no es lo mismo leer un texto que leer un texto que tienes que traducir a imágenes. Cincuenta y seis de ellas para ser exacto. Esta vez no tomé dos semanas sino un año entero. Conversamos todo lo que no habíamos hablado antes. Yo exploraba su mundo, nos reímos mucho y lloramos no pocas veces. La palabra reconciliación queda corta para describir lo que vivimos en ese año, Pepe y yo.
El lanzamiento oficial de los tres libros de Pepe tuvo lugar en un salón de la Biblioteca Nacional. Había allí amigos, familia y algunas otras almas afines. Luego de un cuento actuado, gracias a la buena disposición y talento de mi amigo Isaac, Simón y yo presentamos el libro, un poco nerviosos pero también felices de haber llevado a puerto esta larga travesía. Luego como es de costumbre, un coctel con vinito y bocadillos y pasearnos saludando a los amigos y familiares.
En esto estaba cuando me encontré con un grupo de primos a quienes no veía hacía varias décadas. Y me sorprendí positivamente al encontrar entre ellos a Rafa, un primo con quien habíamos compartido, aparte del nombre, algunas aventuras de niñez. Aventuras importantes, al menos una de ellas: Rafa me había salvado la vida.
Y lo comenté, quizá de un modo un poco melodramático porque lo solemne estaba muy lejos del momento. Dije: “Saben ustedes que, a no ser por esta persona que tengo al lado (señalando a mi primo), ninguno de nosotros estaría hoy en este lugar, de hecho, yo no estaría siquiera en este mundo… porque fue esta persona, este primo quien me salvó la vida”.
Rafa me miró como extrañado, como si yo estuviera gastando alguna broma. Yo lo miré de vuelta, más extrañado aún de que no se acordara de haber hecho esta acción tan trascendental. Me dijo: “no tengo idea de qué estás hablando”. Entonces tuve que recordarle la historia.
“Tenía yo 12 años y estaba pasando unas semanas de verano donde mis tíos. Era un pueblito de montaña donde nuestras actividades fluctuaban entre nadar y cabalgar por los cerros. Ese día era nadar, o más bien lanzarnos al agua desde una soga en la que nos columpiábamos. En un momento todos se fueron a almorzar y me quedé solo, fascinado con el juego de la soga y el agua. Hasta que en un momento la soga se cortó y caí golpeándome fuertemente en la nuca con el borde de la piscina. Caí al agua en la parte honda, y lo que ocurrió en este momento fue algo hasta el día de hoy quedó grabado indeleblemente en mi mente.
A pesar del fuerte golpe no sentí ningún dolor. Sólo sentía columnas de burbujas que subían por el agua a mi alrededor, unas figuras como esferas que cambiaban de color y forma, de una hermosura imposible de describir. Se escuchaba además un sonido, una música que nunca había oído jamás, de una belleza tal que sentí en ese momento que estaba en el cielo. El tiempo se detuvo y se hizo eterno, a la vez que toda esta belleza circulaba y bailaba alrededor mío.
Hasta que sentí un tirón en mi mano, que chocaba con toda la armonía que estaba viviendo. Era la mano de mi primo Rafael, quien me había visto desde arriba, desde la terraza donde la familia almorzaba. Mi primera reacción fue de quitarle la mano, enfurecido por haber interrumpido mi epifanía. “No! Déjame! – le gritaba yo. Pero Rafa insistió, y me tomó de las dos manos y me sacó del agua. Recuerdo que haber pasado el resto del día sin entender nada, y con un dolor de cabeza tremendo. No hasta el día siguiente comencé a darme cuenta de lo que había sucedido, de que podría haber muerto en ese momento, en una epifanía pero muerto igual, y que mi primo sin mucho aspaviento me había salvado la vida, que continuaba después como si nada hubiera pasado”.
3.
Después del lanzamiento y del aperitivo en la biblioteca, terminamos con la familia y algunos amigos cenando y pasando un rato en la casa de mi hermana. Recuerdo haberme ido a dormir esa noche con la sensación de haber vuelto de un largo viaje, durante el cual había conocido a mi padre.
Al día siguiente, cuando abrí mi casilla de e-mail encontré un mensaje que me llamó la atención. Era de mi primo Rafa. Me llamó la atención porque por muchos años no hemos tenido contacto alguno.
Decía así (copio textualmente):
Queridísimo «re encontrado PRIMO». Hoy me acordé de algo que tengo que contarte.
«A mi, no me debes tu vida»
Cuando transcurrían recién mis primeros cuatro años, fuimos de paseo a una playa, los paseantes eran nuestros cuatro padres y nosotros sus todavía pequeños retoños. Corría yo por la orilla de esta novedosa playa, chapoteando en el agua que me llegaba hasta las rodillas. Inocentemente caí en un pozo para mí sin fondo, sin saber nadar. Veía el sol a través de una interminable capa de agua, situación que se ponla cada vez más angustiante, hasta llegar a pensar que no iba a poder salir a flote. Después de un interminable transcurso de tiempo veo aparecer al que «yo» le debo mi vida, A TU PADRE que me salvó al igual que yo a ti.
«A mí, no me debes tu vida», se la debes a tu padre quien me salvó para salvarte.
¿Que tal?
Rafael Hevia.