Entonces, rechazando el marco del ventanal con el pie izquierdo y adelantando la pierna derecha desde la rodilla, simplemente salta al aire desde el segundo piso del edificio de ladrillo rojo. Un fotógrafo capta, a medias, la expresión de los ojos y uno de sus talones al pasar.
Abajo, la gente que se asolea y conversa en la tarde primaveral, no se sorprende de ver ese cuerpo elevarse suavemente en vez de caer al asfalto. Entonces, también ellos que siempre se han conformado con mirar, concluyendo su espera sienten que se les aliviana el corazón y saliéndosele el cuerpo por los ojos, se elevan al unísono.
Casi nadie le ve cruzar en su vuelo al otro lado del canal, seguir entre la hojalata de la fábrica abandonada y el remolino enmohecido de aquella torre ladeada. Nadie le ve entrar por el hueco de una ventana rota y seguir vuelo hasta entrar nuevamente en su cuerpo que duerme recostado en un sofá.
La siesta concluye cuando un abejorro traído por la brisa del patio le roza el cabello. Despierta. Se despereza sintiendo deseos de salir a caminar. Afuera, se deja seducir por las cuadras y camina sin rumbo hasta que siente a lo lejos un rumor de humanidad que le intriga. Entonces, camina hacia la fuente del rumor hasta desembocar en una acera soleada, entre la orilla de un canal y una edificación de ladrillo.
Se acerca. Se mezcla con la gente que se asolea sobre el asfalto y conversa y, con la gente, le ve saltar al aire desde el segundo piso para volar suavemente hacia el otro lado del canal. Entonces, como todos, siente que concluye su espera, que se le aliviana el corazón, que el cuerpo se le sale por los ojos y que se eleva con todos en un vuelo hacia el centro de sí.