La visión centralista y prioritaria de la historia oficial ha postergado y posterga hechos y personas que ayudaron o se opusieron a diversos acontecimientos de nuestra tumultuosa historia republicana.
17 de diciembre del 2022
GERARDO
CAILLOMA
gcailloma@gmail.com
Nuestro país está sumido en una fuerte crisis en la que los extremos políticos y sociales se hunden en la violencia y desconcierto, y en la que la palabra “diálogo” tiene un débil sentido semántico para los diferentes actores relevantes que conforman el tejido social peruano. La sociedad peruana pareciera estar (y lo está, en realidad) pegada por mocos y babas. Cuando estoy escribiendo este artículo, el actual gobierno tiene en su haber 18 muertos en medio de una fuerte turbulencia social, pese al breve mandato de Dina Boluarte (llega a la semana cuando escribo esto). Y es debido a este tenso clima social que dos ministros, la de Educación y el de Cultura, han decidido renunciar ante tamaño contexto a la fecha.
Estamos viviendo un momento coyuntural el que, sin embargo, se podría sumar a las diversas crisis que nuestra nación ha vivido desde su independencia formal en 1821. Pareciera que esta es una más de las que solemos cargar y que, quizás, marque las conmemoraciones de nuestro Bicentenario (2020-2024). Es también una muestra de un escaso o nulo aprendizaje que como sociedad hemos tenido de los fenómenos violentos que nos han tocado vivir como nación. El trauma del levantamiento de Túpac Amaru II (1780-1781) marcó la psique del mundo colonial de esta parte del continente. Alejó a la masa indígena de cualquier intento independentista futuro. La emancipación promovida por blancos “revoltosos” a los que se aliaron, posteriormente, varios mestizos y algunos indígenas y negros inicia un periodo que ahora se ve desde otra lectura: muchos historiadores reconocen este periodo como una verdadera guerra civil, pues la nación peruana no existía como tal a inicios del siglo XIX. Al leer las investigaciones por el Bicentenario de la Intendencia de Trujillo, uno va comprendiendo el mapa social y político de una época que tenía marcados intereses y acomodos de acuerdo a las circunstancias. La visión centralista y prioritaria de la historia oficial ha postergado y posterga hechos y personas que ayudaron o se opusieron a diversos acontecimientos de nuestra tumultuosa historia republicana. Un ejemplo: en las recientes celebraciones del Bicentenario trujillano se recordó una batalla poco difundida en la historia oficial nacional: la batalla de Higos Urco, lugar cercano a Chachapoyas, del 06 de agosto de 1821. Esta batalla no es reconocida como importante para la independencia de nuestro país y de Sudamérica, como lo son las de Junín y Ayacucho. Sin el triunfo de esta, la condición de independiente de la Intendencia de Trujillo se hubiese perdido y hubiera obligado a San Martín y sus tropas a retirarse de nuestro territorio y haberse postergado por mucho más tiempo la Independencia peruana y hubiese replanteado la situación de las otras excolonias. Higos Urco fue una batalla de pueblo, en la que las mujeres tomaron las armas y salieron a luchar con sus hombres, sus esposos, padres o hermanos; en la que población indígena abrazó esta causa y arremetió contra el ejército realista, pese a estar en desventaja logística. Personajes como Mateaza o Matiaza Rimachi aportaron con su valor para el triunfo popular. Fue por su valentía y la participación activa de otros numerosos héroes y heroínas anónimos y algunos pocos conocidos que hayamos heredado un territorio, una patria, la que ahora estamos viendo, para vergüenza de todos, cómo ha sido y es gobernada por personas que no están a la altura de rememorar momentos tan trascendentes para nuestra historia y la del continente. Políticos de dudosa reputación y escasa formación cívica nos arrastran a abismos de corrupción y desgobierno. Por otro lado, el centralismo cultural, político y económico ha hecho que diversos eventos históricos relevantes a lo largo de nuestro territorio, algunos de ellos de extracto muy popular, hayan sido relegados sutilmente de la historia masiva como el de la batalla de Higos Urco. Es una muestra de cómo la historia oficial niega esas acciones que han construido la identidad de muchos pueblos, ciudades y regiones de nuestro país; esa historia paralela popular que evidencia la brecha que vemos surgir en cada conflicto como el que estamos viviendo. Y mientras la visión estrecha, limitada y, algunas veces, sobrevalorada del centralismo que agobia nuestra sociedad sirva como medida para las relaciones políticas, culturales, económicas y sociales entre todos los peruanos y sean etiquetadas las personas que reclaman como “terrucas”, esas brechas se irán haciendo cada vez más hondas e insalvables, brechas que cada vez han sido “pateadas” por las clases dirigentes para que las generaciones venideras traten de solucionarlas. ¿Se hará lo mismo con esta crisis o talvez se tomen las astas de una vez por todas? ¿Podremos ver alguna luz en esta turbulencia con la clase política que tenemos? Bastante escepticismo nos va cubriendo lentamente ante la lamentable reacción de los congresistas sobre adelanto de elecciones generales y la urgente reforma electoral para reformar los partidos políticos, esos que están tan alejados de los anhelos ciudadanos.
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