Los relatos, testimonios y datos leídos dan cuenta de este drama humano que no tuvo la misma repercusión para todos en nuestra sociedad.
12 de octubre del 2024
GERARDO
CAILLOMA
gcailloma@gmail.com
Luego de varios días asimilando la lectura de las crónicas de Joseph Zárate sobre el COVID-19, redacto estas reflexiones sobre este texto con un poco más de distancia frente al impactante contenido leído. El miércoles 25 de septiembre de este año se realizó un conversatorio entre el profesor Ángel Flores y el periodista Pepe Hidalgo con el también periodista y editor Joseph Zárate en base a los libros Guerras del Interior (2018) y Algo nuestro sobre la tierra (2021), ambos trabajados como crónicas periodísticas, un género límbico entre la literatura y el periodismo informativo. Este conversatorio me permitió conocer más sobre el trabajo de este periodista y su arriesgada misión por la búsqueda de la verdad, sin intermediarios. Compré ambos libros para conocer más su estilo y los temas que ha investigado de manera acuciosa empleando una redacción dinámica y que, pese a la gravedad de lo expuesto en sus libros, no están exentas de destellos de humor, recopilado de sus fuentes directas. El libro que leí fue Algo nuestro sobre la tierra, publicado en 2021 y cuyo contenido central en sus 126 páginas, como ya mencioné, es el COVID-19. Desde sus primeras líneas uno no puede evitar leer estas crónicas con un nudo en la garganta. Esta epidemia ha marcado a toda la humanidad y la generación que nació y creció en este entorno de aislamiento queda con una marca indeleble que se irá diluyendo con el tiempo. Eso espero.
El libro está dividido en cuatro bloques, cada uno con crónicas contenidas por un título que da sentido a estos grupos: las cenizas, Voces de la última línea, Ataúdes y adioses, y Réquiem del padre Chamo. Los relatos, testimonios y datos leídos dan cuenta de este drama humano que no tuvo la misma repercusión para todos en nuestra sociedad. El COVID aplastó familias, economías, esperanzas a lo largo de nuestra nación y el mundo, desnudando la situación crítica de nuestro sistema de salud y que despertó o acentuó sentimientos negativos, hostiles; así, también, positivos en diversos espacios sociales. Compiladas bajo un subtema central por cada parte como indiqué, las crónicas son duros testimonios que desde el inicio las vamos leyendo con un manto de tristeza y bastante desazón. Cuánto agobio pasamos todos los peruanos durante esos oscuros días. Hubo personas que tuvieron una participación complicada, hasta casi suicida, pues les tocó estar al frente de toda esta lucha con un enemigo desconocido. La primera parte contiene testimonios de un dueño de una funeraria que tuvo altibajos durante esta pandemia: ganancias y pérdidas, adecuaciones ante la nueva realidad y el latente miedo que estaba en cada uno de los que recogían cadáveres, los llevaban a la funeraria y los terminaban cremando. Situaciones complicadas con la manipulación misma, los deudos de los fallecidos y las familias de estos personajes que levantan los escombros humanos de la pandemia; algunas descripciones son desgarradoras, duras; pero la vida sigue adelante y, en medio de la tragedia, los planes a futuro continúan; pero muchas cosas ya no serán como antes. La segunda parte es por demás estremecedora: los NN, los migrantes, los periféricos que van por delante recogiendo cadáveres para llevar algo de comer a sus familias de emigrantes: los narradores son todos venezolanos, algunos de los cuales describen los duros ataques xenofóbicos que se fueron acrecentando por la pandemia. El miedo termina por dominarnos y nos hace cometer exabruptos y atrocidades. Muchas veces es la lectura de algunos testimonios valientes que se levantaban contra la adversidad, los que hacen retornar la humanidad que se estuvo yendo de nuestros dedos debido a lo que estábamos viviendo. Los que compartieron sus experiencias con el autor narraron algunas situaciones lamentables, algunas simpáticas y otras abrumadoras. No todos tienen las agallas y el estómago para soportar lo que les tocó vivir. La tercera parte es el mundo de los cementerios clandestinos que comenzaron a verse rebasados por esta crisis sanitaria. Sus testimonios son impactantes; pero como lector, después de haber leído todo lo anteriormente narrado, uno termina por volverse un poco insensible ante la magnitud de la tragedia. Los mundos que se van desarrollando en torno a la muerte son inopinados y, por eso, se hacen necesarias estas crónicas para no olvidarnos lo que se vivió: entre el horror, lo folclórico, lo sensible, van discurriendo estas vidas que debían ayudar a cerrar el camino de los que partieron. Y, por último, escuchamos el testimonio de un personaje venezolano que funge de una suerte de padre espiritual para ayudar a los cientos de deudos en medio de esta gran tragedia.
La pandemia es un acontecimiento que queremos desterrar. Hemos querido dejar que los muertos partan para no sentir más ese miedo e incertidumbre que experimentamos esos años. No los queremos recordar, pero no sabemos cómo borrarlos. Nos da miedo encararlo, pues nos abrirá esas heridas y dolores que nos han quedado por la muerte de un pariente, un amigo, un conocido. Al narrar sus decesos a través de estos testimonios de los vivos que los atendieron los han sacado del mundo frío de las cifras para darles un rostro humano. El texto me hace recordar esos días posteriores cuando comenzamos a salir de nuestras casas, aún con miedo, pero con ganas de vivir, de sentirnos vivos, olvidando a los miles de muertos y, de paso, borrar a todos aquellos que vivieron, sufrieron o, incluso, murieron al estar en primera línea después de enfermeros, médicos y otros encargados de la salud.
Quiero cerrar estas reflexiones con un párrafo de este libro: “Así, mientras en otros puntos del planeta, por miedo o abandono, millones de cuerpos se olvidan, los Yauli Bendezú trataban de cumplir lo que más o menos venimos haciendo desde hace milenios: disponer de nuestros muertos con suficiente cuidado y honor como prueba de que sus vidas merecían ser vividas y recordadas. La certeza de que, al final de todo, queda algo nuestro sobre la tierra”. Voluntad frente a la adversidad. Y con la frase final: “el duelo no es más que el amor permaneciendo”. Y es verdad, por todos aquellos que se fueron sin haber recibido el amor de sus deudos, por esos miles de hombres y mujeres, nuestro duelo.
NOTA: “Ni El Detector ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.