En la dinámica de nuestra ciudad, la violencia se ha vuelto una forma de vida de la cual, incluso, generó una producción literaria y cinematográfica, además la música urbana y la pintura mural como el teatro la ha incorporado en sus mensajes.
23 de abril del 2022
GERARDO
CAILLOMA
gcailloma@gmail.com
En los últimos meses, la cultura y sus manifestaciones han sido noticia en los medios de diversa manera. Nuestra ciudad aparece en medios con una presencia cuestionada por acartonamientos históricos o propuestas provocativas con huacos eróticos masculinos y femeninos. También nuestra ciudad tuvo una imagen cuestionable a inicios de este siglo, cuando nos sindicaron como la capital de la violencia. Una visión que se ha visto incrementada en las últimas décadas. El 19 de diciembre del 2009, subí un artículo, La violencia en Trujillo, en mi blog El rincón de Schultz. Voy a extraer algunos fragmentos de mi texto: “[..] Quizá lo que se esté viviendo en Trujillo es producto no de una espontánea reacción a una situación, sino un problema generado por años en nuestro espacio urbano. En cierta manera, lo de Trujillo es una realidad violenta estructurada gestada en los últimos lustros; es, también, el reflejo de la crisis social que existe en el país y la cual se ha focalizado en nuestra ciudad, como un laboratorio. El modelo de violencia social en los 80 se dio en Ayacucho; ahora es el turno de Trujillo. [..]” Además, en el mismo texto acoté: “[..] La violencia actual obedece a más factores que sólo el de la perspectiva policial: así tenemos lo laboral justo; lo educacional (la calidad educativa es paupérrima en el país y de esto no escapa Trujillo); lo comunicacional (los medios tienen una alta responsabilidad por crear patrones de conducta en los jóvenes, los cuales tienen nuevos "héroes" bastante deplorables); la planificación de una ciudad; la imagen institucional (si tenemos paradigmas corruptos como tomar 15 mil dólares del estado para apoyar graciosamente un espectáculo, ¿qué podemos exigir de personas de escasos recursos a ser modelos de conducta?); la corrupción de las instituciones del Estado (judicial -sobre todo -, policial) y éste mismo; la necesidad de un diálogo permanente de las instituciones vivas de una ciudad. Estamos, pues, frente a la punta de un iceberg; saquemos o tratemos de sacar todo el iceberg para atacar de fondo el problema [..]”. Todo esto se refiere a un problema generado a fines de los 90; se ha acentuado. En la dinámica de nuestra ciudad, la violencia se ha vuelto una forma de vida de la cual, incluso, muchos lucran. La aparición de numerosas empresas de seguridad, guardias y guardianes particulares, sistemas de protección, vehículos e implementaciones en nuestros hogares (alarmas, alambrados eléctricos, etc..); todo esto ha generado una dinámica comercial la cual ha enriquecido a muchas personas. Incluso esta realidad generó toda una producción literaria y cinematográfica, además la música urbana y la pintura mural como el teatro la han incorporado en sus mensajes. ¿Es parte forzada de nuestra vida diaria? Todo apunta a que sí. La difusión en medios de inicios de siglos sobre la perspectiva de lo que es nuestra ciudad para muchos ha sido casi un sello, una “marca Trujillo” que nos identifica. Es más, muchas personas necesitan que esa realidad permanezca, pues “existen” en cuanto haya violencia. Además, genera especulación y zozobra, factores que se vuelven inveterados con el tiempo. A río revuelto, ganancia de pescadores. Aún recuerdo llamadas de amigos que me preguntaban si era seguro caminar por las calles céntricas y si era seguro salir con un reloj para visitar Chan Chan u otros lugares arqueológicos. ¿Es esta la visión que nosotros mismos tenemos de nuestra ciudad, de nosotros mismos?
Por otro lado, la otra visión de la ciudad es la de ser una suerte de espacio congelado en el tiempo: Moche o Colonial. Por eso se entiende algunas acciones hechas en los últimos días que muestran una visión cuestionable de lo que es nuestra ciudad: marchas de prisioneros moches o huacos con falos y vaginas inmensas. Las manifestaciones obedecen a percepciones muy limitadas y, peor aún, se quiere hacer uso de estas manifestaciones hace tiempo desaparecidas para obtener réditos no necesariamente culturales. La visión pseudo histórica y medio turística de nuestro pasado en un forzado escenario nos acerca a Disneylandia; por otro lado, el uso subliminal de ciertas esculturas para presentar al promotor (un alcalde) de estas como un adalid de la identidad, honestidad e integridad sí rayan con el cinismo; esto nos permite entender el accionar de dicho personaje para presentarse como un paladín de la justicia y el honor, cuando todavía recordamos su díscolo comportamiento durante la pandemia y vínculos con actividades nada claras ni transparente: “haz ruido para acallar el rumor de tu mediocridad”. ¿En ambos casos, estamos frente a la cultura viva de nuestra ciudad o es la pantomima elástica de lo pintoresco que termina por torcer nuestra imagen? ¿Nos las terminamos creyendo para identificarnos que sólo somos una ciudad violenta y también anquilosada? ¡Qué miserable y triste percepción de nuestra realidad!
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