Politizar una feria es matar su esencia; hacerla totalmente comercial es limitarla y sojuzgarlas a intereses que muchas veces riñen con libros, autores y movimientos totalmente divergentes.
16 de junio del 2022
GERARDO
CAILLOMA
gcailloma@gmail.com
Trujillo es una ciudad en la que muchos ciudadanos han realizado, realizan y realizarán, contra viento y marea, diversas actividades que le dan un rostro especial en medio de tantos problemas y desafíos. Son las iniciativas de muchas personas que, de manera individual o colectiva, sacan adelante una serie de eventos que muestran múltiples manifestaciones artísticas, culturales, científicas o recreativas del acervo cultural de Trujillo y generan (así también debe de entenderse) un movimiento económico para diversos sectores de nuestra sociedad. La cultura, sea como conocimiento o recreación, sí puede ofrecer recursos diversos para el espacio humano donde se genera. En los últimos tiempos, el trabajo conjunto entre diversos actores sociales de una ciudad, región o de una nación logra crear conceptos o ideas de eventos que terminan por convertirse en un motor social, económico e, incluso, político como lo han sido grandes eventos. Así tenemos los carnavales o las celebraciones de Semana Santa, las peregrinaciones, festivales de cine u otras actividades artísticas. Hagamos un rápido repaso mental para ver cuántas de estas actividades ya están incorporadas en nuestros calendarios y planificaciones personales, familiares, amicales o más.
Trujillo tuvo y tiene diversos eventos generadores de cierta identidad. Algunos han sido lastimosamente prostituidos en su esencia; otros han desaparecido por una razón u otra. La creación y realización de estos eventos necesitan del concurso y apoyo de casi toda la colectividad para su éxito, tanto lo público como lo privado, lo individual como lo colectivo, desde su participación hasta un simple comentario positivo a un foráneo que puede ver con interés dichos eventos. Algunos son únicos que terminan de ser una marca ciudadana; otros son de factura un poco más universal, pero que en su realización van teniendo características que sus ciudadanos le quieran imprimir. Uno de esos eventos últimos es la Feria del Libro.
Trujillo tuvo varias ferias del libro. Iniciada por la desaparecida ATAL liderada por Chiruza Doig en el 2003, la feria se realizaba cada dos años hasta su última versión con esta asociación en el 2009, ubicada en las cercanías del parque Yonel Arroyo, el Estadio Mansiche y el Coliseo Gran Chimú. La estrategia empleada por Chiruza era vincular la feria con el Festival de la Marinera que tiene cierto público cautivo. En ese entonces, varios espacios de la ciudad eran escenarios de exposiciones, conciertos y otras actividades artísticas que complementaban el rol de las propias de cada feria como conferencias, debates, mesas redondas, presentaciones de libros y otras actividades. La última versión trajo a un destacado intelectual como lo fue Carlos Monsivais, cuya conferencia sólo pudo reunir una treintena de espectadores. Una pena. Hubo algunas famosas, más por el escándalo que por el contenido académico, como fue el caso de Toño Angulo que soliviantó a las huestes apristas. Terminado el periodo de ATAL, la Municipalidad Provincial de Trujillo asumió la posta de organizarla, siendo la primera versión en 2012. La última fue en 2020 en modalidad virtual con sus aciertos y bemoles. La única versión en la que tuvimos una buena representación académica de un país invitado fue en el 2017 con Paraguay; hubo un buen número de académicos, quienes rindieron homenaje a su gran escritor Augusto Roa Bastos. Sin embargo, en las diversas ferias vividas hubo invitados destacados que visitaron nuestra ciudad. Tuve la oportunidad de conversar y presentar a muchos de ellos como María Rostworowski, el dibujante Tute, el ganador del premio Nobel tunecino Galai Ahmed, la escritora chilena Lina Meruane, la libanesa Joumana Haddad; así como nacionales como Alonso Cueto, Denisse Vega o Mario Montalbetti, y varios escritores locales. Los espacios de diálogo eran interesantes y discurrían entre anécdotas y su investigación. La feria debe de ser un espacio que convoque las mayores propuestas de lo académico y artístico. En una de las conversaciones con los organizadores, pedí que las ferias del libro presenten una gama de libros de todas las ciencias y letras. Recuerdo una conversación con profesores e investigadores encargados con la Facultad de Ciencias Biológicas de la UNT para pedirles su participación en una de las ferias; les llamó la atención el hecho de haber sido convocados para presentarse. Esta debe de ser la naturaleza de esta actividad: diversidad en la que se vea la producción relevante hecha por hombres y mujeres. Muchas veces algunas ferias tienden a convertirse en ferias literarias relegando la demás producción intelectual en una ciudad como la nuestra que acumula una interesante producción histórica y arqueológica.
Hay personas interesadas en sacar adelante una feria de un buen nivel; pero este año ya no está en los planes; muy tarde para las recargadas agendas de personas y editoriales que podrían ser congregadas para tener una de buen nivel. Además, están las prontas elecciones que podrían empañar un evento que convoca la divergencia, la crítica y el análisis de una sociedad con tantos conflictos como la nuestra. Politizar una feria es matar su esencia; hacerla totalmente comercial es limitarla y sojuzgarlas a intereses que muchas veces riñen con libros, autores y movimientos totalmente divergentes. Pero urge que haya voluntad y presión ciudadana para ir viendo el 2023. Sino estas ferias quedarán en el recuerdo como otros grandes eventos (las bienales, por ejemplo) que quedan en la añoranza. Si muchos de nuestros alcaldes y autoridades han confesado y confiesan que no leen, ¿quién puede tomar la batuta?
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