Una ironía dorada
Marcos Juncal
Marcos Juncal
El oro se ha considerado tradicionalmente como el metal más precioso. Tiene carácter ígneo, solar y real, incluso divino. Se decía que la carne de los dioses estaba hecha de este metal. Pero mientras el color dorado es un símbolo solar, los objetos con ellos creados, ya desde los primeros tiempos, pueden albergar las más oscuras perversiones y exaltar los deseos humanos mas impuros. Recordemos aquel ídolo con forma de becerro de la historia cristiana, un falso dios recubierto de este metal precioso. Así pues, al igual que sucede con estas obras de Marcos Juncal, no se trata del mismo oro, sino del fetiche que de este creamos, de las transformaciones y valores que le añadimos, lo que hace de esta sustancia una de las más perversas.
El fetiche es un sacrum identificado con un cuerpo que posee en sí mismo una virtud o prestigio que no puede ser disociado de su propia corporeidad. Y es esta circunstancia la que nos permite hablar de un cierto fetichismo en estas obra, particularmente en aquellas que se aprecian precisamente por su identidad sustancial, es decir, por su ostentosa apariencia; casi como si fueran reliquias embellecidas y ornamentadas para ser expuestas como objetos de culto, donde el propósito artístico juega con la posibilidad que tienen para generar un sentimiento de placer estético universal.
Así pues, no pueden ser más irónicas estas piezas, revistiendo del mas valioso de los metales unos materiales tradicionalmente considerados por la historia del arte como pobres y/o vulgares — como las resinas—, engañando al ojo, o más bien despertándolo, pues cada una de estas obras se convierte en un juego constituido por una serie de materiales, conceptos, ironías y trampantojos que contribuyen a la desacralización estética y la estimulación del intelecto.
Una hamburguesa con espino (Gold Burguer, 2016), el cuerpo de Cristo que no podemos comer precisamente porque no es comida, es suntuosidad, es ornamento y es engaño. O un meteorito que parece haber derribado una figura eclesiástica (La Respuesta, 2018) pero que no es más que el vaso de Mc Donald’s, un Santo Grial derramado, la Iglesia vencida por los nuevos templos dedicados al culto capitalista; los centros comerciales, los restaurantes de comida rápida… Se trata de aprovechar la tradición religiosa para acercarse a temas relacionados con la crítica social, pues ambas obras parecen profetizar el mundo empaquetado al que inevitablemente, como decía Walter Benjamín, vamos encaminados.
Disfrazar estos materiales “pobres” propicia y estimula una mirada lúdica hacia la obra, una mirada que mediante el humor puede acotar la distancia con la que nos enfrentamos al arte contemporáneo. Y es que el humor es la mejor manera de hacer critica, o al menos el lugar más inteligente desde donde hacerla, permitiendo a este artista problematizar y ridiculizan la situación de precariedad social y cultural en la que nos encontramos, una situación en la que la hegemonía del mercado sigue marcando los caminos del arte y de nuestras vidas.