Senderos de roca y brumas
María Acuyo
María Acuyo
LA GRAN, Madrid, 2023
EL CAMINO HALLADO por Óscar Manrique
Cualquier aproximación a la pintura de María Acuyo, por sucinta y abreviada que sea, se traduce en un complejo universo plástico, en el que lo primero que se pone de manifiesto es una evocadora expresión de pura fantasía y ficción. Al hablar de su obra, me siento como una especie de avatar, un paseante curioso, asombrado por un paisaje inesperado e hipnotizado por una profundidad que te incita a entrar y a perderte en su inquietante universo.
Desde el punto de vista del lenguaje, su pintura desarrolla un extraño diálogo: entre masas de materia orgánica, formas de cristalización mineral, orografías que parecen haber sido extraidas a través de la lente de un microscopio y, cuyo tamaño, se equipara a los bosques y montañas que se vislumbran en todas sus obras. Son mundos superpuestos, que van desde una vista clásica del paisaje hasta otros lugares en los que habitan fuerzas que tan solo podemos intuir. Esta ambigüedad, que evoca el recuerdo de un sueño o un estado de vigilia, denota un profundo interés por el mundo onírico de algunas corrientes surrealistas — en especial por aquellas protagonizadas por las pinturas cósmicas de Óscar Domínguez —, pero también enlaza con ese sedimento de la memoria llamado por Carl G. Jung inconsciente colectivo, aquel donde moran los arquetipos. Queda así potenciada la categoría del paisaje, quizá por ser el más común de los géneros, identificable en cualquier imaginario y, que este caso, funcionaría como un ancla cognitiva, aquello que reconocemos a pesar de las formas caóticas que invaden estos mundos que parecen estar en constante transformación.
Un paisaje que es tan mental como cinematográfico, pues sus referencias van desde aquellos escenarios fantásticos del cine de los 80 — década en la que la tecnología empezó a equipararse a la imaginación de los cineastas y se comenzaron a ver mundos imposibles en la gran pantalla — y llega hasta las vastas tierras de los videojuegos de rol más recientes. Otra vez nos sentimos en la piel de ese avatar, de un personaje que anhela conocer la siguiente pantalla y que viaja como David Bowman en el último trayecto de la obra magna de Kubrick. Una odisea a través de paisajes dominados por un cromatismo irreal y psicodélico. Un color que en estos últimos trabajos se ha desplazado a una gama más fría, con predominio del azul y una luz espectral que busca, en la transparencia de sus atmósferas fugitivas, una aprehensión tan mística como romántica del espacio.
Acuyo se afana con audacia por conseguir esta atmósfera sideral, fundamentada en la numerosa acumulación de finas capas de pigmento. Sus lienzos están construidos por continuos ensayos de pintura, realizados a base de veladuras y repintes, en un proceso de elaboración que suele comenzar con un gran gesto para después evolucionar hacia trazos más controlados y precisos. Es por ello que en su obra se entrecruza lo abstracto con lo figurativo, aunque más que ser una producción a caballo entre ambos extremos, se trata de una gran colisión de estos mundos. Una perfecta sincronía donde los límites se borran y los objetos que lindan unos con otros apuntan de pronto hacia una superficie común, unificada esta por la sensación brumosa tan característica que invade todo su universo.
La pintora prefiere así apuntar hacia aquello que se le escapa, que no se puede representar en su concreción. Una ambigüedad deliberada que habla de la necesidad de explotar la imaginación como forma de transportar y lograr la emoción sublime, aquel sentimiento tan buscado por los paisajistas románticos del siglo XIX. Y es que estas presencias, intuidas en sus extensos e ilimitados horizontes, son tan estimulantes para la imaginación como lo son al entendimiento las especulaciones sobre la eternidad y el infinito. Si algo le interesa de lo sublime es el propio descubrimiento, perseguido este a través de la experiencia y de nuestra naturaleza suprasensible. Así, la pintura será, al mismo tiempo, la búsqueda y el hallazgo, un interminable rastreo de innumerables filones emotivos, plásticos y expresivos que se generan en el propio acto de investigar la disciplina.
María Acuyo busca la pintura con el mismo afán que una arqueóloga desentierra unas ruinas antiguas, trabajando con frenesí a fin de desvelar todos sus rincones ocultos. Una búsqueda que acaba siendo el pretexto para generar la propia pintura y el camino que le lleva a crear una realidad física y no solo imaginaria. Cada una de sus obras es una ley del universo en el sentido absoluto, el fruto de un viaje por un sendero de roca plagado de brumas y, tras ellas, lo desconocido, una «tierra prometida» aún por explorar.