Paredes de aire, sin suelo.
Sofía González
Sofía González
Ginsberg + TZU, Madrid
La noción de lo que constituye una imagen poética a menudo se ve limitada por concepciones estrechas. Algunas corrientes de crítica literaria, influenciadas por figuras como Jung o Bachelard, la han reducido al ámbito del imaginario, empleando esta palabra para denotar un conjunto idealizado de motivos recurrentes que pueden ser catalogados en repertorios iconográficos y que tienden a remitir a un arquetipo. Posteriormente, el estructuralismo, con toda su legitimidad, intentó dotar de mayor sutileza a esta concepción, pero en realidad, al enfocarse en llevar toda imagen hacia la metáfora y al reducir lo que denominaban símbolo, acabaron simplificando su alcance. Será Deleuze, ya a mediados del siglo XX, quien formulará una de las más bellas observaciones posibles sobre ese gesto, «hacer una imagen». Un acto que tiene la particularidad de que ya no reduce el lenguaje a objetos numerables y contables, ni a voces emisoras, sino a unos límites inmanentes que no dejarán de desplazarse.
La pintura de Sofía González se encuentra en esos límites, entre la idea y la imagen, ese vacío intersticial que no puede ser reducido ni a silencio ni a palabra alguna y que es reclamado por ambos: un arquetipo mental cuya experiencia es una experiencia de los límites cognitivos, y en cierta manera, un intento de transgresión de los mismos, tal y como en otras épocas lo fue la experiencia de la abstracción en el terreno del lenguaje pictórico. Su pintura juega con esas claves, en este caso, con una figuración intuitiva, sin un planteamiento narrativo. Un lenguaje particular y autónomo que no necesita nada más que sus códigos propios, el mundo de las ideas platónicas, arquetípicas, con las que juega y expande las concepciones de la mente humana, colapsando nuestros sistemas deductivos predeterminados.
En su forma más básica, las teorías de la Gestalt también sugerían que el cerebro humano tiene una tendencia innata a simplificar y ordenar imágenes o diseños complejos, integrando inconscientemente partes individuales en un conjunto cohesivo en lugar de percibir simplemente elementos dispersos. Esta habilidad nos permite captar la estructura y los patrones, mejorando nuestra comprensión del entorno que nos rodea. Basándose en estas primeras tesis, el trabajo de esta artista parte desde la imaginación y, aunque hay muchos dibujos y esquemas previos antes de lanzarse al gran lienzo, son esos arquetipos e ideas de objetos neutros los que acabarán plasmados sobre el lienzo. La idea final de Sofía es hacer una imagen que «desoculte» todo lo que las palabras ocultan: lo visto y no dicho. Elementos determinados por una experiencia cuyo contenido último es el vacío en cuanto a negación de todo argumento que se oponga al estado de transparencia, de receptibilidad o de disponibilidad absoluta en el que experiencia visual se hace posible.
Los lienzos de Sofía González enmascaran la realidad solo en primer plano; a un nivel secundario, en cambio, elucidan una serie de fenómenos con ayuda de ese enmascaramiento de motivos triviales; la dimensión metafísica desaparece y retorna en forma totalmente nueva, una dimensión de la conciencia que a su vez debe registrar y elaborar los contenidos básicamente distintos que aparecen cuando un mismo objeto es ubicado en dos contextos diferentes. El extrañamiento que producen sus obras se dirige en última instancia a la comprensión y recepción del arte. Pero sus transgresiones del convencionalismo narrativo no son solo de orden formal, sino también histórico: abordan los problemas reales de percepción y representación que surgen cuando advertimos que el lenguaje y la imagen pertenecen a sistemas semióticos restringidos por leyes particulares, y que estas no reflejan si no más bien sustituyen la realidad. El acto de crear una imagen para Sofía supone renunciar a todo orden de preferencia y a toda organización del objeto, a toda significación. Pues una imagen no carece de orden, pero su orden altera el orden de preferencia establecido por la percepción o por los valores culturales preexistentes. Así como tampoco carece de organización, pero esta elude el objeto inicialmente mostrado en sus lienzos. No son los objetos lo enigmático, sino que nosotros mismos oscurecemos su contexto y aunque las imágenes sean inseparables del mundo de la significación del que, por ejemplo, obtienen su legitimidad la disciplina iconología, tenía razón Deleuze al destacar esta manera, a menudo desapercibida, de agotar la significación por renunciar a todo orden de preferencia.
La mayor parte de los acontecimientos pictóricos en la obra de Sofía González son indecibles, se consuman en un ámbito en el que jamás ha penetrado palabra alguna, dando lugar a unas imágenes equilibradas y nada deformadas literariamente. Para ver las cosas hay que saber despojarlas de sus nombres comunes. Luego, en un segundo momento de ascensión tan necesario, tan decisivo como el anterior, encontrar algo distinto que no sean sus «nombres propios» ni los títulos otorgados, sino sus nombres poéticos —: nombres extraordinarios, que sepan dar algo que ver, es más, que enseñen a ver e, incluso, un nombre que ve. Así, como decía el poeta Rilke, hacer imágenes poéticas sería convertir las palabras en ojos. Para que las propias imágenes sean — bajo nuestros ojos que las leen — los verdaderos videntes de lo abierto, los lugares donde proyectamos nuestros pensamientos. Pero ver, en el sentido radical, consiste en aceptar la experiencia de ser mirado por lo que vemos. La pintura de González agita la significación, elude el objeto y alteran el orden en cuanto hace aparecer los límites inmanentes. Para que las palabras se aparten rítmicamente por sí mismas y el lenguaje devenga en poesía.
Óscar Manrique