Paisajes de la destrucción
María Abaddón
María Abaddón
Exposición curada para Galería Ginsberg, Lima (Perú) 2023
Según las reflexiones del escritor español Ignacio Ramonet, las representaciones ficticias de apocalipsis o catástrofes humanas cumplen la función de ser auténticos objetos fóbicos, ya que permiten al espectador identificar, acotar y fijar la intensa angustia de estas visiones, al considerarlas como una amenaza psicológicamente distante, que nos brinda la posibilidad de distraernos sin correr riesgos.
La obra de María Abaddon nos transporta a uno de esos escenarios «contrautópicos» que no necesariamente deben verse como el fin de la Tierra, sino como una forma en la que esta escapa de nuestra amenazante presencia. Estos futuros imaginarios, presentes tanto en el cine como en la literatura, muestran el declive humano ante una naturaleza indomable a la cual debemos someternos y sobrevivir como ácaros aferrados a su piel.
Perderse en la ficción de este artista implica que entre nosotros y el espacio no solo existe una relación de dominio y control por parte del sujeto, sino también la posibilidad de que el espacio nos domine a nosotros. Son paisajes vivos, estacionales y, por lo tanto, cambiantes, como las lomas que se vuelven verdes con la humedad o las nubes que se mueven incesantemente. Sin embargo, en ellos la naturaleza ha experimentado una mutación significativa; ahora es nuestra propia piel la que los configura y el individuo se convierte en el recurso natural a explotar. Ese es el verdadero terror oculto en su obra, el horror a que nuestros cuerpos sean habitados, profanados o tratados como el propio virus del planeta, o peor aún, a ser utilizados únicamente como materia.
Un miedo que Abaddon aborda y oculta a través de estéticas que, en principio, pueden parecer amables debido al tipo de material y al hermoso cromatismo que hacen que las escenas sean soportables, pero que no dejan de representar lo siniestro y lo inquietante de un escenario que cada vez puede resultarnos menos surrealista. Su obra nos hace conscientes del espacio que nos rodea, de la interacción entre la naturaleza y el cuerpo humano, y de cómo los sistemas de valores actuales pueden influir no solo en la percepción de nosotros mismos y en nuestra relación con nuestros cuerpos, sino también en el lugar que ocuparemos dentro de un superorganismo que no podemos abarcar y al que tampoco queremos enfrentarnos.
Sin embargo, hay un destello de esperanza en el modo en el cual María Abaddon refleja y abraza un futuro que, incluso acabando con lo que somos, rebosa vida. Así, sus paisajes de destrucción se convierten en una alegoría de la vida, en el sentido expresado por Schopenhauer, en la pulsión inherente al resto de la naturaleza.