ON HOLIDAYS
Tomás Pizá
Tomás Pizá
Galería Xavier Fiol 2022
Dicen que los grandes pintores se distinguen, o cifran su estilo, no solo en el uso de unos colores determinados, sino en la capacidad de conseguir una luz propia. La luz define, altera las relaciones entre el espacio y el tiempo de los lugares, los cuales dejarán de ser y seguirán siendo al mismo tiempo. Mediante la luz, Tomás Pizá nos muestra una de las caras más sencillas, pero también más crudas del Mediterráneo. Un invierno en Mallorca desprovisto de turistas y de su sol de verano, con escenas plagadas de restos humanos procedentes de la cultura turística de la isla; atracciones playeras y arquitecturas veraniegas que constituyen verdaderos paraísos para el artista, a pesar de su aparente poco interés estético.
En sus paseos por la ciudad, Pizá retoma una especie de azar objetivo para encontrarse con la fotografía que dará lugar a sus pinturas. La ambigüedad que presenta la práctica fotográfica, como forma de producir imágenes pictóricas, ubica su trabajo en un cruce de caminos entre la praxis social y el régimen de lo estético, al ser esta usada para pensar nuestra realidad y como ejercicio cotidiano en la construcción de su imaginario subjetivo. Un azar que no es más que el resultado del divagar del artista por el paisaje que habita, contemplando y analizando de manera despreocupada el entorno. Como un observador sin un objetivo concreto que camina atraído por la multitud de imágenes que le ofrece la ciudad. Por ello, su temática se centra en el detalle pasado por alto, pero desde una cercanía más propia de la cámara que del pincel. Se trata de una selección de elementos no tan aleatoria como a priori puede parecer, pues la elección del fragmento de un paisaje siempre presenta la decisión de excluir todo lo que hay a su alrededor y, sin embargo, nos hace muy conscientes de lo que hay fuera; una periferia mallorquina liberada del turismo y cuyo abandono percibimos a través de los recursos empleados en su pintura. Sombras más tenues y su característica pincelada ágil y fluida, que genera unos perfiles en los que el ojo se pierde, se encuentra y se vuelve a perder, envuelto todo en una luz que deriva precisamente de esa condición de la fotografía como huella lumínica de una realidad exterior. Y es que en la pintura de Pizá vemos, en términos poéticos, una suerte de “fonética invocatoria”. Una luz que no es solo elemento compositivo, sino que es narración de un tiempo determinado, expresión de un sentimiento nostálgico, imagen que no tiene que ver tanto con una descripción de la realidad, ni como un medio de iluminar un espacio, sino de crearlo.
En su pintura vemos también cierta idealización de las escenas, con colores a veces inventados, que no vienen del natural, sino de un sentimiento que casi roza lo romántico. Romántico en tanto en cuanto que no muestran una visión precaria de estas ruinas, sino que las ensalza y las cubre con un sutil tinte melancólico. Nos muestra espacios que se han vuelto un tanto salvajes antes de volver a ser habitados y que nos recuerdan a los “no-lugares” definidos por el antropólogo Marc Augé. Espacios del hábitat público que no trascienden de “un furtivo cruce de miradas entre personas condenadas a no reencontrase, mudas”. En ausencia del turista, Pizá asume el papel de fotografiar la ciudad, de guardar estas ruinas temporales hasta el próximo verano, recordándonos el valor de la espera y que todo es susceptible de volver a ser descubierto.
Óscar Manrique