La canción de la sed
Chefer
Chefer
Comisariado para la Galería My Name is Lolita, Madrid, 2023
George Didi Huberman comienza el bellísimo libro Lo que vemos, lo que nos mira, comentando un pasaje de Ulises de Joyce que concluye con la frase «shut your eyes and see» — cerremos los ojos para ver —. Al volver a poner en juego e invertir irónicamente proposiciones metafísicas tan antiguas, e incluso místicas, nos enseña que el ver no se piensa y no se siente, sino que, en última instancia, es una experiencia táctil. Es preciso que nos acostumbremos a volver a pensar que todo lo visible está tallado en lo tangible para enfrentarnos a la presente nuestra, pues el hermetismo narrativo con el que Chefer ha procurado blindar sus obras a lo largo de su carrera se crea precisamente en ese espacio entre lo que miramos y lo que nos mira; como un jeroglífico simbólico, una pintura que se nos presenta como una pared calada, llena de vacíos en la que puedes meter tus dedos y leer los relieves de unas ideas estéticas tan bruscas como exquisitamente expuestas. Y es que Chefer es, en términos antiguos, un alquimista, un maestro de la imagen, cuya pintura se origina a partir de la amalgama y la fusión de diversas fuentes, pero sin descuidar ni un solo momento el poder de los símbolos. Sus investigaciones evolucionan trazando vínculos apócrifos, con códigos semánticos que carecen de un anclaje preciso; una compleja aleación de clasicismo y contemporaneidad que define su estilo «low brow» — también conocido como surrealismo-pop —, pero mucho más reflexiva y con un toque oscuro que marca una diferencia considerable con el color estridente y las formas planas de la iconografía «underground» que caracteriza esta corriente y, que a su vez, no se desliga del todo de las grandes obras maestras del pasado en las que centra toda su atención. La noción del arte elevado, de «obra maestra» como algo que posee la condición de ser universal - como algo que pretende hablar a toda la humanidad, junto con el canon del arte - todavía moldea el mundo desde la perspectiva dominante. Y aunque la denominación «Lowbrow» nace en referencia despectiva al «arte bajo», callejero o popular, es inevitable no dirigir una mirada romántica a las obras de este artista, la mirada del que busca algo sublime, que le revuelva por dentro y cuya visión se hace enorme, imposible de asimilar con un primer vistazo.
En el trabajo de Chefer hay un cuidado por la disciplina, un saber agudo y el ansia de conocer la pintura desde dentro, su historia, su morfología e, incluso, algunos colores que ya teníamos olvidados. En sus tablas emerge una creación impregnada de esas tinieblas y profundidad y, a su vez, una sensualidad capaz de provocar las pasiones más sinceras y ocultas del ser humano, pues todos sus personajes están sensiblemente expuestos, sin el velo que los enmascara, sinceros, mostrando todas sus carencias, toda su sed. Su enfoque artístico persigue la creación de conexiones y narrativas psicológicamente complejas que nos lleva a numerosas capas de lectura, infundiendo un sutil toque de legibilidad en lo que de otro modo sería inescrutable. Este proceso, lento y minucioso, explora los límites de la percepción y da forma a un universo visual que desafía las normas preestablecidas. Invita al observador a sumergirse en un mundo en constante evolución, donde esos niveles de significado se entrelazan y revelan una realidad que va más allá de lo evidente. Es cierto que pueden encontrarse afinidades visuales a las obras referidas, un gesto, un color o una actitud, pero estas transcienden, como nuevas criaturas inspiradas en sus vivencias e independientes de esa morfología. Es como un manierismo, que deforma las figuras y esconde multitud de enigmas que nos sumergen de forma violenta en ese ejercicio místico, un desbordamiento instantáneo en el soporte de sentimientos poderosos. También los conceptos clásicos en los cuerpos de este artista son subvertidos anatómicamente, los faceta, los distorsiona y crea mundos con ellos, como un gran exvoto de símbolos, símbolos llenos de significados que intentan librarse de esos patrones estereotipados y cansados por la tendente falta de emoción en el arte de nuestros días. Sus rostros, en los que lo erótico y lo grotesco se mezclan en la mirada, albergan la virtud de ocultar aquella belleza que apenas somos capaces de descubrir y, a su vez, sugerir lo que uno no se atreve a revelar.
En La canción de la sed lo extraño se empareja con lo bello, en algo enigmático, es al mismo tiempo uno y múltiple, como el propio artista que, al dejarse contaminar por una diversidad culturas, crea una comunicación y una identidad mestizas, regenerando patrones y singularidades. No se trata de copiar o imitar un tema en particular, sino de configurar sus personajes de la misma manera en que la naturaleza misma lo hace, creando un universo propio en lugar de una imitación de otro. Frente a su obra, nos vemos compelidos a comenzar de nuevo una y otra vez, aunque no debamos desechar todas las claves del pasado. Y es que síntomas como la ambigüedad o la incertidumbre afectan al arte actual de modo generalizado, sea respecto al lugar que ocupa, sea en la indecisión de muchas de sus obras. En este sentido, cabe recordar que tal ambigüedad no tiene por qué implicar connotaciones peyorativas, sino una hermosa herencia de las teorías románticas sobre la pintura. Volviendo al primer análisis de Huberman, este nos propone una segunda enseñanza: debemos cerrar los ojos para ver cuando el acto de ver nos remite a algo más, nos abre a un vacío que nos mira, nos concierne y, en último sentido, nos constituye como humanos.