Exposición comisariada dentro del programa del Madrid Desing Festival, Madrid 2025
Todo relato es, en esencia, un tejido. Hilos que se entrecruzan, nudos que sostienen la trama, enlaces que conducen de un punto a otro, tensiones que generan ritmo y textura. En la urdimbre del lenguaje, como en la del textil, se esconden los gestos de la mano, el rastro del hacer. No es casualidad que, incluso en el territorio virtual, la narración se conciba como un «hilo», ese hilo que da inicio a una historia y que, al desplegarse, revela su arquitectura interna. JUNTURA es, precisamente, eso: el cruce donde las historias se anudan, donde el arte y el diseño establecen un vínculo que trasciende la autoría individual para volverse gesto colectivo. No es solo la convergencia de creadoras, sino también el punto donde las disciplinas se fusionan, donde el arte abandona su pedestal para habitar lo cotidiano y, el diseño, se despoja de su funcionalismo para devenir emoción. Desde una lectura hegeliana —o incluso marxista—, es también el lugar de la dialéctica, la bisagra donde las fuerzas se encuentran y generan transformación. Pero aquí, más que oposición, hay un bordado minucioso, un proceso de superposición y ensamblaje, un desdibujamiento de límites que, lejos de disolver identidades, las expande.
Porque la belleza es, en última instancia, una emoción. Y ahí están los diseños de Marta Pascual, que flotan en el espacio con la elegancia de un dandi, sofisticados, glamurosamente extraños, con ese aire de exquisitez que en su artificio encuentran su verdad, porque, como decía Luis Antonio de Villena, lograr singularidad en una época tan gregaria como la nuestra es un acto de resistencia. Una época marcada también por una búsqueda de lo primigenio, por la tímida resistencia a la gran urbe, donde encontramos obras como la de Alejandra Domic, que trabaja desde la organicidad, desdibujando los contornos entre lo natural y lo construido. Sus composiciones no imponen, sino que fluyen; no estructuran, sino que laten. Son formas que respiran, ritmos que se despliegan en una búsqueda intuitiva de equilibrio y movimiento.
En el extremo opuesto —aunque en el mismo juego de tensiones—, Iria Martínez convierte el textil en un campo de negociación entre lo humano y lo industrial. Sus tejidos no se limitan a dialogar con la frialdad de los materiales modernos, sino que los enfrenta, los suaviza, los transforma en superficies habitables. Lo geométrico deja de ser rígido, lo inerte adquiere temperatura, la misma que moldean sus impresionantes metacrilatos, desmintiendo la rigidez del material, convirtiendo cada plancha en energía que fluye y desprende luz. La luz será también el elemento que articule las investigaciones de Alejandra Gandía Blasco en un continuo proceso de captura y reinterpretar del horizonte, donde el color se despliega como un fenómeno efímero, condicionado por el tiempo, el espacio y la atmósfera. Su práctica, materializada en vidrio, papel y lana anudada a mano, trasciende la mera representación para convertirse en una experiencia sensorial que desvela la naturaleza fluctuante de la luz.
Retomemos el hilo, aquel que une fragmentos dispersos, que traza conexiones invisibles entre lo tangible y lo simbólico. Como en el acto de tejer, las historias aquí se entrelazan, y en ese cruce surgen obras que son al mismo tiempo materia y metáfora, como en el trabajo de Estefanía Martínez Sáez, que borda con el pulso de quien pinta. Su trabajo traza puentes entre épocas, resucita iconografías, juega con el ornamento como ese elemento oscilante que ha sido exaltado y despreciado a lo largo de la historia. En sus manos, el ornamento deja de ser mero adorno para convertirse en una escritura visual, un sistema de signos donde lo cotidiano y lo espiritual se funden en una sola trama.
Desde ese territorio de la memoria, tan reivindicado en nuestro tiempo, Bárbara Long convierte lo doméstico en un campo fértil para la exploración emocional y conceptual. Resignifica el hogar y sus objetos cotidianos, transformándolos en símbolos de pertenencia, afecto y cambio. Cada fragmento de tela, cada gesto performático, es un testimonio de lo efímero y lo eterno, de la huella que persiste en lo aparentemente trivial. Y es que para estas artistas, el textil no es solo un medio, sino una declaración de intenciones: una forma de resistencia frente a la rigidez de lo lineal, una reivindicación de lo sensorial, lo simbólico y lo artesanal como ejes fundamentales en la construcción del significado.
Por otro lado, el trabajo de Alicia Martín López nos invita a habitar universos vivos y pulsantes, donde la naturaleza se despliega en sus múltiples posibilidades: aquellas que pudieron ser, las que nunca fueron y las que aún están por nacer. A través de la pintura y el collage, genera una tensión constante entre lo abstracto y lo figurativo, una danza sutil donde las fronteras se disuelven y los objetos, al entrelazarse, configuran un nuevo orden visual, un escenario de pura ficción. Historia de un sombrero también nos abre la puerta a la construcción de otros mundos, donde el diseño floral trasciende su mera disposición estética para convertirse en una cartografía imaginaria. Aquí, las flores dejan de ser simples fragmentos de la naturaleza para resignificarse como elementos de un ecosistema imposible, encrucijadas botánicas en las que especies que jamás habrían coexistido en el mundo real, encuentran, a través del arte, un punto de encuentro.
Hartmut Esslingen sentenció que «la forma sigue a la emoción», una declaración que marcaría un punto de inflexión en el diseño a partir de los años 90. Con ello, se abandonaba el rigor del racionalismo y se dejaba atrás la frialdad del formalismo posmoderno de los 80, abriendo paso a una nueva sensibilidad: el diseño emocional, esa corriente que aún hoy sigue dictando el pulso de la creación. En JUNTURA, este principio se materializa en objetos que no solo existen para ser contemplados, sino para ser habitados, sentidos, resignificados. Porque el verdadero límite no está en la forma, sino en la posibilidad de encontrarnos a través de ella. Trabajar en los bordes —en esa franja donde el arte y el diseño se confunden— no es solo un gesto estético, sino una manera de afinar la mirada, de comprender el mundo con mayor profundidad. Porque el mundo no es solo un escenario que transitamos, sino un espacio habitado por objetos que nos rodean, nos interpelan y nos definen. Objetos que no son meros testigos de nuestra existencia, sino narradores silenciosos de nuestra historia.