Glitch City
Joan Cabrer
Joan Cabrer
Texto realizado para la exposición en la Sala Miquel Barceló de Felanitx, Mallorca
2022
Nuestra realidad visual está plagada de imágenes que nacen, se desarrollan y mueren a una velocidad vertiginosa, pues percibimos la vida a través de pantallas en las que se aglomeran de manera casi aberrante multitud de significados. La pintura ha de lidiar hoy en día con esta «pantallocracia», ha de librar su propia batalla contra esta monotonía visual.
Durante los años 90 existía un curioso fenómeno que se daba en algunos videojuegos de rol, un accidente que los fanáticos denominaron glitch city y que, más que un error, era una característica no prevista que nos transportaba a un lugar fuera del recorrido habitual. En términos literarios, se puede decir que era un accidente que generaba una realidad alternativa a la que solo se podía acceder mediante un fallo en el sistema o un gesto fuera de lo común. Esta idea, tan actual como aristotélica, busca en el accidente la otra cara de la sustancia. La sustancia, absoluta y necesaria, y el accidente, relativo y contingente, no pueden existir el uno sin el otro. La pintura de Joan Cabrer juega con esta dualidad a la vez que busca la confrontación de fuerzas orgánicas y artificiales; se mueve entre lo sensorial y el placer intelectual, entre el pensamiento y la acción, entre el concepto y la emoción. Un lenguaje que nos introduce en un ingenioso metaverso pictórico al que accedemos a través de «ventanas» cuya estética puede resultarnos un tanto familiar. Sus obras se muestran como datos trasladados a pantallas digitales contenidas en bastidores bañados de color, lo que recuerda a aquella famosa cita del artista Barnett Newman: «yo no hago cuadros, hago pintura». Así pues, la intención de Cabrer no es proyectar ni adecuarse a un estilo, sino generar una actividad que, como el pensamiento, tiene exigencias propias, virtudes que solo se descubren en la propia acción de pintar. Y es que, aunque la materialidad puede ser clave en su obra, el resultado no es ni frío ni indiferente. Mantiene la pujanza de lo sensorial, especialmente la del color, que ya forma parte de unos códigos propios y ya reconocibles. Sus «pantallas» nos trasladan a un espacio virtual que se caracteriza por sus singulares tonos intensos y no naturalistas, por una alternancia de gesto y geometría, lo que da a su pintura un inquietante dinamismo, a veces momentáneamente congelado por ese bug que tanto hemos visto en nuestros televisores. Por otro lado, al superponer varios de estos planos, su color varía según la dimensión relativa de los campos, creando ritmos que nos permite pensar en una cierta arbitrariedad de su obra. A través de ella, expande el espacio más allá de las paredes, invitándonos a entrar en ese mundo donde las contradicciones forman una lógica alternativa.
Si una de las mayores preocupaciones de la sociedad actual es que vivimos atrapados delante de un monitor, Cabrer nos atrae más hacia ellos, pero para desafiarlos. No nos ofrece una información pervertida y empaquetada, sino que nos invita, sin efectos especiales y con una valiente abstracción, a que procesemos las infinitas posibilidades de su universo, a ser partícipes de una ciencia ficción espacial, pura y literaria.