Saleta Rosón, Julio Falagán y Silvana Pestana
Ginsberg +TZU, Madrid, 2024
La concepción del paisaje en nuestro mundo contemporáneo se ha vuelto increíblemente compleja, constituyendo casi una conversación ilimitada entre una geografía humana, social y estética. Los artistas, al dejarse influenciar por la rica diversidad de culturas e identidades mestizas que subyacen en nuestros días, desarrollan en este campo sus propios patrones visuales y singularidades representacionales, transformando así el espacio que habitamos. La mirada tiene el poder de crear espacio; la forma en la que observamos y el lugar hacia el que dirigimos nuestra atención modifican el entorno en el que existimos. Donde solíamos mirar presenta tres perspectivas, tres universos, tres posturas distintas desde las que abordar el paisaje y, por ende, analizar nuestro mundo.
La vista aérea de Silvana Pestana nos ofrece una perspectiva que abarca una de las grandes problemáticas de nuestro planeta: los estragos causados en el Amazonas por la minería ilegal y sus múltiples consecuencias. La artista aborda esta cuestión desde la perspectiva que solo esa altura puede proporcionar, usando el mapa como símbolo y elemento primordial de las luchas territoriales. Sus trabajos se basan en los archivos de mapas aéreos de la década de 1970 de la zona donde actualmente se encuentra el campamento minero ilegal en Madre de Dios, en el sureste de Perú. La contaminación de los ríos por el mercurio utilizado en la extracción de oro en esta zona tiene como resultado la intoxicación de la población, enfermedades congénitas, cáncer, daños graves al sistema nervioso y, en última instancia, la muerte. La minería ilegal también ha propiciado la aparición de mafias y «patrones» que disputan la hegemonía territorial en una lucha que gira en torno a la producción anual de aproximadamente 16,000 a 18,000 kg de oro, destruyendo la flora y fauna de una de las regiones más ricas del país. Silvana Pestana nos invita a reflexionar sobre la magnitud de esta tragedia ambiental y humana, visibilizando y denunciando, precisamente mediante el borrado, los daños irreparables que sufre el Amazonas.
Por otro lado, la mirada horizontal, o compuesta por muchos horizontes, de Julio Falagán es democrática. Se alza hacia el cielo como el único lugar legítimo al que dirigir la vista en un mundo dominado por las fronteras. El cielo, ahora entendido como un símbolo de salvación y espacio común, se convierte en el único paisaje digno de ser representado, libre de propietarios. La serie Way of Escape es un juego estético de composiciones pictóricas realizadas con cielos de paisajes populares adquiridos en mercadillos y anticuarios. Estos cielos, provenientes de toda
Europa, son rasgados, recortados y cosidos entre sí por el artista, como si fueran un Frankenstein, despojándolos de sus tierras para formar parte de algo más grande: una vía de escape esperanzadora. Falagán busca dar un nuevo valor a cuadros anónimos y populares, utilizando precisamente su parte menos importante, el fondo de las escenas. Con ello, se acerca a otro de los objetivos de su obra, reintroducir el arte obsoleto en el mercado, darle otra oportunidad a través de la manipulación y cambio de sentido. En palabras del propio Falagán, se trata de «construir con la ruina».
Por último, la cámara de Saleta Rosón apunta hacia el interior, del bosque y de la memoria, en busca de aquellos lugares prístinos, aún no politizados ni humanizados, pero reconocibles como propios de una tierra llena de leyendas. Su trabajo explora una identidad basada en la magia y un paisaje digno de proteger, reflejando una búsqueda exhaustiva por una naturaleza sublime e indomable. Los bosques de Saleta, envolventes y oníricos, parecen surgir desde una apropiación manierista, fotografiando «a la manera» de la tradición estructural pictórica. Se preocupa por la belleza, la composición, el misterio, el espacio y el tiempo, entendiéndolos como acontecimientos contaminantes. Es una construcción imaginal que parece partir de la pintura barroca, de la cual toma la luz y el color, pero también de los románticos ingleses, con sus atmósferas nostálgicas, vaporosas y desmaterializadas. Sus paisajes recorren lo instantáneo y lo eterno; representan la ausencia y contienen fragmentos de silencio como fisuras en la percepción del mundo que los rodea. Es el silencio de quienes se encuentran inmersos en la contemplación y se pierden en el infinito; una invitación a adentrarse en lo desconocido y a proteger lo sagrado de la naturaleza.
Lo humano, lo natural y lo territorial se entrelazan en este proyecto, formando un discurso que nos enseña a relacionarnos con diferentes espacialidades, porque todas las historias comienzan en un lugar y apelan a un conocimiento que nos conecta con nuestro entorno. Así, la categoría del paisaje queda potenciada, tal vez por ser el género más común y reconocible en cualquier imaginario, funcionando en este caso como un ancla cognitiva: aquello que identificamos como lugar, a pesar de que sus formas preestablecidas sean idealizadas, rasgadas o, incluso, reinventadas. Como afirma el curador paraguayo Ticio Escobar, las diferencias del mundo ya no se formulan desde un territorio delimitado ni desde el diálogo a través de fronteras, sino a partir de posiciones transitorias y sobre suelo inestable. Esto abre espacio para la memoria subjetiva, revelando que la historia de una comunidad específica puede sostener toda la historia del presente. Este proyecto, al conectar lo humano con lo natural y lo territorial, nos invita a explorar y comprender las narrativas ocultas en los paisajes que habitamos, evidenciando las relaciones hegemónicas de discriminación o poder que se esconden en el género del paisaje y, por ende, transformando nuestra percepción y relación con el mundo que nos rodea.